El problema no es adónde se va sino de qué se huye. Y pocos tan conscientes de ello como el protagonista del cuento de Alan Sillitoe que Tony Richardson convirtió en ese monumento al vacío que es La soledad del corredor de fondo. Cada zancada de cólera de Tom Courtney avanza por la pantalla entretejida con flash-backs de una existencia de barro que se deshace. Y al fondo, las notas rotas de una pieza perdida de jazz. Si algo acierta a retratar la película es el valor icónico del atletismo. No se trata simplemente de una metáfora, que también, como la perfecta descripción de una época y una forma de estar en el mundo a través de la respiración entrecortada, el sudor, el dolor y el fango. Nada tiene sentido salvo la herida, salvo el dolor de un pulmón que revienta en mitad de la carrera. No importa la meta, lo que cuenta es la sensación dolorosa de estar vivo. O algo así.
Laura García Alonso logra en su ópera prima una película tan tensa como preturbadora que reescribe las fábulas deportivas desde la enfermedad mental
El problema no es adónde se va sino de qué se huye. Y pocos tan conscientes de ello como el protagonista del cuento de Alan Sillitoe que Tony Richardson convirtió en ese monumento al vacío que es La soledad del corredor de fondo. Cada zancada de cólera de Tom Courtney avanza por la pantalla entretejida con flash-backs de una existencia de barro que se deshace. Y al fondo, las notas rotas de una pieza perdida de jazz. Si algo acierta a retratar la película es el valor icónico del atletismo. No se trata simplemente de una metáfora, que también, como la perfecta descripción de una época y una forma de estar en el mundo a través de la respiración entrecortada, el sudor, el dolor y el fango. Nada tiene sentido salvo la herida, salvo el dolor de un pulmón que revienta en mitad de la carrera. No importa la meta, lo que cuenta es la sensación dolorosa de estar vivo. O algo así.
Corredora hace suyo este ideario para ofrecer al espectador una lectura tan personal como tensa, y algo turbia, no tanto del atletismo como de la obsesión por el esfuerzo convertida a la vez en enfermedad mental y en imagen de nuestro tiempo; un tiempo agónico que se deshace en el esfuerzo siempre insatisfecho de llegar a una meta inalcanzable. La película quiere ser y es una rara avis en el panorama del nuevo y pródigo cine español. Al contrario que mucho de lo habitual, la meditada puesta en escena huye del verismo a machamartillo, del drama familiar por obligación y hasta prescinde del plano tembloroso y ya mítico en la nuca de los personajes patentado por los Dardenne.
Se cuenta la historia de una atleta de élite que un buen día cae víctima de la exigencia, de los récords, de los cronómetros, de los resultados y, apurando, hasta de sí misma. Un brote psicótico arrasa con todo. Como buena alumna de Scorsese y fiel seguidora de la zancada al borde del abismo de Richardson, García Alonso se plantea su película desde el interior de la cabeza de su protagonista y desde ahí ensaya un cine colérico, angustioso, febril y cierto.
Destaca el trabajo introspectivo y siempre tenso de Alba Sáez, secundado por la veteranía calmada Marina Salas y Àlex Brendemühl. El laberinto de la enfermedad mental es retratado con crudeza, amargura y un punto de esperanza. De forma progresiva, en un crescendo no apto para bocas secas, cada una de las carreras de la corredora del título es vivida como una ejercicio extenuante de cine arrojado al límite. Y así hasta llegar a un acto final tan enérgico y bien resuelto como nada condescendiente. Sin la catarsis ritual del género, pero sin decepción. El problema no es adónde se va sino de qué se huye.
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Dirección: Laura García Alonso. Intérpretes: Alba Sáez, Marina Salas, Àlex Brendemühl. Duración: 96 minutos. Nacionalidad: España.
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