<p>Como rebozarse en barro. El género de terror, más allá de sus funciones catárticas y su querencia a las rimas y metáforas sociales, mancha. Existe también para el sincero disfrute de todo aquello que las reglas de urbanidad descartan. <strong>El terror se come directamente de la nevera con las manos, a deshora y no respeta ni finos maridajes ni pirámide alimenticia ni orden de platos.</strong> Nia DaCosta lo sabe. Lo sabe más y mejor como directora de <i>Candyman </i>que de <i>Hedda</i>, pero lo sabe. <i>El templo de los huesos</i> es buena y sorprendente prueba de ello. Cuando uno empezaba a sospechar que el renacimiento de la saga de los infectados vivientes creada por Danny Boyle y Alex Garland se precipitaba, vista la entrega del año pasado, por las pendientes de la pretenciosidad, el batiburrillo, la incoherencia y los gestos solemnes y con poca gracia, de repente, un auténtico festín; un banquete fuera de hora, para devorar sin miramientos y sin más pretensión que la muy feliz y divertida falta de pretensiones. <strong>De otro modo, la segunda (que, en verdad, es la cuarta) es mucho mejor que la primera (que, en verdad, fue la tercera). Y tan placentera como rebozarse en el barro.</strong></p>
Nia DaCosta mejora el legado de la saga con su estilo directo, desprejuiciado y alegremente sucio. Como rebozarse en el barro
Como rebozarse en barro. El género de terror, más allá de sus funciones catárticas y su querencia a las rimas y metáforas sociales, mancha. Existe también para el sincero disfrute de todo aquello que las reglas de urbanidad descartan. El terror se come directamente de la nevera con las manos, a deshora y no respeta ni finos maridajes ni pirámide alimenticia ni orden de platos. Nia DaCosta lo sabe. Lo sabe más y mejor como directora de Candyman que de Hedda, pero lo sabe. El templo de los huesos es buena y sorprendente prueba de ello. Cuando uno empezaba a sospechar que el renacimiento de la saga de los infectados vivientes creada por Danny Boyle y Alex Garland se precipitaba, vista la entrega del año pasado, por las pendientes de la pretenciosidad, el batiburrillo, la incoherencia y los gestos solemnes y con poca gracia, de repente, un auténtico festín; un banquete fuera de hora, para devorar sin miramientos y sin más pretensión que la muy feliz y divertida falta de pretensiones. De otro modo, la segunda (que, en verdad, es la cuarta) es mucho mejor que la primera (que, en verdad, fue la tercera). Y tan placentera como rebozarse en el barro.
Ahora todo gira alrededor del personaje de Ralph Fiennes. Él, recuérdese, es el doctor encerrado en su particular laberinto con forma de osario catedralicio y descomunal empeñado en entender qué nos ha pasado para acabar de tan atrabiliaria manera por culpa de un virus sin control. A su lado, el tipo al que encarna con una actitud muy de mafia londinense Jack O’Connell dirige a un comando de drugos nihilistas y satánicos convencidos de que el mal, como el capital, lo puede todo. O casi. Y en medio, una criatura a medio camino entre la oscuridad y la lejana posibilidad de un atisbo de luz. ¿Se acuerdan de Samson, el infectado alfa al que interpreta Chi Lewis-Parry? Pues ese personaje completamente estrafalario, incoherente con el libro de estilo de la saga y algo burdo cobra, por fin, sentido. Lo que queda escenificado, por aquello de dar profundidad a tanto desmadre, es un poco lo de siempre: la fe contra la razón, la humanidad frente a la barbarie o el convencimiento de que la autentica bestia no está fuera disfrazada de plaga, sino bien adentro de cada uno de nosotros. Ésa y no otra sigue siendo la cuestión.
De aquí en adelante, Nia DaCosta se las arregla para confeccionar una película que no tiene miedo a ser, en efecto, una película de miedo. No hay coartadas ni elipsis artísticas ni sustentos cargantes. Todo queda a la vista (cuidado estómagos sensibles) con un estilo directo, desprejuiciado y alegremente sucio. Y luego está Ralph Fiennes en una de esas exhibiciones que crean afición y ahondan en el convencimiento de que pocos actores han sido capaces de lo que él puede: descubrirnos que detrás de cada papel, da lo mismo cuál, hay un personaje digno de Shakespeare. Everything in Its Right Place, de Radiohead, suena y el mundo, dentro y fuera de la pantalla, se desmorona. La cámara se mueve por las fotos de antes de la pandemia, de cuando el Dr. Kelson tenía vida, y, en una exhalación, todo cobra sentido. Y así hasta un final pletórico y para el recuerdo a lomos de la canción The Number Of The Beast, de Iron Maiden, como nunca antes. Lo dicho, un alarde para rebozarse en el barro.
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Director: Nia DaCosta. Intérpretes: Ralph Fiennes, Emma Laird, Alfie Williams, Jack O’Connell. Duración: 109 minutos. Nacionalidad: Reino Unido.
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