<p>En los últimos días se han publicado estadísticas de gran interés que permiten evaluar el desempeño de la economía española. Entre ellas, destaca el crecimiento del PIB, que en 2025 alcanzó una tasa del 2,8%. Sin embargo, más allá de la cifra agregada, resulta clave analizar los factores que explican este avance y la calidad del crecimiento observado.</p>
España está creciendo en cantidad de trabajo, no en eficiencia: un modelo extensivo sostenido en gran medida por la inmigración y la creación de empleo en sectores de baja productividad
En los últimos días se han publicado estadísticas de gran interés que permiten evaluar el desempeño de la economía española. Entre ellas, destaca el crecimiento del PIB, que en 2025 alcanzó una tasa del 2,8%. Sin embargo, más allá de la cifra agregada, resulta clave analizar los factores que explican este avance y la calidad del crecimiento observado.
Uno de los muchos mitos que se pueden escuchar es que el PIB sólo crece debido al gasto público. Desde finales de 2019 hasta finales de 2025, el PIB español ha crecido un 10,6% en términos reales. Este crecimiento se explica íntegramente por la demanda interna, que ha aportado 11,3 puntos porcentuales: el consumo de los hogares contribuye con 4,1 puntos (39% del total), el gasto público con 3,6 puntos (34%) y la inversión con 3,5 puntos (33%). Por el contrario, el sector exterior ha restado 0,7 puntos al crecimiento, ya que el fuerte aumento de las importaciones (6,1 puntos) ha superado con creces la aportación positiva de las exportaciones (5,3 puntos).
Es decir, el crecimiento postpandemia se ha apoyado fundamentalmente en la demanda interna, con un peso equilibrado entre consumo privado, gasto público e inversión, mientras que el déficit comercial creciente ha actuado como lastre.
Otra idea bastante generalizada es que el aumento de los precios explica buena parte del crecimiento de la economía española. El dato anterior del 10,6% de crecimiento real ya descuenta la inflación, pero resulta ilustrativo comprobar el peso que tiene en el crecimiento nominal. Entre el cuarto trimestre de 2019 y el cuarto trimestre de 2025, el PIB en términos nominales ha pasado de 318.000 millones de euros a 435.000 millones, un incremento del 37%. El deflactor del PIB ha crecido un 24% en este periodo, lo que implica que más de dos tercios del aumento nominal se deben a la subida de precios y solo un tercio refleja crecimiento real de la producción.
Este análisis puede extenderse para descomponer el crecimiento real y comprobar si se debe a incrementos de la productividad o simplemente a más personas trabajando. Utilizando una identidad contable estándar, el PIB puede expresarse como el producto de la productividad por ocupado, la tasa de empleo, la tasa de actividad y la población en edad de trabajar. Entre 2019 y 2025, la productividad real ha caído un 1,7%, mientras que la tasa de empleo ha aumentado un 4,5%, la tasa de actividad un 0,3% y la población en edad de trabajar un 7,3%. Esto significa que prácticamente todo el crecimiento real proviene de tener más gente trabajando, no de producir más por trabajador.
Dentro de la contribución demográfica destaca el papel de la inmigración. La población extranjera en edad de trabajar ha pasado de 4,3 millones a 6,1 millones, un incremento del 40%, frente al 3% de crecimiento de la población nacional. Aunque los extranjeros solo representaban el 11% de la población en edad de trabajar en 2019, su crecimiento aporta más de la mitad del aumento demográfico total. Sin este flujo migratorio, el crecimiento del PIB real habría sido notablemente inferior. España, por tanto, está creciendo en cantidad de trabajo, no en eficiencia: un modelo extensivo sostenido fundamentalmente por la inmigración y la creación de empleo en sectores de baja productividad.
La caída del 1,7% en la productividad sale directamente de los datos. En el cuarto trimestre de 2019, cada ocupado generaba 15.907 euros de PIB; en la actualidad, esa cifra ha bajado a 15.641 euros (medido en euros constantes del cuarto trimestre de 2019). Esto ocurre porque el empleo ha crecido más rápido que la producción: el PIB real ha aumentado un 10,6% en estos seis años, pero el número de ocupados ha pasado de 20 millones a 22,5 millones, un incremento del 12,5%. Dicho de otro modo: hay más gente trabajando, pero en promedio cada trabajador produce menos que antes.
Ahora bien, esta productividad aparente del trabajo es solo una parte de la historia. Mide cuánto produce cada trabajador, pero no distingue si ese trabajador produce más porque es más hábil, porque tiene mejores máquinas, o porque trabaja en un sector más eficiente. Para aislar la eficiencia pura de una economía, los economistas utilizan el concepto de productividad total de los factores (PTF). La PTF mide el crecimiento del PIB que no se explica ni por el aumento del trabajo ni por la acumulación de capital: es, en esencia, la mejora tecnológica, organizativa e institucional de una economía. Si la PTF crece, significa que con los mismos trabajadores y las mismas máquinas se produce más; si cae, significa que hay algo en el funcionamiento de la economía que la hace menos eficiente.
El problema es que la PTF no se observa directamente en ninguna estadística: se calcula como un residuo. Se estima cuánto debería haber crecido el PIB dado el aumento del empleo y del capital, y lo que sobra (o falta) se atribuye a la PTF. Esto hace que sea una medida sensible a errores de medición y a la calidad de los datos de stock de capital. Aun así, es el mejor indicador disponible del progreso técnico y la eficiencia agregada de una economía.
Afortunadamente, existe una base de datos rigurosa elaborada por la Fundación BBVA y el Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas (Ivie) que recoge la evolución de la productividad de los factores y la PTF en España. Esta base de datos aplica una metodología más sofisticada que la simple división del PIB entre el número de ocupados, lo que permite obtener una imagen más precisa de la eficiencia real de la economía española.
La clave de esta metodología reside en medir el factor trabajo no por el número de personas ocupadas, sino por las horas efectivamente trabajadas, ajustadas además por la calidad del empleo. ¿Por qué es esto importante? Porque el número de ocupados puede crecer mientras las horas trabajadas por persona disminuyen, como de hecho ha ocurrido en España en los últimos años. El aumento del empleo a tiempo parcial, la reducción de horas extras, el incremento del absentismo laboral y los cambios en la composición sectorial del empleo hacen que la productividad por ocupado y la productividad por hora cuenten historias muy diferentes. Si un país pasa de tener pocos trabajadores a jornada completa a tener muchos trabajadores a media jornada, la productividad por ocupado caerá aunque la productividad por hora se mantenga constante. Por eso, los economistas prefieren medir la productividad en términos de horas trabajadas, y si además esas horas se ajustan por el nivel de cualificación de los trabajadores -ponderando más las horas de un ingeniero que las de un peón-, se obtiene una medida aún más precisa del verdadero input de trabajo.
Según los datos del BBVA-Ivie, la productividad del trabajo medida de esta forma ha crecido un 3,4% entre el cuarto trimestre de 2019 y el tercer trimestre de 2025, la productividad del capital ha aumentado un 1,5%, y la PTF -que recoge las mejoras en eficiencia no atribuibles a la acumulación de factores- ha crecido un 3,3%. Desafortunadamente, todavía no están disponibles los datos hasta el cuarto trimestre de 2025, pero la tendencia no cambia sustancialmente. Estos resultados contrastan con el 1,7% de caída en la productividad por ocupado que calculamos anteriormente. La discrepancia se explica precisamente por la reducción de las horas trabajadas por persona: el empleo ha crecido mucho más que las horas totales trabajadas, lo que hace caer la productividad por ocupado aunque la productividad por hora haya mejorado.
¿Cuál de las dos medidas es más relevante? Depende de la pregunta que queramos responder. Si nos interesa saber cuánto produce en promedio cada persona que tiene un empleo, la productividad por ocupado es la métrica adecuada, y esa ha caído. Si queremos saber si la economía española está siendo más eficiente en el uso del tiempo de trabajo, la productividad por hora es mejor indicador, y esa ha subido ligeramente. Lo que ambas medidas coinciden en señalar es que el crecimiento económico español no se ha basado en grandes saltos de eficiencia o innovación tecnológica, sino fundamentalmente en la incorporación de más trabajadores al mercado laboral, muchos de ellos en sectores de servicios con productividad relativamente baja.
Santiago Calvoes doctor en Economía y profesor en la Universidad de las Hespérides.
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