<p>Callar no es ausencia. Es una forma de decisión. A veces la más exigente. En <i>Bartleby, el escribiente</i>, de Melville, el gesto decisivo no es un grito, es una negativa serena: «Preferiría no hacerlo». Ese tipo de silencio no esquiva el conflicto. Lo contiene, lo ordena, lo pospone cuando moverse sería peor. Eso es lo que han hecho estos días la <strong>Reserva Federal y el Banco Central Europeo</strong>. Mantener los tipos. No prometer recortes. No ceder al aplauso inmediato. Puede parecer inacción porque, en realidad, es disciplina en estado puro.</p>
Callar no es ausencia. Es una forma de decisión. A veces la más exigente. En Bartleby, el escribiente, de Melville, el gesto decisivo no es un grito, es una negativa sere
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Callar no es ausencia. Es una forma de decisión. A veces la más exigente. En Bartleby, el escribiente, de Melville, el gesto decisivo no es un grito, es una negativa serena: «Preferiría no hacerlo». Ese tipo de silencio no esquiva el conflicto. Lo contiene, lo ordena, lo pospone cuando moverse sería peor. Eso es lo que han hecho estos días la Reserva Federal y el Banco Central Europeo. Mantener los tipos. No prometer recortes. No ceder al aplauso inmediato. Puede parecer inacción porque, en realidad, es disciplina en estado puro.
La inflación no ha desaparecido, se ha replegado. Y ahora encuentra nuevas vías de entrada. Irán vuelve a colocar la energía en el centro, en el peor momento posible: cuando los bancos centrales empezaban a confiar en que el endurecimiento era solo una posibilidad. El riesgo ya no es solo cuánto queda de inflación pasada. Es cuánta puede reactivarse. Y eso cambia el cálculo.
El entorno financiero tampoco acompaña. Empiezan a verse salidas en el private equity, ajustes de valoración, operaciones que no cierran y liquidez más selectiva. No hay crisis abierta. Pero sí un cambio de clima, una astenia financiera que adivina un giro oscuro. Y los cambios de clima financiero rara vez avisan dos veces. En ese escenario, no hacer nada exige más que actuar. Resistir la tentación es una forma de acción. También fuera de la economía. Cuando uno quiere explicarse y decide callar. Cuando preferiría responder y no lo hace. No por falta de argumentos, por conciencia del momento.
El prestigioso psicólogo Walter Mischel lo mostró con claridad: esperar es más difícil que actuar. Y, sin embargo, es lo que permite sostener decisiones que no se deshacen al primer impulso. Los bancos centrales están exactamente ahí. Saben que la presión para abaratar el dinero sigue intacta. Gobiernos que necesitan margen. Mercados que reclaman alivio. Inversores que han interiorizado que el coste del dinero debe ser bajo casi por definición. Durante años, los tipos bajos dejaron de ser una herramienta para convertirse en un derecho implícito. Y ahí aparece el problema de fondo. Empieza a instalarse una retórica cada vez menos disimulada. La de las haciendas públicas que, en la práctica, sugieren: déjennos hacer, ya se ajustará la política monetaria. Una invitación a la indulgencia que se presenta como necesidad. Como si el equilibrio fiscal fuera secundario. Como si siempre hubiera un banco central dispuesto a absorber las consecuencias. Esa lógica no es inocua. Sustituye disciplina por expectativa. Y cuando la expectativa se consolida, cualquier corrección se vuelve más dolorosa. No es una discusión teórica. Es la historia reciente.
Por eso esta pausa importa. Porque introduce una incomodidad necesaria. Porque recuerda que la estabilidad no puede descansar en una sola institución. Exige responsabilidad fiscal. Exige límites. Exige aceptar que no todo crecimiento puede financiarse a cualquier precio. Además, el cuadro no invita a la complacencia. Las tensiones geopolíticas pueden escalar. La energía vuelve a presionar. Llenar el depósito no cuesta cinco o diez euros más, sino treinta. La inflación puede sorprender otra vez. En ese contexto, la siguiente decisión relevante podría ser subir los tipos de interés.
Quienes defendían firmeza monetaria —aunque fueran pocos— empiezan a tener más argumentos. Más acumulación de riesgos que por convicción de que los bancos centrales tuvieran esa intención a medio y largo plazo.
El silencio, cuando es deliberado, no es pasividad. Es una forma de resistencia. Marca un límite. Obliga a otros a asumir su parte. Ese es, quizá, el verdadero sentido de estas decisiones. No resolverlo todo. Evitar que el resto actúe como si no tuviera que resolver nada. Quedarte con las ganas de actuar cuando a tu alrededor pasa de todo.
* Francisco Rodríguez es Catedrático de Economía de la Universidad de Granada y director del Área Financiera y Digitalización de Funcas.
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