Ni Luiz Inácio Lula da Silva, ni Flávio Bolsonaro. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha hecho (de momento) una excepción con Brasil y ha evitado esta semana en dos ocasiones poner en práctica una costumbre arraigada del último año: influir en las elecciones de un país americano expresando su apoyo a uno de los dos principales candidatos. El actual presidente y el hijo del exmandatario ultraderechista Jair Bolsonaro se verán este domingo las caras en primera vuelta.
El presidente de EE UU no se ha decantado por ninguno de los candidatos, aunque las injerencias de Washington en la política interna del país iberoamericano han sido constantes
Ni Luiz Inácio Lula da Silva, ni Flávio Bolsonaro. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha hecho (de momento) una excepción con Brasil y ha evitado esta semana en dos ocasiones poner en práctica una costumbre arraigada del último año: influir en las elecciones de un país americano expresando su apoyo a uno de los dos principales candidatos. El actual presidente y el hijo del exmandatario ultraderechista Jair Bolsonaro se verán este domingo las caras en primera vuelta.
Las dos veces han sido a preguntas de los reporteros que lo esperaban a que abordara el helicóptero presidencial Marine Force One rumbo a sus propias obligaciones electorales. Y ambas repuestas fueron vagas. “Estoy siguiendo [la campaña] muy de cerca. Es un país muy importante. La gente de Brasil es fantástica. Son unas elecciones muy importantes”, dijo el jueves. “Estamos analizando todo el asunto y siguiéndolo muy de cerca”, insistió el viernes.
Llama la atención esa cautela, dado su historial previo de injerencias en los asuntos electorales de terceros países a base de apoyar a candidatos conservadores o ultraderechistas, como Nasry Asfura en Honduras y Abelardo de la Espriella en Colombia, al que esperó a que su campaña se adentrara en la segunda vuelta para brindarle en un mensaje en Truth un “respaldo total”.
Como parte de su resurrección de la Doctrina Monroe, convertida tras su regreso a la Casa Blanca en la Doctrina Donroe, el presidente de Estados Unidos ha roto más veces con la tradición de su diplomacia de no tomar partido en urnas ajenas, por más intervencionista que se mostrara durante décadas por otras vías. Ahí están, entre otros, los casos de Javier Milei (Argentina), José Antonio Kast (Chile) y Laura Fernández Delgado (Costa Rica).
Bolsonaro, hijo de un viejo aliado político de Trump, condenado a 27 años de cárcel por liderar un intento de golpe de Estado, parecería la elección a priori más lógica para un respaldo de Trump. Pero tampoco cabe descartar la simpatía personal, que no ideológica, que este siente por Lula, que hace un par de semanas dijo en la ONU que “Brasil no cabe en el patio trasero de nadie”. O el cálculo de que el apoyo del presidente de Estados Unidos, más impopular que nunca, no cotiza para quien lo recibe como solía, y que por eso brindarlo puede ser contraproducente para el aspirante predilecto de Washington.

En mayo, Bolsonaro hijo viajó a la capital estadounidense para reunirse con el presidente estadounidense en un encuentro privado en la Casa Blanca. Entonces, sacó en claro una foto conjunta en el Despacho Oval, pero no una declaración pública de respaldo.
Más allá de la campaña, las interferencias de la Administración de Trump en la política brasileña han sido constantes, como denunciaron la semana pasada una treintena de congresistas estadounidenses, Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez, entre ellos, en una carta dirigida al secretario de Estado, Marco Rubio. En ella, acusan a su Gobierno de actuar “como agente de injerencia y desestabilización, utilizando presión diplomática, económica y política de maneras que ponen en riesgo las instituciones democráticas” del país iberoamericano.
Esta semana, los servicios secretos brasileños (ABIN son sus siglas en portugués), elevaron al “nivel crítico” el riesgo de injerencia estadounidense en la cita de este domingo. La ABIN también ha señalado maniobras de influencia desde Rusia en la campaña.
Entre las acciones que Washington ha tomado contra Brasil, destacan las amenazas arancelarias que Lula supo sortear, las sanciones económicas contra ministros y jueces implicados en el juicio a Bolsonaro padre −una “caza de brujas”, según Trump− o la inclusión de las bandas criminales Primeiro Comando da Capital (PCC) y el Comando Vermelho en la lista de organizaciones terroristas del Departamento de Estado.
Todos esos gestos han sido interpretados como intentos indisimulados de Estados Unidos para lograr que, tras estas elecciones, Brasil deje a México y Uruguay como los dos únicos países gobernados por la izquierda en América Latina. Este domingo, esa duda podría quedar despejada. Si no, habrá que esperar a la segunda vuelta, el 25 de octubre.
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