<p>La divergencia económica entre EEUU y la Eurozona no es un fenómeno reciente ni el resultado de un único shock. Es un proceso acumulativo, que ha transitado por fases de estabilización y de intensificación durante tres décadas. Esta evolución no responde sólo a factores coyunturales, sino a una serie de cuestiones estructurales que pueden entenderse como una matrioska: cada cuestión encierra otra más profunda, todas interrelacionadas y reforzándose mutuamente.</p>
Una serie de factores entrelazados explican la separación económica entre Estados Unidos y la Eurozona. Y en el centro aparece Alemania.
La divergencia económica entre EEUU y la Eurozona no es un fenómeno reciente ni el resultado de un único shock. Es un proceso acumulativo, que ha transitado por fases de estabilización y de intensificación durante tres décadas. Esta evolución no responde sólo a factores coyunturales, sino a una serie de cuestiones estructurales que pueden entenderse como una matrioska: cada cuestión encierra otra más profunda, todas interrelacionadas y reforzándose mutuamente.
En la capa más externa de nuestra matrioska se observa el resultado agregado, un fuerte distanciamiento de la economía norteamericana frente a la Zona Euro, que se intensificó durante la doble crisis financiera y de deuda, hasta alcanzar los 10 puntos de PIB. Posteriormente y hasta la irrupción del covid, la economía estadounidense creció a un ritmo medio anual del 2,5%, frente al 1,9% de la Eurozona. Ese diferencial de 0,6 puntos fue ampliando la brecha de PIB en unos cuatro puntos adicionales. Lejos de corregirse, esta divergencia se intensificó a partir de 2019: el diferencial anual en el ritmo de crecimiento se duplicó hasta aproximadamente 1,3 puntos, añadiendo otros ocho puntos de PIB a la distancia acumulada entre ambas economías. En suma, durante los últimos 30 años, el PIB estadounidense creció un 32% más que el de la Zona Euro y todo apunta a que seguirá aumentando la distancia a razón de 1,3 puntos anuales.
Este diferencial puede ir descomponiéndose a medida que retiramos las sucesivas capas de nuestra matrioska, mostrándonos las principales causas de este distanciamiento entre el crecimiento económico de EEUU y Europa. Al retirar la primera capa, aparece la economía alemana. En los últimos seis años, su crecimiento acumulado apenas alcanza el 0,3%, una parálisis sin precedentes desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. La escasa diversificación productiva, la dependencia excesiva del complejo industrial-exportador y una demanda interna poco dinámica han limitado la capacidad de ajuste de la economía alemana. Este estancamiento estructural explica aproximadamente un 90% del crecimiento diferencial anual que la economía norteamericana mantiene actualmente frente a la zona euro.
Una capa más profunda revela el origen sectorial de este estancamiento: la crisis de la industria alemana. En concreto de dos ramas estratégicas, el automóvil y la energía. La industria alemana representa alrededor del 6% del PIB de la zona euro, un tamaño semejante al de toda la economía belga. La producción industrial total alemana acumula una contracción cercana al 10% desde 2019, pero en la automoción y la energía el ajuste alcanza ya el 20%. La incertidumbre sobre la transición al vehículo eléctrico, la presión competitiva de China y la fragmentación regulatoria europea han convertido un sector históricamente tractor en un foco de vulnerabilidad. Este deterioro explica en torno al 75% del diferencial anual de crecimiento entre EEUU y Europa desde 2019.
La capa más interna conecta con la inversión y ahorro de la economía alemana. Una economía que, como la europea, lleva más de una década afrontando tres transiciones simultáneas: demográfica tecnológica y energética. Esta transición debería incentivar el inicio de un ciclo inversor capaz de impulsar la productividad de las empresas alemanas, introduciéndolas en un círculo virtuoso capaz de retroalimentar inversión y rentabilidad. Así se evitaría que los ahorradores alemanes decidieran invertir entre el 5 y el 7% del PIB fuera del país. La economía norteamericana ha sido durante estos 30 años uno de los principales destinos de estos flujos financieros, ávidos por encontrar proyectos de inversión que superen las exiguas rentabilidades europeas. Por lo tanto, los propios ahorradores alemanes contribuyen en un 50% a sostener el diferencial de crecimiento entre los dos lados del Atlántico.
Por consiguiente, esta matrioska no es más que el producto resultante del proceso de construcción de una Europa alemana que se intensificó tras la crisis de la deuda. Con el permiso de Francia, el catecismo económico alemán ha ido convirtiéndose en la doctrina dominante europea, caracterizándose por el monocultivo industrial y el desdén por el sector servicios, la disciplina presupuestaria sin atender al multiplicador fiscal, la infravaloración de las exportaciones chinas frente al made in Germany, un fuerte intervencionismo económico disfrazado de colaboración público-privada y, sobre todo, una obsesión por acumular ahorro a través de persistentes saldos superavitarios por cuenta corriente. El resultado es una unión monetaria donde pocas economías superan de forma sostenida el 2% de crecimiento y donde, paradójicamente, las que lo logran -como España o Irlanda- lo hacen apoyándose en un mayor peso del sector servicios.
La matrioska alemana revela una arquitectura económica que ha priorizado la estabilidad sobre la transformación y el ahorro sobre la inversión y que ha sido de extrema utilidad en las fases de recuperación y restauración del ciclo económico. Pero la actual realidad económica global exige desmontar esa matrioska pieza a pieza y abandonar la comodidad del viejo modelo industrial-ahorrador. Sólo con más innovación, mayor flexibilidad institucional y un giro real hacia la productividad Europa podrá atraer inversión, recuperar dinamismo y evitar quedar definitivamente rezagada.
Víctor Ausín es técnico comercial y economista del Estado y profesor del IE
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