<p>Las democracias modernas descansan sobre un principio fundamental: una ciudadanía informada. <strong>Thomas Jefferson </strong>defendía que un electorado bien informado es condición necesaria para el buen funcionamiento de la democracia y que los ciudadanos debían ejercer su juicio con criterio propio. Sin embargo, en la era digital, este principio fundacional se enfrenta a nuevos desafíos.</p>
La irrupción de ‘deepfake’, algoritmos opacos y campañas de influencia ha convertido la tecnología en un riesgo para la democracia.
Las democracias modernas descansan sobre un principio fundamental: una ciudadanía informada. Thomas Jefferson defendía que un electorado bien informado es condición necesaria para el buen funcionamiento de la democracia y que los ciudadanos debían ejercer su juicio con criterio propio. Sin embargo, en la era digital, este principio fundacional se enfrenta a nuevos desafíos.
En 2025, un total de 82 países miembros de la ONU celebraron elecciones, lo que implicó aproximadamente 2.400 millones de votantes en todo el mundo. Nunca tantos ciudadanos habían estado expuestos simultáneamente a un entorno informativo vulnerable a la desinformación, la manipulación y la interferencia tecnológica. Los mensajes que alcanzan a los votantes son cada vez más sintéticos, generados por sistemas automatizados capaces de difundir información falsa o engañosa a gran escala y, con frecuencia, sin mecanismos efectivos de verificación.
En este contexto, las plataformas digitales y los motores de búsqueda se han consolidado como intermediarios centrales de la información electoral. A través de la personalización algorítmica, configuran cámaras de eco en las que los usuarios reciben principalmente información que refuerza sus propias creencias y amplifican determinadas opiniones. En Internet, un ejemplo característico es la «burbuja de filtros», generada por los algoritmos que registran en qué hacen clic los usuarios. A partir de esta información, los sitios web muestran principalmente contenidos similares a aquellos por los que los usuarios ya han mostrado interés, lo que limita el acceso a nuevas ideas y perspectivas en línea.
Durante los procesos electorales, el creciente papel de la tecnología facilita ciberataques contra la infraestructura electoral y campañas de influencia en línea que perturban y socavan las elecciones. Estas acciones pueden afectar al proceso electoral tanto a nivel de sistemas como de contenidos.
En el plano de los sistemas, se incluyen ataques de denegación de servicio (DDoS), el pirateo de sistemas de gestión electoral o de partidos políticos, ataques de ransomware para interrumpir el acceso a datos y sistemas electorales, la infección de instituciones democráticas con malware y el robo de información sensible. En el plano de los contenidos, estas estrategias buscan influir y engañar a los votantes mediante la suplantación de identidades digitales para difundir desinformación sobre las elecciones y los candidatos, la creación de campañas de influencia en línea para desacreditar el proceso democrático o la generación de contenido sintético mediante inteligencia artificial con el fin de manipular la información en línea, influir en los comportamientos electorales o acosar a figuras públicas.
En los últimos diez años se han producido algunos grandes escándalos vinculados al entorno digital que han afectado a procesos electorales; algunos relacionados con accesos indebidos a datos personales y otros con la generación y difusión de contenidos falsos (deepfakes) mediante inteligencia artificial.
El primer gran escándalo fue el caso de Facebook-Cambridge Analytica en 2015, que implicó el tratamiento no autorizado de datos personales de 87 millones de usuarios de Facebook con fines de publicidad política. La recopilación se realizó a través de una aplicación en la plataforma que obtenía no solo la información de quienes la utilizaban, sino también la de sus contactos. El caso puso de manifiesto fallos en la cadena de valor: la falta de gobernanza de la plataforma, la irresponsabilidad de las aplicaciones al compartir datos personales y la escasa concienciación de los usuarios sobre los riesgos potenciales asociados al uso de aplicaciones digitales.
Con el auge de la inteligencia artificial generativa, comenzaron a proliferar los deepfakes utilizados para crear contenido falso en distintos formatos, como texto, imágenes, audio y vídeo. Uno de los primeros escándalos ampliamente conocidos fue la suplantación de la voz de Joe Biden por parte de la empresa Lingo Telecom, que orquestó el envío de un mensaje automatizado (robocall) a miles de votantes durante las primarias de New Hampshire en 2022. El mensaje sugería falsamente que votar en ese momento implicaría perder el derecho a votar en las elecciones presidenciales de noviembre, una afirmación destinada a desincentivar la participación electoral.
Otros casos relevantes se produjeron durante las elecciones de India en 2024, cuando se difundieron vídeos que mostraban a estrellas de Bollywood, sin su consentimiento, haciendo campaña a favor del partido opositor y criticando al primer ministro Narendra Modi. El partido Dravida Munnetra Kazhagam (DMK) fue un paso más allá al «resucitar» digitalmente a Muthuvel Karunanidhi para que apareciera en vídeos de campaña apoyando a su hijo, utilizando técnicas de generación sintética.
La manipulación del entorno informativo alcanzó también una escala masiva en las elecciones de Rumanía de 2024. En este caso, se crearon más de 27.000 cuentas inauténticas en TikTok, apoyadas por influencers contratados y por redes de bots que amplificaban los «me gusta» con el fin de hacerlos virales. Esta estrategia catapultó al candidato independiente Clin Georgescu hasta una posición central en la contienda electoral. Como consecuencia, las redes sociales distorsionaron el resultado del voto, lo que llevó al tribunal a anular la primera vuelta de las elecciones presidenciales.
Ejemplos más recientes, ocurridos en 2025, se registraron en Irlanda y en los Países Bajos. En las elecciones irlandesas circularon vídeos deepfake que mostraban a la ahora presidenta Catherine Conolly retirándose de la carrera electoral para confundir a los votantes. En los Países Bajos, la formación de extrema derecha Partido por la Libertad (PVV) difundió imágenes manipuladas del líder de izquierdas Frans Timmermans, mostrándolo esposado y siendo arrestado para dañar su reputación.
Los deepfakes son especialmente peligrosos cuando vulneran la integridad personal, ya sea al mostrar a personas en situaciones comprometidas o mediante imágenes íntimas sintéticas no consentidas. Este tipo de abuso afecta de forma desproporcionada a figuras públicas, especialmente a mujeres periodistas, políticas o activistas. Un ejemplo fue el caso de cinco políticas británicas que en 2024 fueron objetivo de pornografía falsa generada mediante inteligencia artificial.
La tecnología se ha convertido en un vector de riesgo sistémico para los procesos electorales. En este escenario, la seguridad de los usuarios y la integridad de las plataformas se vuelven indispensables. En un entorno plenamente digitalizado, preservar la integridad democrática es una responsabilidad compartida: de los proveedores tecnológicos, que deben diseñar y ofrecer herramientas seguras; de los gobiernos, que han de regular de forma adecuada y eficaz; y de los ciudadanos, que necesitan informarse y desarrollar capacidades para utilizar estas tecnologías de manera crítica y responsable.
*Elena Yndurain es directora ejecutiva, consejera independiente y profesora de Tecnología en el IE Business School.
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