<p>La fiebre, los mocos y la tos acechan… El frío, el mayor aliado de gripes y resfriados varios, nos ha invadido sin piedad esta semana. Justo, además, cuando se han acabado las vacaciones de Navidad. La tormenta perfecta: después de hartarnos de mantecados, cava y vagancia, no vamos ahora a encadenar una baja. Y menos si nuestro trasero no está aún lo suficientemente seguro en la silla de la oficina: según la investigación de la consultora <strong>SD Worx, </strong>el 41% de los jóvenes españoles se sienten presionados para trabajar enfermos. Un error de libro. Porque productividad y enfermedad no mezclan bien, al contrario. Así que quédese en casa, por favor, no se haga el mártir.</p>
Tras el paréntesis de concienciación de la pandemia, el presentismo vuelve a ganar terreno pese que los expertos alertan de sus malos efectos.
La fiebre, los mocos y la tos acechan… El frío, el mayor aliado de gripes y resfriados varios, nos ha invadido sin piedad esta semana. Justo, además, cuando se han acabado las vacaciones de Navidad. La tormenta perfecta: después de hartarnos de mantecados, cava y vagancia, no vamos ahora a encadenar una baja. Y menos si nuestro trasero no está aún lo suficientemente seguro en la silla de la oficina: según la investigación de la consultora SD Worx, el 41% de los jóvenes españoles se sienten presionados para trabajar enfermos. Un error de libro. Porque productividad y enfermedad no mezclan bien, al contrario. Así que quédese en casa, por favor, no se haga el mártir.
Además, ya no se lleva. A mediados del siglo pasado era otra cosa. El académico estadounidense Auren Uris acuñó en 1955 el concepto de «presentismo» como algo positivo: frente al absentismo, era mejor calentar silla como fuera. A finales de los 90, con el capitalismo ya en modo demasiado turbo, un psicólogo británico pero con nombre de bueno de western, Cary Cooper, popularizó el término pero con una connotación negativa. Siempre desde el punto de vista de la empresa, ojo: los trabajadores enfermos, descubrió, crean estrés, contagian y, en general, dan mal rollo.
La Agencia Europea para la Seguridad y la Salud en el Trabajo se une a esta tendencia en la definición en su Tesauro de presentismo, que se basa en el modelo conceptual de Gary Johns. Americano ganado para el bien (a la espera de algún giro trumpiano…), Johns ha demostrado que es más prevalente que el absentismo y se relaciona directamente con la pérdida de productividad. Además, señala factores como la salud mental y la cultura organizacional como esbirros de un fenómeno con efectos negativos a largo plazo para el trabajador y la empresa, aunque admite que puede tener matices positivos en ciertos casos.
Un informe de Korn Ferry señalaba ya el año pasado por estas fechas «un cambio importante con respecto a la ideología de bienestar que imperó durante la pandemia, cuando los empleados enfermos se quedaban en casa y sus compañeros de trabajo se encargaban de sus tareas, a veces durante semanas». Detectaba dos grupos bastante obvios de trabajadores proclives al presentismo: los que cobran por hora o por encargo (esos sufridos autónomos…) y los que tienen clientes o pacientes que dependen de ellos. Pero también mencionaba la escasez de trabajo y los «crecientes problemas de confianza: según un estudio reciente, una cuarta parte de los directivos cree que los trabajadores que llaman para decir que están enfermos fingen; un tercio ha comenzado a pedirles que traigan un certificado médico».
Eva Rimbau, profesora de la Universitat Oberta de Catalunya, reparte las culpas. Por un lado, el problema puede venir de la organización, cuando «hay una cultura de trabajar muchas horas», como «deriva de los fundadores/as de la empresa y la alta dirección, que están ‘enamorados’ del proyecto y piden la misma dedicación a los trabajadores/as», aunque a veces «hay realmente mucha carga de trabajo porque la empresa no contrata a las personas necesarias o no pone los medios adecuados para hacer el trabajo». Los directivos aportan su granito de arena si «organizan mal el trabajo del equipo» o «tienen adicción al trabajo y quieren tener a su disposición a sus colaboradores en cualquier momento de su larga jornada». Finalmente, los trabajadores contribuyen cuando «no se organizan bien el trabajo: gestionan mal el tiempo, necesitan formación sobre sus tareas o las herramientas…», y por «adicción al trabajo».
Para ella, el individuo entrampado en un entorno que favorece el presentismo puede hacer «lamentablemente, muy poco. Difícilmente cambiará una mala cultura organizativa o una baja calidad directiva», y «seguramente se verá en la obligación de ‘calentar la silla’ en cierta medida, para cumplir con las expectativas de presencias prolongadas». Aunque matiza que «una agrupación de trabajadores/as, recurriendo a sus representantes, podrían presionar para cambiar esa mala praxis. Además, la nueva regulación que obliga a registrar la jornada en todas las empresas proporcionaría los datos sobre los que basar esa solicitud». Y, por supuesto, «si la persona percibe que el problema radica en sus propias capacidades, entonces sí que estaría en sus manos aprender a gestionar mejor su tiempo y pedir la formación y los recursos que necesite».
El informe «¿Deberías ir al trabajo con fiebre y gripe?«, de la consultora Alba, recuerda que, «en España, los empleados que padecen gripe tienen derecho a solicitar una baja médica si la enfermedad les impide realizar sus tareas laborales. Esta baja debe ser emitida por un médico de Atención Primaria, quien evaluará la incapacidad del trabajador tras un reconocimiento médico». La duración habitual de la baja por gripe «suele ser de siete días, aunque puede extenderse hasta 20 en casos de complicaciones, o riesgos asociados».
La farmacia Casado Aldariz da estos consejos para la temporada alta de resfriados: refuerza higiene de manos, cubre boca y nariz al toser o estornudar, ventila espacios, limpia superficies compartidas, fortalece sistema inmunológico con descanso y dieta equilibrada… y quédate en casa si estás enfermo.
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