En el verano de 1990, España hizo en el Mundial de Italia lo que solía hacer entonces: ilusionar un rato y volver pronto a casa. Unas semanas después, Irak invadía Kuwait y el barril de brent duplicaba su precio en tres meses. El verano futbolero acabó en guerra. En junio de 2008, 18 años más tarde, España tumbó a Italia en los penaltis de cuartos, la ronda maldita, y levantó la Eurocopa en Viena. Cuatro días después, el brent marcaba su récord histórico: 144 dólares. Arrancaba la primera edad de oro de la selección y, con ella, la Gran Recesión.
En 1990, España necesitaba 460 barriles de petróleo para producir un millón de euros de PIB; hoy lo consigue con 266, un 42% menos.
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En el verano de 1990, España hizo en el Mundial de Italia lo que solía hacer entonces: ilusionar un rato y volver pronto a casa. Unas semanas después, Irak invadía Kuwait y el barril de brent duplicaba su precio en tres meses. El verano futbolero acabó en guerra. En junio de 2008, 18 años más tarde, España tumbó a Italia en los penaltis de cuartos, la ronda maldita, y levantó la Eurocopa en Viena. Cuatro días después, el brent marcaba su récord histórico: 144 dólares. Arrancaba la primera edad de oro de la selección y, con ella, la Gran Recesión.
Otros 18 años después, España se ha proclamado campeona del mundo y ha entrado definitivamente en el Olimpo futbolístico. Con el estrecho de Ormuz cerrado desde marzo, semanas después de la epopeya americana, el crudo volvía a escalar hasta los 131 dólares. Estos tres veranos no solo marcaron los grandes puntos de inflexión en la trayectoria futbolística de nuestro país, sino también en la relación entre el petróleo y la economía española.
En 1990, España necesitaba 460 barriles de petróleo para producir un millón de euros de PIB, una cifra que se redujo ligeramente hasta 2008. Desde entonces, el ajuste se intensificó hasta el punto de que hoy a la economía española le bastan 266 barriles, un 42% menos que en 1990. Fábricas, camiones, tractores y oficinas consumen hoy la mitad de petróleo por cada euro producido, mientras que los hogares solo han recortado su consumo en torno a un 25%. Por eso, cada choque del petróleo pesa menos en el PIB y más en el bolsillo de las familias.
El consumo de gasóleo para calefacción del hogar es ya residual, menos de un barril al año por familia, pero el verdadero consumo sigue aparcado en el garaje.
Los hogares reducen lentamente su dependencia del petróleo, mediante motores más eficientes y la transición gradual hacia el vehículo eléctrico. Además, el precio del brent explica una parte decreciente de lo que se paga por el carburante: entre el barril y el surtidor median dos márgenes. Por un lado, el margen de refino se ha disparado en 2026 por razones coyunturales, como el corte de los destilados provenientes del Golfo Pérsico, y también estructurales: Europa refina menos que en 2008 y dejó de comprar diésel ruso tras la invasión de Ucrania. Por otro lado, el margen de distribución, que recoge logística, reservas estratégicas, biocarburantes obligatorios y costes de las estaciones, prácticamente se ha duplicado desde 2013 según la CNMC, por motivos todavía bajo discusión, como nuevos costes regulatorios, aumento de los costes fijos por litro vendido o la propia estructura del mercado de la distribución. En cualquier caso, ambos márgenes pesan ya más que el crudo en el precio final del gasóleo.
A medida que el petróleo ha perdido peso en la economía española, han ganado protagonismo el gas y la electricidad. El gas, de hecho, juega por partida doble: en calderas y cocinas y, de forma indirecta, en el recibo eléctrico, porque en un sistema de precios marginalista como el actual, la última central en entrar, a menudo un ciclo combinado, fija el precio de la electricidad en el mercado mayorista. En 2008, de cada 100 euros que los hogares gastaban en energía, 61 iban a carburantes y 39 a gas y electricidad; hoy el reparto está casi equilibrado, 53 euros frente a 47.
Finalmente, la política fiscal sorbe y sopla en materia energética. Por un lado, abarata los hidrocarburos: el impuesto, fijado en céntimos por litro y sin actualizar con la inflación, ha perdido desde 1995 la mitad de su capacidad recaudatoria y además en cada crisis suma una rebaja explícita, como la bonificación de 20 céntimos de 2022 o del propio impuesto en 2026. Por otro lado, se crean incentivos fiscales a la electrificación acelerando la transición al vehículo eléctrico o bonificando la carga impositiva sobre el precio de la electricidad como en 2022. Si el objetivo es la transición ecológica, la coherencia pide dejar que funcione la señal de precios, apoyar la electrificación y, ante un choque, limitarse a medidas quirúrgicas para los más vulnerables. Las rebajas generales, en cambio, tienen un enorme peso muerto: benefician más a quien más consume y frenan el cambio que la política dice perseguir.
La dependencia energética no ha desaparecido; más bien, ha cambiado de nombre y se esconde detrás del gas, el refino, la electricidad, los márgenes y los impuestos. Por consiguiente, para analizar los efectos del choque actual hace falta un cuadro de mando más sofisticado: ya no basta con mirar el barril de brent. El petróleo pesa hoy la mitad en la producción y cada vez menos en el precio del carburante. Al fin y al cabo, el petróleo ya no es lo que era, y nuestra selección nacional de fútbol, tampoco.
*Víctor Ausín Rodríguez es socio de aimTFP.
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