<p>Cuando uno se enfrenta a un puzle en cualquiera de sus variantes, desde las tradicionales adivinanzas para niños hasta los laberintos sin leyes físicas del videojuego <i><strong>Antichamber</strong></i>, el contrato es el mismo: hay solución. Quizás tengamos que detectar una palabra escondida dentro de otra, resolver un problema de lógica espacial o ejercitar el pensamiento lateral, pero la solución existe, y no sólo eso, es la misma para todos. Nuestra sensibilidad, formación cultural o el siglo en que hayamos nacido quizá determine cómo podemos abandonar un puzle, pero si perseveramos, la meta será la misma. El arte aspira a lo contrario, a trascender como misterio sin solución oficial, a aislarnos a todos en nuestras propias interpretaciones y respuestas emocionales, que en el mejor de los casos no dejarán de cambiar a lo largo de nuestra vida. El cine sufre especialmente, y más en las últimas décadas, la falsa necesidad de que cada obra genere un consenso sobre su <i>solución</i>, o sea, su intención y su significado. Lo que perezosamente llamamos<i> el mensaje</i>. Los espectadores buenos son los que saben que ver cine es un ritual íntimo y se inventan cómo interrogar cada película, por mucho que los directores malos se dejen la piel buscando que todos los críticos adivinen lo mismo.</p>
El cine sufre especialmente, y más en las últimas décadas, la falsa necesidad de que cada obra genere un consenso sobre su solución, o sea, su intención y su significado. El dichoso «mensaje»
Cuando uno se enfrenta a un puzle en cualquiera de sus variantes, desde las tradicionales adivinanzas para niños hasta los laberintos sin leyes físicas del videojuego Antichamber, el contrato es el mismo: hay solución. Quizás tengamos que detectar una palabra escondida dentro de otra, resolver un problema de lógica espacial o ejercitar el pensamiento lateral, pero la solución existe, y no sólo eso, es la misma para todos. Nuestra sensibilidad, formación cultural o el siglo en que hayamos nacido quizá determine cómo podemos abandonar un puzle, pero si perseveramos, la meta será la misma. El arte aspira a lo contrario, a trascender como misterio sin solución oficial, a aislarnos a todos en nuestras propias interpretaciones y respuestas emocionales, que en el mejor de los casos no dejarán de cambiar a lo largo de nuestra vida. El cine sufre especialmente, y más en las últimas décadas, la falsa necesidad de que cada obra genere un consenso sobre su solución, o sea, su intención y su significado. Lo que perezosamente llamamos el mensaje. Los espectadores buenos son los que saben que ver cine es un ritual íntimo y se inventan cómo interrogar cada película, por mucho que los directores malos se dejen la piel buscando que todos los críticos adivinen lo mismo.
Voy a negar todo lo que he dicho hasta ahora. Este año se lanzará el videojuego Order of the sinking star, de Jonathan Blow, el mayor divulgador de las posibilidades de que un puzle pueda albergar ideas. Que el sendero que nos hace recorrer pueda resultarnos iluminador, aunque no seamos capaces de resolverlo. Todo el que haya experimentado The Witness, su anterior obra maestra, el milagro que Tonda Ros nos regaló el año pasado llamado Blue Prince o la colección de enigmas oníricos de tablero llamada Etherfields sabe que el puro mecanismo de un puzle puede ser epifánico, puede ser trascendente.
Si le damos la vuelta a la tortilla y nos fijamos de nuevo en el cine, tenemos la serie Puñales por la espalda de Rian Johnson, películas-puzle en el sentido más literal, con un acertijo aparentemente imposible que se acaba resolviendo. Pero no es casual que una de ellas empiece con la protagonista destrozando un rompecabezas con un martillo. Ni que en la recién estrenada tercera entrega, De entre los muertos, el sacerdote protagonista decida despedirse de la trama detectivesca en nombre del perdón y la misericordia. Rian Johnson diseña enigmas perfectos con una mano mientras los cuestiona con la otra porque sabe que el misterio es más grande que la solución, que el arte puede albergar puzles, y que los puzles pueden ser una forma de arte.
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