<p>¿Quién no se ha comprado una docena de viviendas unifamiliares para vivir de los alquileres cuando se jubile? Para<strong> Scott Bessent,</strong> ex directivo del hedge fund de <strong>George Soros</strong> y ahora secretario del Tesoro de<strong> Trump</strong> (desde que San Pablo se cayó del caballo no se había visto una conversión parecida), eso lo hace todo el mundo. Tal y como Bessent explicó en<strong> Davos, </strong>»alguien, acaso tus padres pensando en la jubilación, se han comprado 5, 10, 12 casas». Y, para proteger a lo que el secretario llama «gente de a pie» (mom and pop) de los fondos que compran miles de casas, el Gobierno de Trump ha limitado la capacidad de estos últimos de seguir adquiriendo… pero con truco. La restricción no afecta a los apartamentos, que es donde los fondos son más activos y en donde viven las personas de menor poder adquisitivo. Los fondos solo tienen el 1% de las viviendas unifamiliares de EEUU, pero poseen entre el 20% y el 30% de apartamentos.</p>
Análisis de las tendencias mundiales que, tarde o temprano, afectarán a su bolsillo.
¿Quién no se ha comprado una docena de viviendas unifamiliares para vivir de los alquileres cuando se jubile? Para Scott Bessent, ex directivo del hedge fund de George Soros y ahora secretario del Tesoro de Trump (desde que San Pablo se cayó del caballo no se había visto una conversión parecida), eso lo hace todo el mundo. Tal y como Bessent explicó en Davos, «alguien, acaso tus padres pensando en la jubilación, se han comprado 5, 10, 12 casas». Y, para proteger a lo que el secretario llama «gente de a pie» (mom and pop) de los fondos que compran miles de casas, el Gobierno de Trump ha limitado la capacidad de estos últimos de seguir adquiriendo… pero con truco. La restricción no afecta a los apartamentos, que es donde los fondos son más activos y en donde viven las personas de menor poder adquisitivo. Los fondos solo tienen el 1% de las viviendas unifamiliares de EEUU, pero poseen entre el 20% y el 30% de apartamentos.
Con su discurso en Davos, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, se ha erigido en el símbolo de la resistencia de los aliados de EEUU al imperialismo de Donald Trump (que también quiere anexionarse su país). Y, al contrario que, por ejemplo, Emmanuel Macron o Friedrich Merz, Carney no se limita a hablar. Su problema, sin embargo, es la cruda realidad, porque la economía de EEUU es demasiado grande. Así, el plan de Ottawa de doblar en 10 años la proporción de sus exportaciones que no van a EEUU solo rebajará en quince puntos – del 75% al 60% – las ventas en el exterior canadienses que van a su vecino del Sur, según estima la agencia Reuters. Y la alternativa, que es China, tampoco es óptima, aunque Carney llegó a Davos ‘crecido’ con el acuerdo comercial que había logrado la semana pasada en Pekín, en virtud del cual Canadá accede a importar coches eléctricos del gigante asiático a cambio de que éste haga lo propio con los productos agrícolas canadienses.
¿Recuerda alguien a Francisco Gómez, alias el Pequeño Nicolás, que en 2014 fue detenido por ‘vender’ acceso a figuras públicas – incluyendo el entonces Rey Juan Carlos I – a empresarios? Bueno, pues el chaval era un visionario. En Davos, milmillonarios de todo el mundo han sido estafados con un sistema similar pero más cutre, por medio de emails que les pedían cantidades fantásticas (que no han sido hechas públicas) a cambio de tener acceso a Trump. La estafa fue descubierta el martes, y la Casa de EEUU – el centro de operaciones de Trump en Davos – puso una advertencia en su web que demostraba, además, quién les importa, ya que empezaba con un «Cuidado, multimillonarios». La propia Casa de EEUU es un ejemplo – eso sí, legal – de compraventa de favores: aunque es totalmente privada – financiada por empresas que han puesto cada una un millón de dólares – allí ha estado todo el gabinete de EEUU. Davos necesita a su propio Berlanga.
La oleada de protestas contra la República Islámica de Irán y la represión del régimen han tenido una vertiente tecnológica con, por un lado, los ayatolás y sus aliados rusos y, por otro, Starlink, el servicio de telecomunicaciones por satélite de la empresa de Elon Musk SpaceX. Starlink está prohibido en Irán y, desde la guerra con Israel de junio, la posesión de antenas de esa red puede ser castigada con la pena de muerte. Pero los iraníes han desafiado esa prohibición y tienen unas 50.000 antenas, con las que acceden a las noticias del resto del mundo y se comunican (y mandan imágenes de la represión) al exterior. Starlink no depende de la fibra óptica, por lo que es muy difícil de interceptar. Así que Teherán ha optado por traer a expertos rusos para entorpecer las emisiones y confundir a los sistemas de GPS que la red necesita, todo ello complementado con otras medidas más brutales, incluyendo el bombardeo con drones de las antenas de recepción de la señal.
Una de las cosas más curiosas en la actual crisis trasatlántica es que se está hablando relativamente poco de la posibilidad de que los europeos vendan sus bonos del Tesoro y/o deuda privada y acciones estadounidenses, lo que provocaría una caída del dólar (que le gustaría a Trump) y una subida de los tipos en ese país (que le enfurecería). En realidad, ambas partes podrían causarse un tremendo daño muto. Europa es la mayor tenedora de activos financieros estadounidenses, con unos diez billones entre deuda pública y privada y acciones, frente a los 8,5 billones que EEUU posee en Europa. Sin embargo, dado que en su inmensa mayoría esas carteras están en manos de inversores privados, parece imposible que pase nada por muchas tensiones políticas que haya. De hecho, los estadounidenses están aumentando su inversión en Europa, lo que indica que confían en las perspectivas del Viejo Continente, pese a lo que nos gusta autoflagelarnos.
La obsesión groenlandesa – y, a juzgar por su intervención en Davos, también islandesa – de Donald Trump no solo es una barbaridad geopolítica; también lo es política y económica. El 56% de los estadounidenses considera que el coste de la vida es su principal preocupación en este 2026, mientras que el 46% (incluyendo un 37% de los que votaron Trump hace catorce meses) afirma que nunca se había sentido tan angustiado por su capacidad para vivir con el nivel de precios actual. De hecho, EEUU es dos países. Uno, del 10% más rico de la población, al que le va tan bien que casi concentra la mitad del consumo privado. Otro, para el 90% restante, al que le queda lo demás. Aunque eso no es algo nuevo, sí lo es el hecho de que no haya signos de corrección, pese a estar en niveles récord (ver gráfico). Con ese panorama, no tiene sentido meterse en un lío como el de Groenlandia, que es un sitio del que el estadounidense medio no ha oído hablar en su vida.
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