<p>Cuando fantaseamos sobre cómo sería Marilyn Monroe si siguiera viva, con frecuencia la comparamos con Brigitte Bardot. La americana y la francesa solo se llevaban 8 años. Bardot, eso sí, ha vivido 55 años más. Le ha dado tiempo a retirarse, a envejecer e incluso a perder los papeles un poco. <strong>91 años dan para mucho</strong>: para ser un símbolo sexual, para dejar de serlo, para renegar de todo lo anterior, para erigirse en emblema de la causa animalista y para casarte con un político ultra. Marilyn apenas pasó de la primera etapa.</p>
Cuando fantaseamos sobre cómo sería Marilyn Monroe si siguiera viva, con frecuencia la comparamos con Brigitte Bardot. La americana y la francesa solo se llevaban 8 años. Bardot, eso sí, ha vivido 55 años más
Cuando fantaseamos sobre cómo sería Marilyn Monroe si siguiera viva, con frecuencia la comparamos con Brigitte Bardot. La americana y la francesa solo se llevaban 8 años. Bardot, eso sí, ha vivido 55 años más. Le ha dado tiempo a retirarse, a envejecer e incluso a perder los papeles un poco. 91 años dan para mucho: para ser un símbolo sexual, para dejar de serlo, para renegar de todo lo anterior, para erigirse en emblema de la causa animalista y para casarte con un político ultra. Marilyn apenas pasó de la primera etapa.
Absolutamente independiente y rebelde en la madurez, Bardot llegó al estrellato como producto de, oh, sorpresa, un hombre. Roger Vadim, director de cine y pigmalión de mujeres icónicas, fue su marido entre 1952 y 1957. Esto es, entre los 18 y los 23 de ella. A las órdenes (ejem) de Vadim, Bardot filmó Y Dios creó a la mujer. Salió de esa película con el certificado de estrella en una mano… y otro amante cinematográfico en la otra: Jean Louis Trintignant.
Tras el divorcio, Vadim continuó su plan de construcción-lanzamiento-cópula de mujeres icónicas (Catherine Deneuve, Jane Fonda) y Bardot, ya lanzada, desarrolló una carrera bastante extraña. Sus intereses iban por otro lado. Quedó claro cuando se convirtió en la cara visible de la lucha contra la caza de focas y, en general, de los derechos de los animales. Lo suyo era más eso que hacer pelis.
Brigitte Bardot jamás ganó ningún premio de interpretación relevante. Su única nominación a los estrafalarios BAFTA británicos, en 1967 por ¡Viva María!, terminó con el premio en manos de Jeanne Moreau, nominada por la misma (y extrañísima) película de Louis Malle. El mensaje estaba claro: Moreau era una actriz, Bardot solo («solo») una estrella. Diez años antes, a Marilyn le pasó lo mismo. Murió cuatro después.
Es improbable que Monroe, un puro producto de Hollywood, de sobrevivir a lo que fuese que le pasó el 4 de agosto de 1962, hubiera tenido una trayectoria similar o paralela a la de Bardot. A Norma Jean sí parecía interesarle genuinamente el cine. Marilyn habría sacado mucho más de una película como El desprecio, quizá la más icónica de Brigitte. Para desprecio, el que a veces parecía tener la francesa por su propio oficio. Una diva también es eso.
Que la Bardot era más estrella que actriz queda claro cuando analizamos la influencia de su figura en la cultura pop: sus trabajos interpretativos apenas son referenciados y, sin embargo, su nombre aparece con frecuencia cuando hablamos de moda, peinados, estilo o actitud. Modelos como Claudia Schiffer o Laetitia Casta han forjado carreras exitosas sin renegar de las comparaciones con Bardot. Al tiempo, casi podríamos decir que actrices como Léa Seydoux huyen de eso desesperadamente para ser tomadas en serio. Para haber sido tan poco como actriz (las cosas como son), Brigitte Bardot fue muchísimo como icono. Ahora, seguro, está con Marilyn. Y con Sara. Y con Mae.
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