
El Manual de supervivencia para padres en la era digital (Espasa), de la psiquiatra Beatriz Martínez, no podría publicarse en un momento más oportuno. Estará en las librerías el 18 de febrero, apenas un par de semanas después de que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, anunciara su intención de prohibir las redes sociales a los menores de 16 años. El título describe bien su contenido: es una guía que muestra la evidencia científica sobre los efectos de las pantallas y las redes sociales en los menores, y ofrece pautas concretas y prácticas para abordar el fenómeno desde la experiencia de Martínez (Madrid, 40 años) como psiquiatra infantil, experta en problemas de neurodesarrollo y madre.
La especialista en problemas de neurodesarrollo publica ‘Manual de supervivencia para padres en la era digital’, y se muestra favorable a la prohibición de redes sociales antes de los 16 años
El Manual de supervivencia para padres en la era digital (Espasa), de la psiquiatra Beatriz Martínez, no podría publicarse en un momento más oportuno. Estará en las librerías el 18 de febrero, apenas un par de semanas después de que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, anunciara su intención de prohibir las redes sociales a los menores de 16 años. El título describe bien su contenido: es una guía que muestra la evidencia científica sobre los efectos de las pantallas y las redes sociales en los menores, y ofrece pautas concretas y prácticas para abordar el fenómeno desde la experiencia de Martínez (Madrid, 40 años) como psiquiatra infantil, experta en problemas de neurodesarrollo y madre.
P. ¿Le parece bien la prohibición de redes hasta los 16 años?
R. Me parece bien. Yo sí creo que hace falta una legislación. Igual que el mundo real, internet hay que legislarlo y regularlo. Pero tampoco me gustaría que fuera una manera de decir que, como no van a poder entrar en redes antes de los 16, no hay que hacer nada. Es todo lo contrario. Por eso también es muy pertinente este libro, con la idea de entrenar a padres y educadores respecto a cómo hacer esa educación digital tan necesaria a lo largo de las etapas de la vida del niño.
P. La idea es empezar la educación digital desde bebés.
R. Desde que nacen. Me espanta verles en el carrito con vídeos o juegos en el teléfono móvil. Luego está el acceso a redes sociales, pero tampoco a los 16 vamos a decir: “Bueno, ya puedes hacer lo que te dé la gana”. La idea es que puedan tener un pensamiento crítico para lo que se van a encontrar en internet, cada vez con mayor innovación: desde la inteligencia artificial hasta las fake news o los deepfakes. Van a necesitar más que nunca cuestionarse aquello que ven.
P. Hay estudios que muestran una correlación: cuanto antes empieza el uso de redes, peor es la salud mental.
R. Sí. Sabemos que aquellos que tuvieron un smartphone con acceso libre a contenidos de redes e internet antes de los 15 años, tenían peores indicadores de salud mental. Y además indicadores graves. No solo hablamos de síntomas como ansiedad o depresión, sino también de ideación autolítica, intentos autolíticos y autolesiones.
P. ¿Tiene sentido que la edad de corte sea 16 años?
R. Tiene una lógica. Algunos países se han decantado por los 15, probablemente por estos estudios. En España, los 16 coinciden con otros hitos: el consentimiento sanitario, la conducción de ciclomotores. Legalmente acompaña y resulta coherente.
P. Aunque haya una regulación y una edad fija, en el libro insiste en que cada adolescente requiere de un acompañamiento personalizado.
R. Claro, como en otras cosas. Va a haber adolescentes que necesiten límites más duros, más estrictos. Eso pasa también con las normas de casa. A veces comparo el acceso a internet con las salidas sociales del día a día. Según vas creciendo, haces salidas más autónomas y menos supervisadas. La clave en el mundo de internet sería la misma. Tenemos que preparar a niños y niñas para que el día de mañana accedan a la tecnología de manera segura. Si no les educamos y no les acompañamos, no van a saber hacerlo por muchos 16 años que tengan.
P. ¿Qué problemas puede dar una exposición temprana y descontrolada?
R. Se habla mucho del tiempo y de lo adictivo: el scroll infinito, los vídeos cortos que te enganchan. Eso es un problema, sí, pero la realidad es más amplia. Los algoritmos enseñan aquello en lo que te quedas, y te quedas en lo que despierta una emoción, cuanto más extrema, mejor. Si estás en una etapa de crisis, como la adolescencia, emociones polarizadas como el enfado o la tristeza generan más reacción. Si además te expones a contenidos no adecuados para tu edad —incluido acceso a imágenes para adultos—, el algoritmo seguirá ofreciéndote más de eso.
P. A su consulta llegan casos graves vinculados a internet.
R. Me gusta compararlo con la construcción de un puente. La genética serían los planos; hay puentes más vulnerables que otros. Si pasan pocos coches, no pasa nada. Pero si metes más tráfico, algunos puentes se caen. Las redes sociales pueden ser ese tráiler adicional. Quienes tienen mayor vulnerabilidad biológica, pueden verse más afectados. Para algunos es un tsunami.
P. También hay una parte positiva.
R. Sí. Antes, si te gustaba el anime o el manga y en tu entorno eras “el raro”, te sentías aislado. Gracias a internet puedes encontrar comunidades, compartir intereses, incluso tu arte. También en colectivos vulnerables, como el LGTBI, puedes encontrar apoyo si en casa no siempre se entiende tu realidad.
P. ¿Sería una solución crear móviles para adolescentes o redes sociales capadas que mostrasen solo cierto tipo de contenidos?
R. Sí. Igual que un adolescente puede conducir un ciclomotor que no alcanza 200 kilómetros por hora, ¿por qué no dispositivos que no permitan acceder a todo? Incluso de fábrica. Muchos padres ponen controles parentales, pero los adolescentes saben saltárselos. ¿Por qué no tener algo que no se pueda tunear? Que no puedas marcar la pestañita de “tengo más de 18 años” porque simplemente no se abre esa página.
P. Más allá de los límites tecnológicos, insiste en hablar con los hijos.
R. Claro. Si tú dices “eso es una chorrada”, se acabó la comunicación. Pero si preguntas por qué le interesa ese contenido, qué le quiere vender un influencer, qué gana esa persona, abres diálogo. Si tu hijo te cuenta algo, ya es positivo. El problema es cuando no te cuenta nada.
P. Antes de las redes, está el acceso al dispositivo en sí. Propone un calendario progresivo.
R. Sí, para dar una oportunidad de hacer un uso compartido de la tecnología. Me parece terrible que un niño de uno o dos años esté solo con una tablet. Hay pérdida de oportunidad. El cerebro necesita entorno, interacción. Hay momentos del desarrollo que no se pueden recuperar. Igual que si no detectas una sordera antes de los cinco años el niño no hablará, hay adquisiciones emocionales y vinculares que se dan en etapas concretas. Hemos visto niños con retraso en el lenguaje por exceso de pantallas que, al retirarlas, avanzan sin problema médico alguno. Igual que hoy nos parecería una burrada mojar el chupete en anís para que el niño duerma, dentro de unos años veremos igual dejarles pegados a una pantalla.
P. ¿Cuál sería la edad adecuada para tener móvil propio?
R. No antes de 14 o 15 años. Y aun así, con limitaciones. No entiendo que con 14 años tengas datos ilimitados para acceder a cualquier cosa fuera de casa. En cuanto a tablets individuales, antes de los diez años ningún niño debería tener una. Otra cosa es un uso compartido y puntual, como ver una película en un viaje largo. El problema es el consumo individual de aplicaciones diseñadas para enganchar, con mucha reacción en poco tiempo y experiencias que no se acaban nunca.
P. Usted con su hija firmará un contrato cuando le dé un dispositivo.
R. Me parece una manera fácil de ordenar la conversación y que quede claro qué se acuerda. Además, permite renegociar. No es lo mismo el uso a los 14 que a los 17. También deja claro que el dispositivo no es del niño, aunque sea un regalo. El dispositivo está en la casa y son los padres quienes ponen límites. En el contrato se puede acordar cuándo se usa, para qué, a qué contenidos se accede y qué consecuencias habrá si no se cumple. Consecuencias no significa castigo, pero todos necesitamos límites para crecer.
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