<p>Los mercados financieros siempre han sido máquinas de anticipar el mañana. Acciones, bonos y divisas no son otra cosa —imperfecta, pero disciplinada— que intentos de poner precio a expectativas. Pero en los últimos años ha aparecido una versión aún más literal de esta obsesión: mercados que no descuentan beneficios ni flujos de caja, sino acontecimientos.</p>
El auge de los ‘prediction markets’ plantea una cuestión inquietante: ¿anticipan el futuro o simplemente monetizan creencias volátiles?
Los mercados financieros siempre han sido máquinas de anticipar el mañana. Acciones, bonos y divisas no son otra cosa —imperfecta, pero disciplinada— que intentos de poner precio a expectativas. Pero en los últimos años ha aparecido una versión aún más literal de esta obsesión: mercados que no descuentan beneficios ni flujos de caja, sino acontecimientos.
Los prediction markets prometen convertir la incertidumbre en probabilidad y esta, a su vez, en precio. Su lógica es seductora: si suficientes personas, con información diversa y dinero en juego, apuestan por un evento, el resultado agregado debería ser la mejor estimación disponible de lo que va a ocurrir. En teoría, una encuesta con piel de mercado. En la práctica, un espejo de nuestras creencias… con cotización en tiempo real.
Polymarket se ha convertido en el escaparate más visible de este fenómeno. En su plataforma no se negocian compañías ni países, sino preguntas: ¿quién ganará unas elecciones?, ¿habrá recesión?, ¿recortará tipos un banco central?, ¿estallará un conflicto? Todo aquello que sea incierto y, sobre el papel, verificable. Lo fascinante es que el contrato no exige tener razón «por convicción»: basta con tener razón antes que los demás. Eso, para un inversor, suena peligrosamente familiar.
El episodio que ha disparado la conversación -y la polémica- tiene nombre propio: Nicolás Maduro. Un apostador, arriesgando una cantidad relativamente modesta, logró obtener más de 400.000 euros de beneficio tras posicionarse en un desenlace político que el mercado no terminaba de descontar. La precisión temporal del movimiento, minutos antes de la orden dada en la Casa Blanca, levantó sospechas inmediatas: ¿genialidad?, ¿suerte?, ¿información privilegiada?
Y aquí aparece la primera grieta. En los mercados tradicionales, el insider trading es ilegal porque erosiona la confianza y distorsiona la asignación eficiente del capital. En un mercado de predicción, la asimetría informativa no es un fallo del sistema: es, en cierto modo, su combustible. Si sabes algo antes que el resto, el mercado te paga por ello. La pregunta incómoda es obvia: ¿estamos ante un mecanismo de descubrimiento de probabilidades… o ante una pista de aterrizaje para rumores bien informados?
Pero lo realmente interesante no es un caso concreto, sino lo que revela el catálogo completo de apuestas. Porque Polymarket no solo ofrece contratos sobre elecciones o bancos centrales. Aparecen mercados sobre si se descubrirá vida extraterrestre antes de 2027 (11% de probabilidad), si ocurrirá un evento apocalíptico o si Jesucristo se aparecerá este año (3% de probabilidad, suele subir antes de las Navidades). No es teología, es mercado. Si algo es incierto, alguien tratará de ponerle precio. La frontera entre información, entretenimiento y ansiedad colectiva desaparece cuando cualquier duda puede convertirse en un contrato negociable.
Cabe detenerse un momento. En los mercados financieros clásicos, el precio intenta descontar flujos futuros: hay balances, beneficios, activos productivos. En los mercados de predicción, el precio descuenta percepción, narrativa y psicología colectiva. No se compra valor; se compra una probabilidad socialmente construida. Y las probabilidades, como sabemos los gestores, cambian con la historia que se cuenta, no solo con los datos.
Las implicaciones son más serias de lo que parece. En finanzas llevamos siglos intentando domesticar la incertidumbre con modelos: volatilidades, correlaciones, stress tests. La incertidumbre no se modeliza: se monetiza. Se crea un «ticker» para el miedo y un precio para la esperanza. Y, como sucede en cualquier mercado, cuando hay un precio, aparecen incentivos para moverlo. Si apuestas fuerte por un resultado, ¿no te conviertes en parte interesada en que ese resultado ocurra o, al menos, en que el mercado lo crea posible?
La «sabiduría de las multitudes» funciona bien cuando la información es dispersa, los incentivos están alineados y el resultado es claro. Por eso estos mercados pueden ser sorprendentemente certeros en algunos contextos: elecciones con señales públicas, decisiones con calendarios establecidos, eventos con información acumulativa. Pero se vuelven frágiles cuando el objeto de la apuesta es emocional, ideológico o estructuralmente manipulable. En esos casos el mercado no predice tanto como amplifica: consolida una narrativa en forma de porcentaje y la presenta como si fuera meteorología.
Hay, además, algo profundamente humano -y casi literario- en todo esto. El inversor clásico compra opcionalidad: paga hoy por el derecho a un escenario mañana. En Polymarket compramos la ilusión de que el futuro es reducible a un «sí» o «no», a un número con dos decimales. Es el mismo impulso que nos hace mirar compulsivamente el móvil ante cualquier incertidumbre: queremos una cifra que calme la ansiedad. Y si no existe, la inventamos.
Como inversores conviene mantener una regla de higiene mental: no confundir probabilidad con certeza, ni mercado con destino. Hay precios que informan y precios que entretienen. Y hay mercados que, más que anticipar el futuro, revelan nuestra necesidad de sentir que lo controlamos.
Porque, al final, no todo lo que tiene precio tiene valor. Y no todo lo que se puede apostar debería tomarse como señal.
*Manuel Mendívil es CIO Gestión de Activos de Arcano Partners.
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