<p>Hace un año, en diciembre de 2024, <strong>Alfonso Ferrero</strong> consiguió una plaza fija como conductor de parque móvil de la Comunidad de Madrid. Antes había hecho también trabajos verticales, poda en altura o formación, entre otras ocupaciones. Este baile laboral comenzó hace 16 años -16 veranos, para ser exactos- cuando se dedicó, por primera vez, a lo que él llama su trabajo: «Me considero bombero forestal, aunque no me lo reconozcan», cuenta en una cafetería de Madrid. La de Ferrero es una de las muchas caras de un sector que tras, una de las peores campañas de las últimas décadas, quiere que se recuerde su realidad cuando ya no arde España.</p>
Tras la campaña de incendios, miles de bomberos forestales que trabajan como fijos discontinuos son despedidos y otros realizan tareas de prevención en condiciones precarias
Hace un año, en diciembre de 2024, Alfonso Ferrero consiguió una plaza fija como conductor de parque móvil de la Comunidad de Madrid. Antes había hecho también trabajos verticales, poda en altura o formación, entre otras ocupaciones. Este baile laboral comenzó hace 16 años -16 veranos, para ser exactos- cuando se dedicó, por primera vez, a lo que él llama su trabajo: «Me considero bombero forestal, aunque no me lo reconozcan», cuenta en una cafetería de Madrid. La de Ferrero es una de las muchas caras de un sector que tras, una de las peores campañas de las últimas décadas, quiere que se recuerde su realidad cuando ya no arde España.
Uno de los principales factores detrás de esta situación es que las competencias sobre prevención y extinción de los incendios forestales están transferidas, así que las condiciones de los trabajadores del sector varían en función de cada comunidad. Y la otra clave, tangencial, es que hasta 2025 no había una categoría profesional, la de bombero forestal, que aglutinase a todos ellos. Sin embargo, según denuncian, aún no se les está aplicando -especialmente en comunidades como Castilla y León, donde gran parte del dispositivo depende de empresas privadas- así que siguen enfrentándose al fuego como peones de caza o conductores. Y muchos de ellos, como Ferrero, son despedidos cuando termina la campaña de verano.
«En verano la comunidad Madrid tiene 530 efectivos de Tragsa y 120 más de la parte pública, que está ahora de extinción», contextualiza Ferrero. Hay también unas 80 plazas de vigilantes durante la campaña. Pero en invierno cae de esos 650 a unos 300 empleados. «La prevención que se hace es mínima«, lamenta el bombero, quien recuerda que el 50% de la superficie de la Comunidad es propensa a incendios, pero la falta de personal hace que se actúe en menos del 1%: «No tienen efectivos». Él volverá el año que viene, pero otros «abandonan». «Al final no puedes aguantar más trabajar en verano y en invierno buscarte la vida y no saber de qué vas a comer».
A algo más de dos horas en coche de donde trabaja Ferrero, cerca del Parque Natural de la Serranía de Cuenca, comienza un camino que tras unos metros parece más bien un desfiladero. Al final de este, una mañana de noviembre, hay una cuadrilla de las Brif que realiza tareas de prevención y mantenimiento en la pista forestal: desbrozan los árboles que hay alrededor y utilizan algunas de las ramas para que los socavones de la travesía se conviertan en poco más que baches. La temperatura roza los cuatro grados y el suelo está prácticamente helado, pero los bomberos se cambian ahí mismo, si acaso guarecidos por la puerta de uno de sus todoterrenos, más de las miradas que del viento.
Con todo, se consideran unos privilegiados: «Castilla y León sí que es el tercer mundo». Lo cuenta el capataz, que se llama Antonio Mármol, aunque la mano la da como si fuera de granito. En esa comunidad autónoma estuvieron, precisamente, este verano, cuando fue devastada por los incendios. «Todas las peleas que tuvimos con el fuego las perdimos. Todas«, rememora. También recuerda cómo ellos, que pertenecen a una unidad helitransportada, salían de Castilla-La Mancha, donde recibían su avituallamiento, y llegaban a León o Zamora, donde los compañeros tenían apenas «un bocadillo de mortadela que olía mal». Así que los bomberos de Castilla y León recibían las raciones de sus vecinos y estos se llevaban, a cambio, sus abrazos.
Mármol nació hace 42 años en «un barrio malo de Córdoba» y lleva ya 20 en el dispositivo; las últimas 11 campañas, en Cuenca. «Conocí el amor y me compré una casa«, cuenta. Su caso encarna, de hecho, otro de los argumentos que esgrimen los bomberos forestales para extender su actividad y sus contratos: su presencia ayuda a fijar población. Hasta que Mármol consiguió la plaza fija, pasó varios años «currando cuatro meses» y después se dedicaba a la hostelería: primero subía a los Pirineos para la temporada de esquí y después iba a Córdoba. «Se me da bien la gente», resume, aunque recuerda que «para ser camarero también hay que ser valiente». Eso sí, estaba todo ese tiempo «deseando volver a apagar incendios».
Tras un rato conversando al tiempo que coordina a su equipo, deja que tomen el relevo otros dos bomberos: Juli, que tiene 36 años y es de Sotorribas y Chiqui, de 38 años y de Zarzuela. El primero, en palabras de Mármol, «Un máquina conduciendo coches, motos, caballos» o, según resume él mismo, «todo lo que ande». Y explica cómo, a pesar de contar con unas condiciones que les hacen considerarse privilegiados, el hecho de ser conductor puede suponer que, tras una jornada a pie de fuego luchando contra un incendio, después le toque llevar a la cuadrilla de vuelta a la base. «Somos todos una piña. En situaciones de riesgo dependes del que tengas al lado y él depende de ti«, explica, así que lo normal es que alguno le dé el relevo un poco antes para que no se desfonde. Ambos recuerdan los fuegos del verano en León y Zamora, cuando les tocó dormir en un convento abandonado: «Se ve dónde se gestiona bien y dónde se gestiona mal», sentencia Juli. «Al menos un bocadillo siempre tienen», concede Chiqui mientras, pone en valor el trabajo que hacen al terminar la campaña y señala hacia una zona del monte en la que hicieron una helipista en la que aterrizaron poco después cuando un rayo causó un pequeño incendio. «Nosotros ocho horas encerrados en una oficina no podemos estar», se justifica poco después.
En Andalucía, según explican tanto los forestales de la propia comunidad como los de otras, la situación es relativamente buena. Comparada con otras regiones, tiene medios y recursos, pero eso no quiere decir que no haya despidos ni falta de material. De hecho, Sergio Blanco, (conductor, 54 años), Juan Antonio Soto (conductor, 63 años), Antonio José Doblado (especialista Brica, 41 años) y Jesús Escribano (técnico Brica, 47 años), acuden a la cita cerca de la Agencia de Medio Ambiente y Agua, en la Cartuja, con algunos de los equipos de protección individual (EPI) caducados con los que han tenido que trabajar. Con todo, como ilustra Escribano, consideran que Andalucía está en la «primera división» de las condiciones laborales. La comunidad tiene sus propias brigadas, las Brica, y cuenta también con el apoyo de las Brigadas de Refuerzo en Incendios Forestales (Brif), que dependen del Ministerio para la Transición Ecológica.
Otro de los problemas que encuentran es el de la segunda actividad, que es prácticamente inexistente. Cuando por edad no pueden volver a los incendios, se les buscan labores alternativas, que muchas veces no tienen que ver con su labor. «Gente que ha estado 30 años trabajando a pie de llamas, lo siguiente es ponerles a limpiar los baños de la base donde han estado 30 años currando», describe Escribano. Y el problema no es tanto el cambio de actividad, sino las formas o despreciar la experiencia adquirida. «¿No es más operativo que a todo el personal que se está incorporando, que el único requisito es tener el carnet de conducir, lo forme este hombre que tiene ya 35 años de experiencia?», se pregunta Blanco.
Escribano, de todos modos, incide en que su situación, dentro del sector, es casi de privilegio: «Somos conscientes de que en Andalucía, estamos en Primera División comparados con Castilla y León. Yo he estado trabajando en Burgos y aquello era el Tercer Mundo, con todo el respeto del mundo. Era increíble lo que te encontrabas».
Lejos de allí, pero cerca de Sanabria se encuentra esa segunda división o tercer mundo del que hablan los compañeros. Las carreteras serpentean por la sierra de la Culebra, donde los tonos rojizos que deja el invierno se mezclan con los negros que dejó el verano. Se escucha «árbol va» y cae un pino sobre cuyos tocones se sentará para comer una cuadrilla realiza tareas de mantenimiento, aunque prefiere no hablar con los periodistas. Sí lo hace, más tarde y a varios kilómetros, otro bombero forestal que no se llama Diego, pero pide que le demos ese nombre. Está contratado por una de las empresas privadas de la zona, que no reconoce su categoría laboral. «La diferencia con una Brif es que somos la mitad del personal, las condiciones, la temporalidad, la falta de equipo, de profesionalización y formación. Pero todo viene de la categoría«, expone.
Uno de los ejemplos que da es el del avituallamiento. «Estamos acostumbrados y te lo acabas tomando a risa, no queda otra, pero sí que te indigna», comienza antes de explicar que cada año todos los componentes de la cuadrilla «ponemos un bote para comprar estas cosas«. «Hemos aprendido y llevamos las mochilas hasta arriba de botellas de agua, que es lo más importante, y comida como gominolas, frutos secos, barritas y hasta algún chorizo, que lo tiras a cualquier brasa y comemos todos», incide, «pero lo compras tú». Durante los incendios del verano, cuando los vecinos les preguntaban con qué podían ayudar únicamente les pedían barritas energéticas para llevar con ellos al fuego.
Diego cree que si consiguiesen que les reconociesen la categoría laboral se solucionarían muchos de sus problemas, especialmente los relacionados con la formación. Tienen, explica con tacto, la ‘suerte’ de tener varios incendios, «así que te formas a las bravas«. «En las noticias sólo salen los incendios que no se apagan, pero apagamos muchos y te vas con la satisfacción de que lo has podido parar a tiempo», contextualiza el bombero. Sin embargo, las condiciones hacen que «muchas veces cuando tienes a alguien formado se te pira: te dicen que de esto tres meses al año no se puede vivir». Esto, lamenta, es «una constante de los últimos años».
A unos kilómetros de allí, ya muy cerca de Zamora, pero aún en segunda división, Dimas, Javier y Sergio posan junto a una de las zonas que ardió en verano. Todos pertenecen a la Asociación de Trabajadores de Incendios Forestales de Castilla y León (ATIFCyL), aunque únicamente Dimas trabaja para las Brif y tiene contrato fijo y reconocida la categoría laboral. Es él quien comienza a describir la situación. «Aquí hay una fragmentación de la contratación que no se da en ninguna otra comunidad autónoma», detalla, por lo que el trabajo se distribuye en varias docenas de contratantes. «Son licitaciones que salen a subasta la baja; la empresa que por menos dinero lo hace es la que se lleva esas concesiones», ilustra entonces Javier. Después, Sergio detalla sus condiciones: de la precariedad de cobrar únicamente cuando realizan labores de prevención -«los días de lluvia no vas al tajo y no lo cobras o te obligan a coger vacaciones»- a tener que limpiar ellos mismos en casa sus trajes. «No puede ser que te tengas que llevar en una bolsa en el coche el EPI de motosierra lleno de aceite de gasolina y en la misma bolsa meter el EPI de incendios y luego ir lleno de gasolina a un incendio«, apostilla Dimas. Las brigadas de pie tampoco tienen una base a la que acudir, así que se cambian en el campo y hacen todo lo que debería hacerse en un baño detrás de un pino.
A esto, como sus compañeros de toda España, suman la eventualidad. «En la época de la crisis, todavía, pero hoy en día que tú vas a una fábrica y acabas trabajando 12 meses», expone Dimas. «He tenido muchos compañeros que les gustaba, que eran muy buenos y acaban trabajando en otro sitio… Embutidos, mantenimiento, otro se ha marchado con las vacas porque estaba hasta los huevos de los incendios».
Su solución es, por lo tanto, sencilla: dar continuidad a su trabajo. Y combinar las tareas de prevención con el hecho de que pueden actuar en la zona, pero también con la posibilidad de desplazarse. «Hemos reivindicado siempre que somos un servicio que se merece el rural de Castilla y León. Al final, cuando tienes un dispositivo fuerte, ya no solo vas a los incendios en verano y limpias un camino: conocemos la zona, cuando hay una nevada son los primeros en proponernos para ir a ayudar; aquí todos estuvimos en Valencia y nadie fue obligado», detalla Dimas.
La cuadrilla de Mármol, el bombero forestal de Segovia, también estuvo en Valencia tras la dana. Durante toda la conversación Mármol bromea, habla por los codos y se va por las ramas como si hasta esas quisiera desbrozarlas, pero aquí es lacónico: «Nos portamos como había que portarse«. Además de quienes estaban entonces de guardia, ocho personas, podían apuntarse hasta 20 voluntarios. Lo pidieron 30. «Hay algo dentro de mí que se rompió. Se me quedó clavada una espina, pero tampoco quiero sacarla. Vi lo mejor del ser humano», rememora.
Él, como casi todos los entrevistados, entró por vocación. Cuando estaba intentando sacar la oposición para bombero le dijeron que «hay unos hippies que apagan fuegos con helicópteros». Tras su primera campaña, el capataz de entonces le preguntó: «Te ha gustado, ¿no? Pues ya la has cagado». Algo similar reconoce también en Sevilla Juan Antonio Soto, con 32 campañas a sus espaldas y a la espera de que el coeficiente reductor permita que se jubile: «Es algo que engancha; un incendio de noche llega a ser hasta bonito«. Y entonces Soto, que esa tarde de finales de noviembre aún no lo sabe, pero podrá jubilarse este enero, ríe: «Pero hay que apagarlo«.
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