<p>El nerviosismo que empieza a filtrarse en los mercados no nace de un deterioro súbito de los datos macroeconómicos. Tampoco de un miedo fundado a una guerra comercial. La experiencia reciente demuestra que los episodios arancelarios anteriores tuvieron efectos limitados sobre el crecimiento global y que, en muchos casos, el mayor coste terminó recayendo sobre quien los impuso. Y, sin embargo, algo se ha desplazado.</p>
El nerviosismo que empieza a filtrarse en los mercados no nace de un deterioro súbito de los datos macroeconómicos. Tampoco de un miedo fundado a una guerra comercial. La experi
El nerviosismo que empieza a filtrarse en los mercados no nace de un deterioro súbito de los datos macroeconómicos. Tampoco de un miedo fundado a una guerra comercial. La experiencia reciente demuestra que los episodios arancelarios anteriores tuvieron efectos limitados sobre el crecimiento global y que, en muchos casos, el mayor coste terminó recayendo sobre quien los impuso. Y, sin embargo, algo se ha desplazado.
Cada vez que aparece Trump, el giro se parece menos al de una cumbre internacional y más a Stranger Things: no hay respuesta inmediata, pero el espectador percibe que algo ha cruzado al otro lado y que las reglas han dejado de servir.
Este año el Foro Económico Mundial en Davos ha dejado de ser solo un escenario de postales y lenguaje amortiguado. El ruido ha entrado en el vestíbulo con fuerza. El foco ha sido Groenlandia y la nueva ronda de amenazas arancelarias que vinculan el acceso al mercado estadounidense con objetivos estratégicos explícitos. No porque se espere un impacto comercial devastador, es porque se introduce un principio distinto: el comercio como instrumento condicional, no como marco estable.
La reacción financiera ha sido contenida, pero clara. El oro marca máximos en un contexto sin recesión declarada ni desplome de beneficios empresariales. Eso dice mucho. La renta variable pierde tracción tras un ciclo largo de revalorizaciones y reaparece la volatilidad en un momento en que muchos inversores ya daban por descontada una corrección largamente aplazada. Wall Street ha vivido sus peores sesiones en meses. No es una señal de pánico, es un ajuste de expectativas.
El capital no huye, pero se protege. Ajusta horizontes, eleva primas y reduce exposición al riesgo mal definido. El comercio continúa, aunque pierde eficiencia. Las empresas reorganizan cadenas de suministro por seguridad más que por productividad. Esa fricción acumulada no provoca titulares dramáticos, pero erosiona crecimiento potencial con el tiempo.
Aquí entra lo que muchos llaman ya la «respuesta de Europa», y conviene leerla en clave económica, no épica. Europa no reacciona porque tema un impacto arancelario inmediato, sino porque entiende que el verdadero coste sería normalizar la coerción como forma de relación económica entre aliados. La aceptación de instrumentos anti-coerción, de represalias creíbles y de una política industrial defensiva refleja un cálculo de expectativas a largo plazo, no un impulso proteccionista. Desde foros estadounidenses se pide precisamente eso: claridad europea. Un conflicto acotado resulta menos costoso que un marco ambiguo donde las reglas dejan de darse por supuestas.
A todo esto se suma un condicionante estructural que amplifica la sensibilidad del sistema: la deuda. Con balances públicos tensionados tras años de estímulos y nuevos compromisos estratégicos, el margen para absorber episodios de incertidumbre se reduce. Cada duda sobre el marco eleva la prima exigida y refuerza la demanda de activos refugio.
Davos sigue sin ser un lugar para resolver estos problemas. Nunca lo ha sido. Pero este año ha servido para algo menos habitual: reconocerlos sin eufemismos. No por virtud del foro, sino por agotamiento del decorado. Lo que se perfila no es una ruptura abrupta de la globalización, es una revisión a la baja de su dividendo económico. El capital sigue fluyendo, el comercio continúa, pero el precio de operar en un entorno politizado aumenta. Más cobertura, más prima de riesgo, menos horizonte.
Eso es la desglobalización por desilustración. Como señaló estos días el primer ministro canadiense, en un discurso lúcido+ que recordó a Hume hace tres siglos, el problema no es que el orden basado en reglas esté en crisis, es que las instituciones no se sostienen por la fuerza. Lo hacen por la creencia compartida en su continuidad.
Francisco Rodríguez es catedrático de de Economía de la UGR y director del Área Financiera y Digitalización de Funcas.
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