<p>Durante años, el debate energético en España ha estado dominado por una idea tan atractiva como peligrosa: la de que <strong>es posible disponer de energía abundante, limpia y barata sin asumir costes relevantes</strong>. Don Quijote lanza en ristre contra los molinos, pero ahora sí son gigantes… y complejos.</p>
Durante años, el debate energético en España ha estado dominado por una idea tan atractiva como peligrosa: la de que es posible disponer de energía abundante, limpia y b
Durante años, el debate energético en España ha estado dominado por una idea tan atractiva como peligrosa: la de que es posible disponer de energía abundante, limpia y barata sin asumir costes relevantes. Don Quijote lanza en ristre contra los molinos, pero ahora sí son gigantes… y complejos.
Este es un país de sol persistente y de viento constante. Lo ha sido mucho antes de que habláramos de transición energética. Ese paisaje explica parte de nuestra ventaja comparativa y también una tentación recurrente: creer que la naturaleza hará el trabajo duro por nosotros. Una de las decisiones más claras de las últimas décadas ha sido priorizar el precio aparente de la energía frente a la seguridad y la fiabilidad del sistema. No se trata de un desliz puntual. Es ya un rasgo estructural del modelo energético español, en contraste con otras economías avanzadas. En ese marco, las energías renovables se han presentado como la piedra filosofal: limpias, autóctonas y baratas. Esa afirmación solo se sostiene si se observa una parte concreta del problema y se deja el resto fuera del encuadre. El bajo coste marginal de generación no equivale al bajo coste total del sistema.
Las renovables, por su propia naturaleza, son intermitentes. No producen cuando la economía lo necesita. Lo hacen cuando el viento sopla o el sol brilla. Eso obliga a disponer de sistemas de respaldo capaces de cubrir picos de demanda y caídas abruptas de producción. Hoy ese respaldo depende en gran medida del gas. A ello se suman el refuerzo de redes o la gestión de desajustes para mantener el funcionamiento cuando el sistema se ve exigido.
Señalar estos límites no equivale a negar la transición energética. La crítica informada no tiene nada que ver con el negacionismo que desprecia la evidencia científica o reduce un debate complejo a consignas simples. Un país con el sol y el viento de España no puede permitirse ese lujo intelectual sin asumir un coste estratégico.
Cuando se producen episodios de tensión grave o grandes apagones, los costes ocultos afloran de golpe. Entonces se habla de fallos técnicos, de circunstancias excepcionales o de eventos imprevisibles. Rara vez se admite que, en muchos casos, lo que falla no es una pieza concreta, es más amplio. La paradoja es conocida: los sistemas que minimizan costes en el corto plazo tienden a concentrar riesgos en el largo. Un sistema eléctrico no es solo una plataforma de generación, es una infraestructura crítica sobre la que descansan la actividad económica, la cohesión social y la credibilidad institucional.
El problema es haber desplazado el debate desde la eficiencia del sistema hacia el precio inmediato. Y, sobre todo, que cuando la seguridad energética falla, el coste no se reparte de forma equitativa: lo pagan antes y con mayor intensidad los hogares vulnerables, las pequeñas empresas y los sectores más expuestos.
España necesita una transición energética ambiciosa y también intelectualmente honesta. La energía segura cuesta dinero, la resiliencia tiene precio y los sistemas complejos no se gobiernan con eslóganes. Abaratar el recibo puede resultar tentador. Encarecer el riesgo, no tanto. Porque confundir durante demasiado tiempo el precio de la energía con su verdadero coste económico y social no fortalece el sistema: lo debilita.
Francisco Rodríguezes Catedrático de Economía de la UGR y director del Área Financiera y Digitalización de Funcas. En X: @franrodfer.
Actualidad Económica
