<p>Hay ámbitos de la vida que solo funcionan cuando se les permite no obedecer. El periodismo, cuando no escribe para agradar. La crianza, cuando no se rinde al capricho inmediato. <strong>El crecimiento personal, cuando no confunde comodidad con verdad.</strong> En todos ellos, la autonomía no es rebeldía: es responsabilidad. Y casi siempre resulta incómoda.</p>
Hay ámbitos de la vida que solo funcionan cuando se les permite no obedecer. El periodismo, cuando no escribe para agradar. La crianza, cuando no se rinde al capricho inmediato.
Hay ámbitos de la vida que solo funcionan cuando se les permite no obedecer. El periodismo, cuando no escribe para agradar. La crianza, cuando no se rinde al capricho inmediato. El crecimiento personal, cuando no confunde comodidad con verdad. En todos ellos, la autonomía no es rebeldía: es responsabilidad. Y casi siempre resulta incómoda.
La Ilustración entendió esto mejor que nadie. La libertad no consistía en hacer lo que uno quiere, sino en someterse voluntariamente a una regla racional. Pensar por uno mismo implicaba aceptar límites, datos, consecuencias. La independencia —intelectual, moral o institucional— era el precio de ese compromiso. Hoy, sin embargo, habitamos otra época. La de la Orgullosa Contra-ilustración, en la que se celebra la imposición desinformada frente al criterio, la ignorancia frente a la razón, y la obediencia al poder frente a la fidelidad al pensamiento. La política monetaria pertenece a esa misma familia de actividades. Su función no es complacer, sino medir. No confirmar expectativas, sino corregirlas. Por eso la independencia de los bancos centrales no fue un capricho tecnocrático, fue una conquista institucional. Que en Estados Unidos se insinúe la posibilidad de presionar judicialmente al presidente de la Reserva Federal no es un exceso retórico más. Es un cambio de clima institucional en un lugar donde el clima social es ya muy triste.
La historia ofrece advertencias. En 1971, el presidente Richard Nixon le dijo al entonces presidente de la Reserva Federal, Arthur Burns: «Contamos contigo». No era una frase cordial. Era una expectativa política explícita. Aquella presión contribuyó a una política monetaria complaciente que terminó erosionando la credibilidad de la Fed durante toda una década. El coste llegó después, tarde y de forma traumática, cuando hubo que reconstruir esa credibilidad a golpe de tipos bajo Paul Volcker.
Cuando el dinero empieza a obedecer, deja de medir. Un banco central sometido se parece a un termostato al que se le exige marcar la temperatura deseada en lugar de la real. Los mercados lo entienden con una claridad incómoda. La independencia monetaria no es una abstracción jurídica; es un activo reputacional. El capital se encarece, la curva se tensa y la volatilidad crece. Quienes buscan forzar tipos más bajos acaban generando condiciones financieras más duras, aunque en las bolsas actuales la indolencia es sorprendente.
El ejemplo contemporáneo más elocuente es Turquía. Durante años, el presidente Recep Erdogan ha repetido una frase tan errónea como devastadora: «Los tipos de interés altos son la causa; la inflación es el resultado». No era una provocación retórica. Era una consigna. El resultado está medido: colapso de la moneda, inflación persistente y empobrecimiento de amplias capas de la población. No por falta de recursos, sino por destrucción de confianza y de articulación fiscal consistente.
El patrón no es exclusivo de la economía. La historia intelectual lo conoce bien. Cuando Galileo fue juzgado en 1633, el problema no era solo astronómico. Era institucional. Se exigía que el conocimiento se alineara con el poder. «La Tierra debía permanecer inmóvil porque así lo ordenaba la autoridad».
La política monetaria funciona de manera parecida. Su eficacia reside en parecer aburrida. El día que se vuelve emocionante, es que algo se ha roto. Por eso la inquietud actual no tiene que ver con una persona ni con una decisión concreta de tipos. Tiene que ver con el precedente. Con la idea de que, si el diagnóstico no gusta, siempre puede revisarse mediante coacción.
La estabilidad financiera no se quiebra de golpe. Se desgasta cuando las reglas dejan de parecer incondicionales. Y cuando eso ocurre en el país que emite la moneda de reserva mundial, el problema deja de ser doméstico. Se vuelve sistémico.
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