<p>Para comprender lo que está sucediendo en el mundo es necesario repasar algo de historia. Estamos viviendo el final, si no se ha producido ya, del periodo de hegemonía global de occidente que surgió de la poderosa hibridación de la revolución industrial con la ilustración, la razón y la democracia.</p>
El año 2025 pasará a la historia como el peor para Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Si en 2026 no remontamos puede ser irreversible.
Para comprender lo que está sucediendo en el mundo es necesario repasar algo de historia. Estamos viviendo el final, si no se ha producido ya, del periodo de hegemonía global de occidente que surgió de la poderosa hibridación de la revolución industrial con la ilustración, la razón y la democracia.
Durante más de dos siglos EEUU, Europa -el Reino Unido, Alemania y Francia principalmente-, Rusia a su modo y Japón lideraron el mundo. Durante ese tiempo protagonizaron todos los saltos tecnológicos, la siderurgia y el carbón, el motor de explosión, la electricidad, la energía nuclear, la aeronáutica y el espacio, la informática y las telecomunicaciones, la biomedicina… Un tiempo en el que el poder de sus ideas y la inmensa acumulación de conocimiento y capital que generó permitió que la economía global se acomodara a ese esquema. A cambio, hubo cierto proselitismo democrático y de los derechos humanos, no siempre, con frecuencia subordinado al interés económico y a la seguridad mal entendida. A sus élites, al menos a las europeas, tanta riqueza doméstica les convenció de que compensaba redistribuir.
El resto del mundo, o quedó aislado o desarrolló economías que sólo servían a intereses extractivos foráneos, ya fuera bajo el dominio colonial del XIX como África y Asia, de la URSS, o gracias a la complicidad de élites corruptas que nunca hicieron nada por sus conciudadanos, por el desarrollo real de sus países y por su bienestar como en América Latina.
Ese sistema ha durado dos siglos y medio, un tiempo durante el que se constató mil veces que no era nada fácil de modificar debido a las gigantescas inercias y desigualdades que había generado y que nunca dejaron de crecer.
Pues bien, ese mundo se acabó. La increíble ventaja que tenía Occidente se ha terminado porque China es capaz de competir en todo con los viejos europeos, con el mundo anglosajón y con Japón. Y China, incluso, lidera lo nuevo.
Desde hace tiempo en Europa y en los EEUU se notaban los efectos de la pérdida de liderazgo, de agotamiento del modelo, síntomas que bien manipulados han generado una importante corriente crítica con las instituciones democráticas nacionales y sobre todo globales -multilaterales o la UE-, y en general con el Estado de Derecho: el gran objetivo a batir por el populismo que se alimenta de la gigantesca y progresiva frustración de cada vez mayores capas de población.
El auge e imparable crecimiento de China ha alterado profundamente la política de los EEUU hasta el punto de que, para hacer frente a tan formidable rival, una parte importante del que fue gran benefactor de las democracias y de la economía global de mercado basada en reglas parece decidida a abandonar todos los principios acumulados desde su independencia en 1776.
En este contexto, Europa se ha convertido en el principal obstáculo para que los EEUU libren su particular batalla contra China según sus nuevas e irresponsables normas. Y ahí aparece Ucrania. Una solución justa para Ucrania reforzaría a la UE que podría continuar ampliando su espacio de democracia, sostenibilidad, cohesión social, humanismo y razón. Algo en lo que obviamente no cree Putin pero tampoco los EEUU de Trump. Además, para la actual administración de los EEUU la invasión de Ucrania es un incordio porque impide incorporar a la Rusia de Putin a su estrategia contra China. Por desgracia, el MAGA estadounidense y Putin comparten más de lo que en Europa nos resistimos todavía a creer. La misma derecha aislacionista, retrógrada, cristiana pre-ilustración, que habla un lenguaje tóxico opuesto a la verdad, antivacunas, negacionista del cambio climático, anticientífica, xenófoba, racista y supremacista blanca, homófoba, dominada por oligarcas al margen de la ley, vengativa, cautiva de un pasado glorioso que como falso señuelo desea recuperar, y ansiosa de imponernos una cultura e identidad reaccionaria que consideran universal.
Europa puede salir delante de esta tremenda confrontación si no se fracciona. EEUU quiere rompernos para contar con nuevos aliados que, como ya hacen los partidos de extrema derecha, hablen el mismo lenguaje que el MAGA. ¿Recuerdan el Brexit? El Reino Unido es hoy un 8% más pobre gracias a ello. Un problema es la vieja democracia cristiana, que al contrario que el MAGA siempre fue democrática antes que cristiana, ¿destruirá lo que erigió junto a la socialdemocracia para acomodarse a los nuevos representantes del resucitado régimen preconciliar? Otro problema, la socialdemocracia y los que dicen ocupar ese espacio, ¿comprenderán que para defender lo logrado, lo materialmente sólido, es preciso seguir luchando para desmantelar las cada vez más complejas raíces de la desigualdad y abandonar tantas luchas subjetivas? ¿Y los liberales?, ¿saldrán de su purismo tecnocrático, de su impostada superioridad ante lo que llaman bipartidismo, y recuperarán las viejas causas que construyeron Europa? Veremos, porque han puesto la mesa y Europa es el menú, al menos de Putin y Trump (por ahora).
*Juan Moscoso del Prado es senior Fellow de EsadeGeo.
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