<p>La quiebra de Theranos, la tecnológica que iba a revolucionar el mundo del diagnóstico con pruebas rápidas y baratísimas a partir de unas pocas gotas de sangre, sacudió los cimientos de Silicon Valley en 2018. En menos de una década, la firma fundada por <a href=»https://www.elmundo.es/yodona/actualidad/2022/01/14/61e13d9bfc6c83501f8b4586.html»>Elizabeth Holmes</a> a la edad de 19 años logró recaudar 700 millones de dólares de capital privado y alcanzó una valoración superior a 9.000 millones en su punto álgido. Su tecnología nunca funcionó. Holmes fue condenada por fraude y su proyecto se derrumbó tan rápido como había escalado. Lejos de ser una anomalía, anticipaba un patrón que ha impregnado por completo el mundo empresarial y político actual: <strong>promesas infladas que después se incumplen</strong> sin que, a diferencia del caso Holmes, medien sentencias ni condenas.</p>
Empresas y gobiernos se han subido a la ola del ‘hype’ en busca del impacto diario para destacar en la sociedad de la inmediatez. Sin métodos ni recursos para rastrear grandes anuncios, incumplirlos no tiene coste
La quiebra de Theranos, la tecnológica que iba a revolucionar el mundo del diagnóstico con pruebas rápidas y baratísimas a partir de unas pocas gotas de sangre, sacudió los cimientos de Silicon Valley en 2018. En menos de una década, la firma fundada por Elizabeth Holmes a la edad de 19 años logró recaudar 700 millones de dólares de capital privado y alcanzó una valoración superior a 9.000 millones en su punto álgido. Su tecnología nunca funcionó. Holmes fue condenada por fraude y su proyecto se derrumbó tan rápido como había escalado. Lejos de ser una anomalía, anticipaba un patrón que ha impregnado por completo el mundo empresarial y político actual: promesas infladas que después se incumplen sin que, a diferencia del caso Holmes, medien sentencias ni condenas.
Las promesas excesivas (overpromising) y la publicidad exagerada (hype) alrededor de inversiones descomunales y proyectos revolucionarios saturan hoy la prensa diaria. En Europa, el fenómeno se ha acelerado con el maná de los fondos comunitarios, una lluvia de 750.000 millones ideada para propulsar las maltrechas economías de los Veintisiete tras el coronavirus.
Desde su llegada, gobiernos y corporaciones de toda índole se han lanzado a una carrera de titulares que, con el paso de los meses, ni el mercado ni los medios ni, por supuesto, los votantes llegan a verificar. Anunciar para sobrevivir se ha convertido en el combustible de la nueva economía del humo.
En su trabajo El ascenso y la caída de las promesas Stefan Gaillard, investigador de la Universidad Radboud (Países Bajos) partió del caso Theranos para analizar cómo la ausencia de métodos para rastrear grandes anuncios permite salir indemnes a quienes los rompen. «No hay fuerzas de mercado en juego que puedan conducir a una corrección de mercado ni tampoco control democrático capaz de aplicar un correctivo gubernamental», explica Gaillard a Actualidad Económica.
El problema se agrava por la falta de seguimiento a largo plazo: «Las promesas sobre ciencia, pero también sobre proyectos que financian los fondos Next Generation de la UE, implican escalas temporales de años o décadas. Necesitamos más y mejores métodos para rastrear su ejecución, pero también para evaluar su viabilidad de antemano».
Estas prácticas no solo están en auge, sino que han llegado para quedarse. En España está ocurriendo con muchas líneas de ayudas del Plan de Recuperación, incluidos los Perte, mecanismos ideados para canalizar en proyectos público-privados con gran capacidad de arrastre más de 40.000 millones de fondos comunitarios.
Altos cargos del Gobierno, de las CCAA y de las empresas promotoras han oficializado, con apretón de manos ante las cámaras o con memorandos de entendimiento (MoU) según el caso, muchos de esos megaplanes. Ese compromiso institucional de inversiones milmillonarias y cifras estratosféricas de empleos ha generado muchas expectativas, principalmente, en áreas tocadas y hundidas por la despoblación.
Los Perte han atraído a España proyectos industriales de altísimo valor, pero no es menos cierto que, en la recta final del calendario de los fondos europeos, muchos de los planes anunciados a bombo y platillo sufren retrasos o han descafeinado sus objetivos. Algunas empresas beneficiarias, incluso, han renunciado a las ayudas (Ford, ArcelorMittal, Broadcom…) o han dejado en vía muerta sus iniciativas (InoBat, Maersk…). «El Gobierno anuncia las grandes cifras de las convocatorias, pero después [cuando se resuelven] baja el vuelo comunicativo. Sus MoU sirven para poco más que como posicionamiento político y mediático», asevera un exasesor del Ejecutivo.
Es posible, sugiere Gaillard, que al final de este tipo de proyectos se haga una «comprobación rudimentaria» para verificar las expectativas recogidas en acuerdos contractuales. El problema es todo lo demás, lo que no figura en ningún documento legal. «Es precisamente ahí donde parece producirse el exceso de promesas. Quizá por eso existen tan pocos métodos para comprobarlas: el foco se pone en objetivos o hitos, pero las promesas que cumplen la función retórica y forman parte de lo que se supone que el proyecto debe entregar nunca se revisan».
Aunque Holmes -la emprendedora del plasma que estafó a Silicon Valley- fue condenada por fraude, recuerda el investigador que su castigo no fue por las promesas exageradas: «Algunos casos de overpromising deberían clasificarse también como fraude, eso contribuiría en gran medida a abordar parcialmente este fenómeno».
Swaptik Chowdhury, investigador de gobernanza técnica de IA en RAND Corporation, ha identificado dos factores de hype relevantes: la adopción limitada a gran escala de una tecnología aún en discusión y el predominio de un sentimiento esperanzado y de la promesa de resultados ficticios. «Juntos describen una dinámica: las cifras llamativas acaparan la atención e impiden un escrutinio crítico, moldeando las narrativas políticas antes de que existan resultados reales», analiza. ¿El riesgo? «Que los resultados ficticios, que aún no se han materializado, empiecen a guiar las expectativas y decisiones, distorsionando la conciencia pública sobre los beneficios y los riesgos».
La política actual tiene un mantra: «Si dejas pedalear, te caes». «Es un reflejo de la sociedad de la inmediatez, del scroll infinito. Lo importante no es hacer, sino anunciar, porque todo es volátil. La información se difumina rápidamente y todo el mundo está pendiente de lo que pasó ayer, no de lo que se dijo hace meses», asegura Manuel Hidalgo, senior fellow de EsadeEcPol. Hoy la política vive más de escenificar el movimiento que de generarlo.
«Si coge fuerza un debate, ya sean los problemas de la industria del cine o las carencias de la red ferroviaria, a los pocos días un ministro o un consejero anuncia un megaplan que, habitualmente, no es más que un refrito de lo que ya se está haciendo con otro nombre», completa. El exceso de información y la urgencia de los gobiernos por sobresalir en la vorágine lo han intensificado: «Los políticos se sienten obligados a anunciar cosas si así lo marca el debate público. La política actual aspira al impacto diario. Si no estás ahí, parece que no estás vivo».
Hidalgo defiende que el impacto del hype en la macroeconomía es, por lo general, limitado. «Su efecto es más político que económico. Los bancos centrales anuncian poco y hacen mucho para manejar las expectativas de los agentes. El exceso de verborrea se concentra en los gobiernos y los responsables de política fiscal«. Pero hay matices. La exageración, admite, puede trastocar las cifras macro cuando se utiliza para alterar los incentivos de un mercado o, como en el caso Theranos, si el hype logra convencer a los dueños del dinero de invertir masivamente en una promesa.
Dentro del primer caso, el mejor ejemplo es Donald Trump. Según Bloomberg, solo ha ejecutado una cuarta parte de sus amenazas comerciales desde que ganó las elecciones de 2024. El resto (43%) han sido retiradas o aún no se han impuesto. Aunque los datos macro revelan que la guerra arancelaria ha sido más retórica que real (excepto en China), los amagos de Washington hundieron las bolsas mundiales y empujaron a Bruselas a firmar un acuerdo comercial que claramente no le beneficiaba.
En Una breve economía política del hype el investigador de la Universidad de Tokio, Maxim Tvorun Dunn, concluye que el fenómeno no es un mero accidente, sino un mecanismo económico deliberado. «Silicon Valley depende de ciclos de auge y caída, fabricando una nueva ola de inversiones cada pocos meses mediante la promesa de grandes revoluciones tecnológicas, ya sea a través de la IA, las criptomonedas, los metaversos u otra palabra de moda», deduce. El capital riesgo puede ganar dinero tanto si la revolución prometida se materializa como si no, pues su verdadero negocio no reside en la viabilidad de esos proyectos, sino en la capacidad del hype para mover el mercado y revalorizar o devaluar activos a conveniencia.
¿Tienen los supervisores armas para controlar estos fenómenos? Lo cierto es que no. Desde la CNMV admiten que es muy difícil acotarlos porque cada caso exige un análisis específico. «Toda información que una empresa remite al mercado debe estar contrastada y aprobada por sus órganos de control. Cuando una compañía publica previsiones, estas quedan sometidas a verificación si finalmente no se cumplen». Por ello muchas cotizadas optan por no lanzar previsiones públicas: saben que estarían obligadas a justificar cualquier desviación. Lo mismo ocurre con los planes estratégicos: el mercado exige explicaciones si no se materializan, un escrutinio del que, recuerda la CNMV, carecen las entidades no cotizadas.
Uno de los sectores donde la economía del humo está más engrasada es el de la energía, más concretamente, el de la transición ecológica. Así lo plantea Tvorun-Dunn en su artículo Los futuros imaginados del neoliberalismo, donde sostiene que buena parte de los megaproyectos ambientales impulsados en Europa -y ampliamente difundidos por instituciones comunitarias, ferias internacionales y medios- no solo es improbable que lleguen a construirse, sino que además están concebidos para favorecer los intereses de grandes promotorase inmobiliarias de lujo. Sus diseños, explica, suelen ser imágenes espectaculares renderizadas para atraer inversión y promover agendas políticas, pero sin garantías reales de viabilidad. A menudo, añade, los medios los presentan como si estuvieran ya en construcción cuando ni siquiera han empezado a levantarse.
«Con los fondos europeos, el anuncio se ha convertido en un activo político y reputacional en sí mismo, desligado de la ejecución», opina Iñigo Arraiza Rivero, advisor en transición energética, industria y estrategia. Asegura que hemos pasado de una economía de proyectos a otra de expectativas: «Comunicar sustituye a decidir, y eso erosiona confianza, capital y credibilidad institucional».
Para Chowdhury, los fondos Next Generation encajan en el patrón del hype. España, por ejemplo, anunció acceso a 163.000 millones, un plan diseñado para concentrar las reformas al principio y retrasar las inversiones hasta 2024-2026. «El 70% de las reformas se ha completado, pero solo se ha ejecutado el 15% de las inversiones. Sin embargo, lo que domina el discurso público es la cifra titular, no el calendario de ejecución«. El experto lo define como una «economía fantasma, un entorno de políticas performativas donde el anuncio es el entregable y la expectativa resulta más real que el progreso efectivo».
La prensa alimenta esa espiral cuando ejerce de altavoz de estos megaproyectos, pero recuerda Arraiza que el periodismo no crea el incentivo, solo lo refleja: «Cuando hay autoridades, fotos oficiales y sellos institucionales, informar no es opcional: es una obligación democrática. El fallo no está en la cobertura, sino en que el sistema no distingue entre anuncio y decisión«. Sin seguimiento, advierte, prometer sale gratis, pero si hay memoria, el incentivo cambia: «El periodismo económico tiene hoy un papel más incómodo, pero más valioso que nunca: introducir trazabilidad donde el poder prefiere titulares».
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