<p class=»ue-c-article__paragraph»>A las seis de la mañana ya está <strong>José </strong>(50 años) subido a la potente cosechadora de dos filas, de la marca italiana Spapperi, capaz de recolectar 3.000 kilos de hoja de tabaco en seco y 18.000 en verde. Este año, ante el aumento de la producción, la recogida se ha prolongado hasta bien entrado noviembre en la finca de <strong>Dioni Sánchez</strong> (57), tercera generación de agricultores y que ultima en sus 50 hectáreas en <strong>Tiétar </strong>(Cáceres) una cosecha que esta campaña ha superado todas las expectativas con una cifra récord en los últimos años en toda la comarca: <strong>22.863.825 toneladas,</strong> un 15% más que el año anterior. «Se ha echado ya el frío y eso no es bueno para el tabaco», destaca Sánchez, uno de los 851 productores de tabaco que sobreviven aún en esta comarca del noreste de la provincia de Cáceres, y que son los encargados de producir sobre un total de 6.300 hectáreas <strong>el 98% del cultivo nacional.</strong> Lo hacen repartidos en minifundios de 20 hectáreas de media.</p>
La reunión de la COP11 celebrada en Ginebra no alcanza un acuerdo mientras el sector ve amenazadas las ayudas que recibe la producción de este cultivo en España
A las seis de la mañana ya está José (50 años) subido a la potente cosechadora de dos filas, de la marca italiana Spapperi, capaz de recolectar 3.000 kilos de hoja de tabaco en seco y 18.000 en verde. Este año, ante el aumento de la producción, la recogida se ha prolongado hasta bien entrado noviembre en la finca de Dioni Sánchez (57), tercera generación de agricultores y que ultima en sus 50 hectáreas en Tiétar (Cáceres) una cosecha que esta campaña ha superado todas las expectativas con una cifra récord en los últimos años en toda la comarca: 22.863.825 toneladas, un 15% más que el año anterior. «Se ha echado ya el frío y eso no es bueno para el tabaco», destaca Sánchez, uno de los 851 productores de tabaco que sobreviven aún en esta comarca del noreste de la provincia de Cáceres, y que son los encargados de producir sobre un total de 6.300 hectáreas el 98% del cultivo nacional. Lo hacen repartidos en minifundios de 20 hectáreas de media.
A tan solo 27 kilómetros de distancia de donde se afana José por cortar las últimas hojas de la campaña se encuentra la central nuclear de Almaraz, el otro gran pulmón de la comarca del Campo Arañuelo, sobre la que sobrevuela la amenaza de cierre en dos años que haría desaparecer 4.000 empleos. El tabaco suma otro 35,6% del empleo, con 2.100 puestos de trabajo directos a jornada completa y otros tantos de manera indirecta para un total de 20.000 familias que dependen de un cultivo que genera 69 millones de euros de valor añadido en Extremadura. El futuro incierto de sus dos grandes pilares productivos provoca desasosiego en la población y amenaza a las próximas generaciones en un claro ejemplo de las dificultades que atraviesa la España rural.
A José le ayuda en la faena Roberto, que está a cargo de los 24 tractores que, repletos de las plantas ya cortadas, transportan cada día hasta los almacenes, en un recorrido constante de ida y vuelta a la finca, para comenzar las labores de secado. Roberto cumple 65 años el próximo 7 de marzo. «Me jubilo, lo tengo decidido». No tiene dudas, el cansancio le ha vencido: «Llevo trabajando en esto desde que tenía ocho años«. José y Roberto son ajenos, como los 14 trabajadores que tiene en total Dioni en el periodo de la cosecha -de mayo a finales de octubre, salvo esta temporada-, al debate que se mantuvo la semana pasada en Ginebra en el que no se alcanzó un acuerdo.
A más de 1.500 kilómetros de esta comarca, que agrupa Campo Arañuelo, La Vera y el Valle del Alagón, se reunió el COP11, un foro donde participaron 180 países para analizar las nuevas propuestas de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que incluyen el fin a todas las ayudas al cultivo del tabaco. En cifras, la comarca extremeña perdería 19 millones de euros anuales que se establecen en las ayudas agroambientales de fondos europeos: 60 céntimos de subvención por cada kilo cultivado. Es decir, aproximadamente 800 euros por hectárea. Esta cantidad asciende a los 1.000 si se aplican técnicas de biomasa para el secado, a lo que hay que sumar otros 1.430 euros, por región exclusiva (número 10) del tabaco establecida en la PAC.
«Sería el fin del cultivo del tabaco«, resume Ángel García Blanco, presidente de Asaja Extremadura. Para la organización agraria UPA, «si desaparece el cultivo de tabaco en Extremadura, desaparece empleo, desaparece innovación y desaparece vida en nuestros pueblos. No se trata solo de hojas: se trata de personas, territorio y futuro».
Pero esto también afectaría a Canarias, porque en Tenerife se ubica el grueso de la producción de cigarrillos, con fábricas como la de Japan Tobacco International (recientemente ampliada), que emplea a 4.500 personas. Y a otros 1.300 empleos en Cantabria, donde está ubicada la planta de Altadis. Según el informe elaborado por la consultora Afi para la Mesa del Tabaco, el impacto total del sector en España (el segundo productor europeo, tras Italia) asciende a 3.755 millones de euros y un total de 31.210 trabajadores están contratados en empresas del sector.
«Siempre se ha dicho que viene el lobo, y así hemos vivido siempre, aunque al final va terminar llegando», confiesa Fermín Encabo (PSOE), alcalde de Jarandilla de la Vera, que antes de entrar en política trabajó -como la mayoría en la zona- en el cultivo del tabaco. «Hay que velar por la salud de las personas, pero los que toman las decisiones deberían de conocer los beneficios sociales que produce aquí», advierte el regidor, quien apunta a que sólo del turismo -en expansión en su localidad- «no se puede mantener la comarca». Y añade: «La desaparición del cultivo pondría a nuestros pueblos en riesgo de despoblación y generaría la desaparición de otros negocios, no habría inversiones que generasen beneficios y al final sería una cadena de pérdidas que no llegamos a imaginar». Lo ratifica Roberto Baños, el alcalde (PP) de Talayuela, el gran núcleo población del sector: «El tabaco es un motor clave y ayuda a fijar población y a fortalecer el tejido social, pero su desaparición nos dejaría en una situación crítica por la ausencia de alternativas reales».
El arraigo del tabaco en esta zona de Extremadura no sólo lo ha motivado la apuesta del tejido productivo agrario. En Talayuela se implantó en 1987 Cetarsa, la compañía española de tabaco en rama que pertenece a la Sep y, que cuenta con la fábrica transformadora más grande de Europa: da empleo estable a 300 personas, el 54% mujeres. Se trata de una pieza fundamental en el engranaje económico y social de esta zona tabaquera y asegura cada año la compra del 70% del total de la cosecha (15.563.689 toneladas). El resto se lo reparten entre dos multinacionales italianas, Deltafina (3.646.420) y Mella (3.608.216). «Que antes de tomar una decisión por lo menos que pregunten al sector, que se informen con datos de lo que supone desde el punto de vista social», advierte Ricardo Miranda, director general de Cetarsa. Extremadura exporta el 74% del tabaco que produce.
La variedad de tabaco Virginia (97% frente al poco más del 2% de Burley) es la que más se abona en una producción que ha ido bajando con los años. En 2021, se llegaron a alcanzar más de 27 millones de toneladas en 7.992 hectáreas en manos de 1.174 productores. Pero la burbuja estalló: «Las multinacionales pagaban poco (2,20 euros por kilo) y muchos lo dejaron», explica Carlos Martín, agricultor con una finca de 14 hectáreas en La Vera y presidente de la SAT (Sociedad Agraria de Transformación) Asociaciones Agrupadas TAB, con sede en Talayuela y que cuenta con 800 socios. En la comarca existen seis agrupaciones de este tipo, que funcionan como cooperativas para abaratar los costes de la profusa cadena de valor que conlleva este cultivo. En la última campaña se llegó a casi el doble que hace cuatro años -4,30 euros/kilo- lo que ha equilibrado los «desorbitados» costes de producción. Dioni pone un ejemplo: «La cosechadora a la que está subido José vale 180.000 euros«.
Fátima es una de las muchas mujeres que trabajan en los almacenes. Lo hace desde los 17 años (tiene ahora 52) en los 14 secaderos con los que cuenta Dioni en un exhaustivo proceso en el que se han introducido nuevos sistemas de innovación tecnológica. «Somos el único tabaco europeo que se seca con biomasa», presume el productor, que ha invertido más de medio millón de euros en los últimos. «No hay cultivo más rentable que el tabaco, ni el maíz, ni el girasol ni el cereal», confiesa, por su parte, Manuel García (70 años), directivo de la agrupación. «Tenemos un grave problema para encontrar mano de obra especializada en el manejo de las máquinas, de los tractores… y también con el relevo generacional porque los jóvenes prefieren marcharse a las ciudades», lamenta. Desde hace años, son trabajadores marroquíes los que copan la mayoría de las labores en el campo. De hecho, esta localidad se ha convertido en la población extremeña con una media de edad más joven: 41,8 años por los 45,6 en Extremadura. Tras la recogida del tabaco, los cultivos del pimentón, el espárrago o la cereza darán empleo a los inmigrantes hasta el próximo mes de mayo.
«En Ginebra escucharon a los ministros de Salud de los diferentes países, pero no estaban convocados los de Agricultura, que deberían de explicar las consecuencias sociales y económicas si se aprueban ese tipo de medidas», resalta Juan José Manzanero, gerente de la cooperativa Ibertabaco. Manzanero no olvida otros factores de riesgo: «Impuestos, nuevas directivas, el tabaco calentado, el contrabando o la prohibición de productos fitosanitarios, como el dicloropropeno».
«¿Que si vamos a seguir adelante?», se pregunta Dioni. «Muchos han decidido vender sus producciones a los grandes fondos de inversión que apuestan por la plantación de almendras, que no da ninguna mano de obra», detalla. Pero a pesar de todo, hay esperanza: «Nuestro grupo ha aprobado un proyecto para la creación de un centro de secado con capacidad para 900.000 kilogramos, con una inversión de 8 millones de euros». El aviso al COP11 parece claro: «Resistiremos«.
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