<p>La IA, la IA! De acuerdo: es el gran tema del momento. Pero el entusiasmo y/o el pánico se nos puede estar yendo de las manos. Por eso, entre la inundación diaria de emails sobre el asunto me llamó la atención uno con el sugerente asunto: «<strong>Marc Torrens</strong> desmitifica el potencial real de la inteligencia artificial para líderes empresariales». Eso es: el problema/peligro está en mitificar.<br>Profesor de Datos, Analítica, Tecnología e IA de<strong> Esade, </strong>Torrens dio una conferencia sobre cómo funciona realmente la IA, cuáles son sus oportunidades y qué retos deben abordar las empresas para aprovecharla. Rigor, detalle y análisis. Perfecto. Muy necesario. Pero yo quería abundar en el problema, retratarlo bien, más que en la solución. <br>Así que le pregunté directamente si la gestión empresarial se está flipando más de la cuenta con la IA. «Es necesario bajar los decibelios y rebajar el hype. La IA no es una varita mágica, sino una infraestructura, una herramienta. Como con la llegada de la electricidad o internet, el impacto real no viene por usarla porque ‘está de moda’, sino por rediseñar el trabajo gracias a ella. La obsesión actual es síntoma de una miopía estratégica: se está mirando la herramienta y no el problema que se quiere resolver». Más claro, el agua.<br>En el fondo es pereza, cuando falta lo más cuesta arriba: «En tecnología se ha demostrado muchas veces que desarrollar el 80% de la solución requiere el 20% del esfuerzo total para que sea realmente útil y segura. La dificultad está en la última milla». Algo parecido a los coches autoconducidos, «actualmente autónomos en entornos altamente digitalizados y en condiciones óptimas: extender esta solución en cualquier entorno y circunstancia se requiere muchos más avances tecnológicos». <br>Y cuando lleguemos, a ver qué nos encontramos. «La IA generativa es una tecnología disruptiva, pero aún tenemos que ver hasta que punto va a cambiar los negocios, y de qué forma. En general, tenemos un sesgo muy marcado por los esfuerzos de marketing de Sillicon Valley con un claro objetivo corporativo: conseguir financiación. El mundo científico crítico con esta tecnología no tiene el altavoz mediático que tienen esas grandes corporaciones». <br><strong>Ander Serrano,</strong> responsable de Innovación en <strong>Evercom, </strong>avanza que «la transformación es irreversible», pero admite que «el relato tiende a ir por delante de la realidad. La tecnología evoluciona más rápido que las organizaciones, especialmente cuanto más grandes son y más estructura tienen que movilizar. Cultura, procesos y propuesta de valor dependen de cambiar hábitos humanos». Por eso estamos en un momento clave, en el que «el reto está en pasar de la exploración a la obtención de ventajas significativas, ya sea en forma de retorno en negocio o de mejoras en el servicio. Las empresas más ágiles están ya aprovechando buena parte de lo que la IA puede hacer por ellas, pero esto es solo el principio».<br>Serrano apunta «riesgos obvios: legales, de capacitación/formación, o técnicos, basados en la implementación y conexión con datos fiables». Pero coincide con Torrens en que «hay un problema más importante del que se habla mucho menos, el de centrarse en la herramienta y olvidar el fin. El verdadero desafío de la IA no está en lo técnico, sino en el propósito: ¿Para qué la queremos y hasta dónde estamos dispuestos a llegar? ¿Es para que nuestro equipo concilie mejor? ¿Para que el cliente reciba un servicio más rápido? ¿Para ofrecer algo nuevo?». <br><strong>Isaac Cantalejo,</strong> director de Netmind Managing Director y vicepresidente de<strong> BTS </strong>se muestra crítico con nuestro enfoque: «Acierta al señalar que existe una inflación de expectativas alrededor de la IA y que conviene bajar la ansiedad colectiva, pero se queda corto si lo reducimos a que ‘la IA no es para tanto’. Es una tecnología estructural y va a tener un impacto profundo y duradero». Dicho lo cual, admite que hay un problema, pero «no es su importancia, sino el lugar que se le está asignando en las organizaciones. En muchas de ellas se ha convertido en un objeto casi ideológico. Hay una obsesión por ‘no quedarse atrás’ que lleva a decisiones precipitadas», porque la IA se utiliza «como un atajo mental para resolver problemas que en realidad son de diseño organizativo, liderazgo y formas de trabajo».<br>Serrano ha escuchado incluso hablar de «una tendencia al AI Washing», que consiste en «llamar IA a algo que no lo es realmente». A Cantalejo no le gusta el tópico de «pinchar una supuesta burbuja. Lo que necesitamos es recolocar la IA: asumir con realismo qué puede aportar y qué no, y dejar de proyectar sobre ella expectativas que corresponden a decisiones humanas y organizativas». </p>
Los expertos advierten de una necesidad de «bajar decibelios» y mirar por encima del sesgo marcado por los esfuerzos de marketing de Sillicon Valley.
La IA, la IA! De acuerdo: es el gran tema del momento. Pero el entusiasmo y/o el pánico se nos puede estar yendo de las manos. Por eso, entre la inundación diaria de emails sobre el asunto me llamó la atención uno con el sugerente asunto: «Marc Torrens desmitifica el potencial real de la inteligencia artificial para líderes empresariales». Eso es: el problema/peligro está en mitificar.
Profesor de Datos, Analítica, Tecnología e IA de Esade, Torrens dio una conferencia sobre cómo funciona realmente la IA, cuáles son sus oportunidades y qué retos deben abordar las empresas para aprovecharla. Rigor, detalle y análisis. Perfecto. Muy necesario. Pero yo quería abundar en el problema, retratarlo bien, más que en la solución.
Así que le pregunté directamente si la gestión empresarial se está flipando más de la cuenta con la IA. «Es necesario bajar los decibelios y rebajar el hype. La IA no es una varita mágica, sino una infraestructura, una herramienta. Como con la llegada de la electricidad o internet, el impacto real no viene por usarla porque ‘está de moda’, sino por rediseñar el trabajo gracias a ella. La obsesión actual es síntoma de una miopía estratégica: se está mirando la herramienta y no el problema que se quiere resolver». Más claro, el agua.
En el fondo es pereza, cuando falta lo más cuesta arriba: «En tecnología se ha demostrado muchas veces que desarrollar el 80% de la solución requiere el 20% del esfuerzo total para que sea realmente útil y segura. La dificultad está en la última milla». Algo parecido a los coches autoconducidos, «actualmente autónomos en entornos altamente digitalizados y en condiciones óptimas: extender esta solución en cualquier entorno y circunstancia se requiere muchos más avances tecnológicos».
Y cuando lleguemos, a ver qué nos encontramos. «La IA generativa es una tecnología disruptiva, pero aún tenemos que ver hasta que punto va a cambiar los negocios, y de qué forma. En general, tenemos un sesgo muy marcado por los esfuerzos de marketing de Sillicon Valley con un claro objetivo corporativo: conseguir financiación. El mundo científico crítico con esta tecnología no tiene el altavoz mediático que tienen esas grandes corporaciones».
Ander Serrano, responsable de Innovación en Evercom, avanza que «la transformación es irreversible», pero admite que «el relato tiende a ir por delante de la realidad. La tecnología evoluciona más rápido que las organizaciones, especialmente cuanto más grandes son y más estructura tienen que movilizar. Cultura, procesos y propuesta de valor dependen de cambiar hábitos humanos». Por eso estamos en un momento clave, en el que «el reto está en pasar de la exploración a la obtención de ventajas significativas, ya sea en forma de retorno en negocio o de mejoras en el servicio. Las empresas más ágiles están ya aprovechando buena parte de lo que la IA puede hacer por ellas, pero esto es solo el principio».
Serrano apunta «riesgos obvios: legales, de capacitación/formación, o técnicos, basados en la implementación y conexión con datos fiables». Pero coincide con Torrens en que «hay un problema más importante del que se habla mucho menos, el de centrarse en la herramienta y olvidar el fin. El verdadero desafío de la IA no está en lo técnico, sino en el propósito: ¿Para qué la queremos y hasta dónde estamos dispuestos a llegar? ¿Es para que nuestro equipo concilie mejor? ¿Para que el cliente reciba un servicio más rápido? ¿Para ofrecer algo nuevo?».
Isaac Cantalejo, director de Netmind Managing Director y vicepresidente de BTS se muestra crítico con nuestro enfoque: «Acierta al señalar que existe una inflación de expectativas alrededor de la IA y que conviene bajar la ansiedad colectiva, pero se queda corto si lo reducimos a que ‘la IA no es para tanto’. Es una tecnología estructural y va a tener un impacto profundo y duradero». Dicho lo cual, admite que hay un problema, pero «no es su importancia, sino el lugar que se le está asignando en las organizaciones. En muchas de ellas se ha convertido en un objeto casi ideológico. Hay una obsesión por ‘no quedarse atrás’ que lleva a decisiones precipitadas», porque la IA se utiliza «como un atajo mental para resolver problemas que en realidad son de diseño organizativo, liderazgo y formas de trabajo».
Serrano ha escuchado incluso hablar de «una tendencia al AI Washing», que consiste en «llamar IA a algo que no lo es realmente». A Cantalejo no le gusta el tópico de «pinchar una supuesta burbuja. Lo que necesitamos es recolocar la IA: asumir con realismo qué puede aportar y qué no, y dejar de proyectar sobre ella expectativas que corresponden a decisiones humanas y organizativas».
Marc Torrens sostiene que, respecto al consumo de IA, estamos en la fase de la «resaca del entusiasmo». Lo más parecido a un alcoholímetro (la metáfora es mía) en estas lides sería «la famosa Curva de Hype de Gartner». Al hacer soplar a la IA generativa, vemos que «está bajando del ‘Pico de expectativas infladas’ hacia el Abismo de desilusión’ debido al choque con la realidad operativa de las empresas». Entonces quizá pensemos que hay domingos en que es mejor no levantarse.
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