La voz evangélica más beligerante contra el bolsonarismo es de derechas. Pastor desde hace más de 30 años. Opositor férreo de Lula. Y muy conservador. Otoni de Paula fue uno de los parlamentarios más fieles a Jair Bolsonaro —salió elegido diputado en 2018 con la ola que llevó al capitán retirado a la presidencia, y durante años formó parte de su tropa de choque—, pero ahora le ha declarado la guerra al bolsonarismo. Y, con él, a su candidato, Flávio Bolsonaro, el hijo del líder al que un día admiró. Lo acusa de ser un evangélico por conveniencia. “Todos nosotros fuimos secuestrados por el bolsonarismo. El bolsonarismo nos robó nuestras banderas”, dice a EL PAÍS en su sede de campaña, en una torre de oficinas de la Zona Oeste de Río de Janeiro. “Flávio representa un riesgo real para la imagen de la Iglesia [evangélica]”.
Varios líderes espirituales se distancian o incluso rompen con un candidato que no termina de encajar en sus estándares, pero el bolsonarismo empieza a despertar un temor en las iglesias: ya no necesita a sus líderes para quedarse con su rebaño
La voz evangélica más beligerante contra el bolsonarismo es de derechas. Pastor desde hace más de 30 años. Opositor férreo de Lula. Y muy conservador. Otoni de Paula fue uno de los parlamentarios más fieles a Jair Bolsonaro —salió elegido diputado en 2018 con la ola que llevó al capitán retirado a la presidencia, y durante años formó parte de su tropa de choque—, pero ahora le ha declarado la guerra al bolsonarismo. Y, con él, a su candidato, Flávio Bolsonaro, el hijo del líder al que un día admiró. Lo acusa de ser un evangélico por conveniencia. “Todos nosotros fuimos secuestrados por el bolsonarismo. El bolsonarismo nos robó nuestras banderas”, dice a EL PAÍS en su sede de campaña, en una torre de oficinas de la Zona Oeste de Río de Janeiro. “Flávio representa un riesgo real para la imagen de la Iglesia [evangélica]”.
La ruptura ha llegado tan lejos que ha tenido que hacerla ruidosa y radical para protegerse del ostracismo al que podrían condenarle. Hasta hace unos días pedía el voto para Ronaldo Caiado, candidato de la derecha tradicional, pero este viernes grabó un vídeo con el propio Luiz Inácio Lula da Silva para prometerle su voto este mismo domingo. “Hoy hay una persecución: el evangélico que vota por usted está siendo perseguido”, le dijo. De paso, acusó a Flávio de relacionarse con milicianos y de “mantener la mayor cuadrilla política que asaltó las arcas públicas de Río de Janeiro”.
El caso de De Paula es excepcional. No es habitual que un pastor evangélico que hizo campaña por Jair Bolsonaro critique en público a su hijo, y menos en vísperas de las elecciones. Dice estar pagando el precio de haber ido de frente: otros pastores lo atacaron, un diputado bolsonarista calificó su actitud de “patética” y algunos de sus fieles han abandonado su Iglesia. Por eso, asegura, nadie más se atreve a seguirle:“En privado nadie quiere a Flávio, pero nadie lo dirá en público por miedo a morir políticamente”. Aun así, en los últimos meses se han sucedido gestos que apuntan a un cambio en cómo miran los grandes líderes evangélicos a Bolsonaro hijo y, por distintos motivos, al clan.
La Assembleia de Deus Madureira, una de las mayores iglesias evangélicas del país con más de 10.000 templos repartidos por el país, apoya a Caiado desde la precampaña. Republicanos, el partido ligado a la Iglesia Universal, se declaró neutral. Silas Malafaia, el televangelista que fue el mayor apoyo de Jair Bolsonaro, respalda a Flávio, pero ha mostrado que su lealtad es con el padre y no con el hijo. Hasta la Lagoinha, una de las iglesias más identificadas con el bolsonarismo, “sigue con Bolsonaro, pero mucho menos que en 2022”, según el politólogo Vinicius do Valle, que lleva años estudiando el voto evangélico. “Otros líderes se han posicionado de forma ambigua o, como mínimo, mucho más tímida que en el pasado”, resume.
En Río, el segundo Estado con mayor número de evangélicos, Marcelo Crivella, obispo de la Universal y exalcalde de la ciudad, también mantiene su propio pulso con el clan. El partido de los Bolsonaro ha presentado a sus propios candidatos para las dos plazas que hay en juego en el Senado y el obispo, en lugar de apoyarlos, se ha presentado él mismo. Crivella, mientras recibe presiones del entorno bolsonarista para que se retire, no ha dicho públicamente a quién votará para presidente.
“Flávio no es Jair”, dice Do Valle, que ha hecho muchos grupos focales con evangélicos. La paradoja es que el padre, católico, encajó mejor en ese mundo que el hijo, que se declara evangélico. “Flávio es aún menos reconocido como evangélico. Y no tiene a una mujer como Michelle [la esposa de Jair] que le sirva de referencia en ese universo”.
El candidato que puede arrebatar a Lula la presidencia lo ha intentado. Se ha bautizado varias veces, la última en el Jordán en enero, y llena sus discursos de menciones a Dios. Pero su relación con Michelle, la gran madrina evangélica del bolsonarismo, ha sido tormentosa: en mayo ella difundió un vídeo en el que lo acusaba de humillarla, y desde agosto moviliza a sus pastores aliados, pero sin compartir escenario con el candidato.
“Flávio está muy lejos de todos los valores que defienden los evangélicos”, mantiene un estratega que conoce bien el universo religioso. “Jair Bolsonaro sabía disimular mejor, pero nadie consigue ver en Flávio a un evangélico. No hay manera: el tipo bebe, llevamos días oyendo hablar de sus orgías…”, argumenta, en referencia a los mensajes que inundan las redes. El pastor Valdemar Figueiredo, coordinador del Observatorio de la Escena Política Evangélica, lo resumió así a la Agência Pública: “Nada en él cuaja, porque parece falso. Es como una obra de arte: si has visto la verdadera, identificas la falsa”.
Los evangélicos son el 26,9% de la población brasileña, 47,4 millones de personas según el censo de 2022, frente al 21,6% de 2010. En el Estado de Río son el 32%.No son un bloque tan homogéneo como puede parecer, pero desde 2018 han sido el principal sostén electoral de la derecha, y sus grandes líderes hicieron campaña en bloque por Jair Bolsonaro. En el último Datafolha, Flávio tiene el 52% del voto evangélico en primera vuelta, frente al 26% de Lula. En un eventual segundo turno, rondaría el 66% de los votos válidos evangélicos, tres puntos por debajo de su padre ante la segunda vuelta de 2022. Pero los números no terminan de contar lo que parece estar pasando dentro de las iglesias.
La disputa de De Paula con el bolsonarismo, más allá de moralismos y corruptelas, tiene un fondo político —según él, el clan le cerró el paso a la alcaldía de Río en 2024—, una muestra de que en las iglesias brasileñas casi todo se ha vuelto político. Y mientras muchos fieles, según ha identificado Do Valle, están agotados de que les hablen de política desde los púlpitos, algunos poderosos pastores están empezando a darse cuenta de que el bolsonarismo ya no los necesita. Alcanzó la influencia suficiente para pasar por encima de muchos de sus líderes.
Jair Bolsonaro fue el primer candidato de fuera de las Iglesias que hizo suyas todas las banderas evangélicas, como el rechazo al aborto, a la legalización de las drogas o a la llamada ideología de género. Hasta ese momento, los evangélicos presentaban a sus propios candidatos, pero este representaba su agenda a la perfección y salieron en bloque a apoyar su candidatura. Bolsonaro llevó al primer juez evangélico al Tribunal Supremo y apenas le han afectado los escándalos, ni el intento de golpe de Estado por el que ha sido condenado, ante los evangélicos.
“La Iglesia pasó a verlo como un enviado de Dios y encima su segundo nombre es Messías”, dice el estratega. “Fueron los propios pastores quienes le abrieron la puerta. Fueron los propios líderes los que le dieron el micrófono, los que le entregaron las ovejas, pero ocho años después, el Partido Liberal de los Bolsonaro entiende que ya no los necesita”, porque habla directamente con los fieles a través de las redes. “Cuando irrumpió, el bolsonarismo se apropió de los valores, pero hoy es más que eso: se está apropiando de la fe”, afirma el estratega. “Algunos pastores, aún no son muchos, se están dando cuenta ya de que están perdiendo el rebaño”.
Estos días, Otoni de Paula, el pastor díscolo, lamentaba algo parecido en sus redes: “Cuando la lealtad a un político pasa a valer más que la lealtad a Cristo, la Iglesia ha dejado de ser Iglesia. Se ha convertido en un partido”.
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