<p>Cuando mi padre nos dijo un día que íbamos a ir a la Expo y en AVE, mis hermanos y yo no nos lo podíamos creer, ni por la Expo ni por el AVE. El tren de nuestra vida había sido hasta entonces «la renfe», que era como llamábamos al Cercanías que nos llevaba de Torrejón a Madrid y en el que mi madre nos decía siempre que nos sentáramos en el primer vagón, lo más pegados posibles al del conductor, porque había mucho drogadicto, mucho robo y mucho de todo. También conocíamos el Talgo que en verano nos llevaba a Galicia a ver a la abuela y que recorría media España antes de llegar a Vigo una montaña de horas después. Así que montarse en el AVE era como entrar en el DeLorean y viajar al futuro. De repente, éramos modernos, con aquellos vagones tan limpios, tan blancos y tan rápidos.</p>
Cuando mi padre nos dijo un día que íbamos a ir a la Expo y en AVE, mis hermanos y yo no nos lo podíamos creer, ni por la Expo ni por el AVE. El tren de nuestra vida había sido
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Cuando mi padre nos dijo un día que íbamos a ir a la Expo y en AVE, mis hermanos y yo no nos lo podíamos creer, ni por la Expo ni por el AVE. El tren de nuestra vida había sido hasta entonces «la renfe», que era como llamábamos al Cercanías que nos llevaba de Torrejón a Madrid y en el que mi madre nos decía siempre que nos sentáramos en el primer vagón, lo más pegados posibles al del conductor, porque había mucho drogadicto, mucho robo y mucho de todo. También conocíamos el Talgo que en verano nos llevaba a Galicia a ver a la abuela y que recorría media España antes de llegar a Vigo una montaña de horas después. Así que montarse en el AVE era como entrar en el DeLorean y viajar al futuro. De repente, éramos modernos, con aquellos vagones tan limpios, tan blancos y tan rápidos.
La alta velocidad en España fue un motivo de orgullo nacional. El tren, con permiso del coche, siempre ha sido el medio de transporte más querido, más literario y más cinematográfico, y resulta que era algo que hacíamos bien. No hay niño que no haya soñado con dormir en un coche-cama, joven aventurero que no se haya pateado Europa en el Interrail, ni adulto que no se haya imaginado cruzándose con Eva Marie Saint en el vagón-comedor. Y en el país en el que los abuelos todavía iban en mula al huerto del pueblo, el mejor tren era el nuestro.
O eso creíamos. Frente a todos los desastres acumulados desde la crisis de 2008, el tren parecía a salvo. Del éxito inicial del primer AVE habíamos pasado al éxito actual de la liberalización del servicio de pasajeros, con sus billetes baratos que permitían viajar a muchos sitios por pocos euros. Ir a Valencia, Córdoba o Zaragoza a pasar el fin de semana con la familia se había convertido en un plan asequible y sencillo que a nadie se le ocurría ya hacer en coche. Y un país en récord de turistas había conseguido poner su tren en los vídeos de influencers de todo el mundo, que ensalzaban el spanish style desde alguno de los 4.000 kilómetros de la red de alta velocidad.
Quiero pensar que todo esto seguirá siendo así, pero algo se ha roto en España con el accidente de Adamuz. Algo por dentro. Como si nos hubieran arrebatado también nuestro tren. De entre todas las palabras posibles para describir el accidente de Adamuz, Óscar Puente escogió el primer día «extraño». Lo «extraño» es algo inesperado y sorprendente, y sugiere que algo que escapa a nuestro control ha desencadenado los acontecimientos. Una forma genérica de buscar un culpable, ante la ausencia de uno claro al que señalar.
Pero resulta que lo extraño tenía forma de grieta en las vías y muescas en las ruedas, lo que ya permitía centrar el debate en las infraestructuras, que no es un debate cualquiera. Las grandes infraestructuras exigen a un país decidir sobre sus prioridades y planear a largo plazo. Asumir lo que somos y tener claro lo que queremos ser. España lo ha hecho en el pasado. Durante siglos, nuestra orografía nos condenó a un problema endémico de comunicaciones que lastró nuestro desarrollo económico y dificultó la construcción nacional. El diseño de las autopistas y de la alta velocidad fue una parte decisiva de nuestra incorporación al mundo moderno. Justo las dos que hemos visto derrumbarse ante nuestros ojos estos días: un tren descarrilado en Córdoba, un muro de carretera caído en Cataluña.
Los maquinistas, los interventores y el resto de trabajadores ferroviarios han hablado esta semana. Aseguran que llevan tiempo advirtiendo del estado de las vías, de vibraciones y de incidentes. Que hay roturas de carril y que los descarrilamientos son algo demasiado habitual. «Hasta que un día pase algo», era la coletilla de los trabajadores, según el valiosísimo testimonio dado el sábado en estas páginas por la interventora del tren que viajaba detrás del Alvia. La fatalidad no es que el Iryo se saliera de la vía en Adamuz, sino que otro tren viniera por la contraria justo en ese momento. Como si fuera cuestión de tiempo que ocurriera algo así. El horror.
Hay en la sociedad un sentimiento de desconfianza y una sensación de que las cosas no funcionan. De que algo se rompió en España en la crisis de 2008 y nunca volveremos a ser ni lo que fuimos ni lo que creíamos que podíamos llegar a ser. El Gobierno actual, que se encamina a los ocho años en el poder, nos abruma con declaraciones, relatos y propaganda, pero la realidad es que no tiene nada que ofrecer. Sánchez puso al frente de las infraestructuras del país a Ábalos y después envió al mismo sitio al ministro de la confrontación. Pedir pensar a largo plazo a gente concentrada en sobrevivir un mes más es abrir el paraguas cuando te cae el meteorito encima. No ha habido Presupuestos en toda la legislatura, ya apenas se pueden llevar decretos al Congreso porque no hay nadie que los apruebe y el chantaje continuo de los socios independentistas erosiona recursos de forma sistemática. Del «extraño» de Puente se pasó a lo inevitable y Sánchez puso ayer la guinda con su letanía habitual: «Desgraciadamente, las tragedias suceden». Y hasta la siguiente.
El tiempo cura muchas cosas y entierra las demás, pero no será fácil que con estas condiciones nos volvamos a subir a un vagón con la alegría con que lo hicimos para ir a la Expo de Sevilla, al Oceanogràfic de Valencia o la Mezquita de Córdoba. Ojalá me equivoque.
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