<p>Quizá el error persistente al analizar <strong>Bitcoin </strong>consista en tratarlo como un objeto económico cuando se comporta más como una relación tóxica. Aparecen rasgos reconocibles: un fuerte narcisismo narrativo que exige atención constante, una separación persistente entre resultados y expectativas, una desconfianza estructural hacia cualquier crítica externa y una sociabilidad intensa que sustituye el criterio económico por pertenencia. Este patrón no permite anticipar el momento exacto de una ruptura, aunque explica por qué el vínculo se prolonga incluso cuando las promesas se debilitan.</p>
Quizá el error persistente al analizar Bitcoin consista en tratarlo como un objeto económico cuando se comporta más como una relación tóxica. Aparecen rasgos re
Quizá el error persistente al analizar Bitcoin consista en tratarlo como un objeto económico cuando se comporta más como una relación tóxica. Aparecen rasgos reconocibles: un fuerte narcisismo narrativo que exige atención constante, una separación persistente entre resultados y expectativas, una desconfianza estructural hacia cualquier crítica externa y una sociabilidad intensa que sustituye el criterio económico por pertenencia. Este patrón no permite anticipar el momento exacto de una ruptura, aunque explica por qué el vínculo se prolonga incluso cuando las promesas se debilitan.
No todo lo que carece de valor económico desaparece. Algunas cosas aprenden a quedarse, y Bitcoin lleva más de una década habitando esa categoría incómoda. No genera flujos, cumple mal las funciones del dinero y carece de un anclaje productivo claro, pero persiste. El rasgo verdaderamente relevante es el tiempo durante el cual ha logrado sostenerse pese a una crítica reiterada. En economía, esa persistencia no convierte una mala tesis en buena, aunque obliga a preguntarse por las condiciones que la han hecho posible. Durante años, la respuesta estuvo en un entorno monetario excepcional. La política ultraexpansiva no fue un paréntesis breve, fue un régimen prolongado que permitió la supervivencia de activos sin rendimiento intrínseco gracias a la abundancia de liquidez, la compresión del riesgo y la necesidad de relatos alternativos en un mundo de tipos cercanos a cero.
La analogía con las burbujas del vino ayuda a entender esta dependencia. En los espumosos de calidad, las burbujas no son un adorno: informan sobre el proceso que ha tenido lugar dentro de la botella. Su tamaño y persistencia reflejan fermentación, tiempo y transformación del líquido. En otros casos, la espuma aparece por presión externa, gas añadido o agitación, y desaparece sin que el contenido haya cambiado. La burbuja está ahí, aunque no dice nada relevante sobre lo que hay dentro. El comportamiento de Bitcoin se parece bastante más a este segundo caso.
Desde el punto de vista económico, esa falta de transformación se observa con claridad. Bitcoin no actúa como dinero, porque su uso como medio de pago en economías avanzadas sigue siendo marginal. Tampoco funciona como refugio, ya que su comportamiento se acerca al de los activos de riesgo cuando el sistema se tensiona. No ofrece rentas ni productividad futura, ni mejora de forma apreciable el funcionamiento del sistema financiero. Si fuera una infraestructura monetaria emergente, su demanda debería crecer cuando aumenta la incertidumbre. Ocurre lo contrario: prospera en entornos de liquidez abundante, tipos bajos y apetito por riesgo.
La entrada de capital institucional suele presentarse como una señal de madurez. En la práctica, introduce profundidad financiera sin generar uso económico real. Los nuevos vehículos facilitan el acceso, reducen fricciones y suavizan la volatilidad, pero no conectan el activo con la economía productiva.
Ese mismo marco ayuda a entender lo que puede ocurrir a medida que la política monetaria se normaliza. Con tipos positivos, alternativas de inversión que vuelven a ofrecer rendimiento y mayor disciplina financiera, la presión que sostenía la espuma se reduce de forma gradual. En ese contexto, Bitcoin puede perder centralidad sin desaparecer. El escenario más probable apunta a un aterrizaje largo. Bitcoin quedará como un activo financiero residual, mantenido por inercia institucional y presencia en carteras diversificadas, con precio observable y escasa función económica.
Las burbujas no son el problema. El problema aparece cuando la espuma se confunde con el contenido. A medida que la política monetaria se normaliza, la presión disminuye y la física económica vuelve a imponerse y deja a la vista qué había realmente en la copa.
Francisco Rodríguez es Catedrático de Economía de la UGR y director del Área Financiera y Digitalización de Funcas.
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