<p>Tras 43 años con <strong>Tricicle </strong>y cuatro en solitario, <strong>Carles Sans</strong> (Badalona, 1955), el último del mítico trío que seguía subiéndose a ellos, ha decidido despedirse de los escenarios. Lo hace con un último espectáculo cuyo título no engaña,<strong> ‘Por fin me voy’</strong>, cuya gira ya recorre España. El (gran) número de actuaciones y la (veloz) venta de entradas podrían ser una tentación de continuidad, pero el cómico no titubea: «Lo dejo seguro, aunque el día concreto lo decidirá el éxito del show. Si va como el anterior, igual estoy tres años yéndome. Una despedida muy nuestra, que desde que decimos que nos vamos hasta que de verdad lo hacemos a menudo pasan dos copas».<br></p>
El último de los Tricicle que seguía en los escenarios se despide con una última gira: «Son 50 años de llenos, risas y éxito, pero hay que saber irse», explica
Tras 43 años con Tricicle y cuatro en solitario, Carles Sans (Badalona, 1955), el último del mítico trío que seguía subiéndose a ellos, ha decidido despedirse de los escenarios. Lo hace con un último espectáculo cuyo título no engaña, ‘Por fin me voy’, cuya gira ya recorre España. El (gran) número de actuaciones y la (veloz) venta de entradas podrían ser una tentación de continuidad, pero el cómico no titubea: «Lo dejo seguro, aunque el día concreto lo decidirá el éxito del show. Si va como el anterior, igual estoy tres años yéndome. Una despedida muy nuestra, que desde que decimos que nos vamos hasta que de verdad lo hacemos a menudo pasan dos copas».
- ¿El «por fin» del título refleja tu alivio por dejarlo o el de los demás por perderte de vista?
- [Risas] Un poco de todo, supongo. Cuando Tricicle decidió dejarlo y yo emprender esta aventura en solitario, se me ocurrió llamar a mi espectáculo ‘Por fin solo’. Mucha gente me dijo: «Pero, hombre, ¿cómo dices eso? Parece que tuvieras ganas de perder de vista a Tricicle». No es eso. Es como aquel padre que quiere mucho a su familia, pero hay un momento en que se van todos de la casa, se queda tranquilo y dice: «Uf, les quiero mucho, pero estoy en la gloria. Por fin solo». Esa era mi sensación entonces y ahora me ha hecho gracia seguir con ese juego.
- ¿Has pensado cómo será el último día después de 47 años en el escenario?
- No.
- ¿De verdad?
- Cuando llegue, ya lo pensaré. Esta gira tiene un componente emocional inevitable, pero cuando las cosas llegan poco a poco no les das tanta importancia. Lo estás preparando tanto tiempo que cuando llega te parece un día normal. No recuerdo nada concreto de la última función de Tricicle, por ejemplo, y eso que fue una despedida muy destacada, con cinco llenos en el Liceu de Barcelona. No sé cómo será esta, pero tampoco lo pienso.
- ¿Por qué has tomado esta decisión cuándo aún llenas por toda España?
- No me veo obligado a ello, podría seguir en el escenario muchos años como hacen tantos actores que trabajan hasta la muerte, pero al final es una decisión personal y vital y yo sentía que era el momento de cerrar esa etapa. Eso no quiere decir que deje el mundo del teatro. Abandono los escenarios, pero voy a seguir dirigiendo, como he dirigido ahora ‘El Tenorio’, con Silvia Abril y Andreu Buenafuente. Quiero trabajar desde la retaguardia, no estar obligado a hacer esos bolos que me han saturado ya un poco.
- ¿Te apetece dejar de dar la cara?
- Me encanta actuar, esa hora y media no la cambio por nada, pero todo lo que lo envuelve, el viaje, las horas de estar en un hotel esperando, las noches fuera de casa en una ciudad mil veces vista… Todo eso es lo que hace que no salgan las cuentas en la calculadora. En los últimos 50 años he estado más noches fuera de casa que en casa y más tiempo con mis compañeros de Tricicle que con mi familia. Eso está muy bien, ha sido muy divertido y me ha dado grandes satisfacciones, pero hay un momento en que deja de compensar.
- ¿Qué balance haces de tu carrera?
- Cuando pienso que he hecho una carrera de medio siglo y estoy en el que será mi último espectáculo… Joder, ha estado bien, ha estado de la hostia. Desde el día que salí del Institut del Teatre de Barcelona y empezamos con esa aventura de Tricicle hasta hoy, todo han sido teatros llenos, público riendo y producciones de éxito. Incluso tras dejar el grupo y emprender esta aventura en solitario, que realmente era un riesgo importante porque a veces el público no acepta que le mueves una pieza del puzle, todo ha funcionado y van 160.000 espectadores y más de 360 funciones. Otro éxito. ¿Qué puedo decir? He vivido este oficio como un regalo maravilloso.
- Si os llegan a decir a tres amigos veinteañeros que os ibais a forrar como mimos…
- Era absolutamente impensable. Estudiábamos arte dramático y empezábamos con todas las ganas de expresar y sacar todo lo que aprendías en la escuela de la manera en que fuera. Nosotros apostamos por la comedia y el mimo en ese momento, pero si nos hubieran dicho que íbamos a ser un fenómeno internacional y a tener un éxito continuado en España y fuera durante 43 años, nos habríamos partido de risa.
- Lo de no hablar os abriría mucho mercado, os entendía igual el de Badalona que el de Estocolmo.
- Sí, pero al mismo tiempo era mucho más arriesgado. Era muy difícil lograr que el público viniera a ver una obra de una hora y media en la que no se decía ni mu y no sólo se quedara, sino que volviera y nos recomendara. Eso fue la leche.
- Cuando Tricicle empezasteis a hablar, aunque no mucho, fue un suceso. Un poco como aquella célebre campaña de «¡Garbo habla!», cuando la actriz sueca se pasó al cine sonoro.
- Poco a poco empezamos a meter sonidos. Al principio eran onomatopeyas y luego ya alguna que otra frasecita. En el fondo, teníamos unas ganas tremendas de empezar a hablar, pero nos controlamos siempre porque sabíamos que lo que caracterizaba a Tricicle era ese silencio. En cuanto emprendí mi aventura en solitario lo primero que tuve claro es que sería un error pretender hacer lo mismo que Tricicle, pero yo solo. Entonces, no me quedaba otra que hablar, cosa que me apetecía mucho, y ahora que estoy actuando con texto lo disfruto muchísimo. Nunca pensé que yo pudiera llegar a aprenderme un texto de 50 páginas. Antes veía a amigos actores que hacen monólogos y pensaba: «¡Qué agallas, qué valor!». Y ahora, fíjate. Ni con 70 años puedes decir que no eres capaz de hacer algo
- ¿Disfrutas de la soledad?
- Sí. Al principio, fue un poco raro, pero muy poco tiempo. Cuando ves que lo que tienes entre manos funciona, no nos engañemos, es una inyección de autoestima importante.
- A nivel teatral, aquella Barcelona de principios de los 80 es legendaria. Además, se juntaron dos cosas que hoy parecen incompatibles: vanguardia y éxito popular.
- Había mucha influencia del teatro europeo porque desde Francia entraban cosas muy interesantes y surgimos una serie de grupos que marcamos muchísimo: Els Comediants, Dagoll Dagom, La Fura dels Baus, nosotros… Fue muy bestia y un momento único que no se ha vuelto a repetir en el teatro español ni, sintiéndolo en el alma, tiene pinta de que vaya a hacerlo.
- ¿Por qué crees que el peso del teatro en la conversación cultural española se ha ido diluyendo?
- Nosotros fuimos el resultado de un momento sociopolítico muy determinado. Veníamos de una represión, teníamos unas ganas tremendas de expresarnos en libertad, de asumir riesgos y de chupar todo lo que venía de fuera. Y, además, los actores teníamos vocación. No digo que ahora no se tenga, pero el trabajo se ve desde otro punto de vista, digamos, más profesional. Antes los actores éramos quienes conducíamos la furgoneta, la descargábamos, montábamos el escenario, actuábamos, volvíamos a arrancar de viaje y, en definitiva, lo hacíamos todo. Ahora eso ya no pasa.
- No es algo necesariamente negativo.
- No digo que esté mal, pero el actor se ha profesionalizado, cada persona del equipo hace su rol y la implicación es menor. En aquel momento, todos hacíamos de todo porque todo nos parecía la hostia. En realidad, esto pasa en todos los oficios, pero en el teatro más. Cuando era joven y me ofrecían un papel en una compañía, no preguntaba cuánto iba a cobrar ni cuándo eran los ensayos. Saltaba de alegría. Salía por la mañana, llegaba muerto 14 horas después a casa y lo recuerdo con mucho orgullo. Ahora lo primero que preguntan los actores es por el dinero. Está muy bien la pregunta, es lícita, pero cambia absolutamente el enfoque de la profesión.
- Hombre, tú has cobrado bien.
- Hicimos dinero, claro. Cosa que en aquella época no estaba muy bien vista en el mundo del teatro. Era sospechoso porque éramos todos muy del rollo de que quien ganaba mucho dinero es porque se había vendido. Por eso, cuando vino Chicho Ibáñez Serrador a ofrecernos salir en el ‘Un, dos, tres’, le dijimos varias veces que no. ¡Cómo íbamos nosotros, gente de teatro, a salir en un programa tan comercial! Pero insistió, cedimos y fíjate la que se lió. Menos mal que no fuimos idiotas del todo.
- Era 1983, hicisteis la célebre parodia de ‘Soy un truhán, soy un señor’ y los siguientes diez años sois estrellas del rock, con el punto álgido de la ceremonia de Clausura de Barcelona 92.
- Eso fue increíble. El COI estaba acojonado con que rompiéramos el protocolo en la parte en que le hacíamos una reverencia al Rey y a los demás mandatarios, pero Samaranch nos respaldó y el Rey nos siguió el juego y se partió de risa.
- ¿Se idealiza esa España del 92?
- No, es bastante verdad que éramos un país más feliz y más unido. Recuerdo un clima muy positivo, con muchas ganas de que aquello saliera muy bien, de remar todos en la misma dirección, de participar de algo que sabíamos que era muy potente y de demostrarle al mundo que éramos un país moderno y capaz de todo. En lo personal, aquella vuelta en la Clausura fue superbestia. Fueron cinco minutos que a mí me parecieron cinco segundos y lo vieron miles de millones de personas en todo el mundo. La repercusión fue increíble, un poco lo de las estrellas de rock que decías tú antes.
- ¿Cómo se vive semejante fama en un ambiente en el que eso sucede muy poco?
- Nosotros vivimos varias cosas que en nuestra profesión no sucedían. Nos contrataron para ir a Broadway. Luego no funcionó, pero fue muy bestia y muy inesperado. Haciendo un producto nuevo, distinto y gestual pudimos viajar por medio mundo, hemos actuado en Estados Unidos o en Australia, hemos tenido varias compañías… No alcanzábamos a llegar a tantos sitios donde nos contrataban, así que creamos una segunda compañía clónica, pero con otros actores que hacían nuestro mismo espectáculo en otros países y otra tercera, más pequeña, que actuaba en pueblos más pequeños de España. Nosotros sólo íbamos a grandes capitales [risas].
- ¿Por qué no funcionó lo de Broadway?
- Nos hicieron cambiar muchísimo el espectáculo para adaptarlo a la sociedad americana y eso lo estropeó todo. Además, vino al principio un crítico de The New York Times y su crítica, aunque no era muy mala, no invitaba a venir a vernos. Si en un lugar donde hay 100 espectáculos diarios, no tienes una buena crítica en el Times, estás muerto.
- Has dicho antes que en el 92, en España, remamos todos juntos. ¿Ya no?
- Muy poco. Ahora vivimos en una sociedad mucho más individualista y cada uno va tirando para su lado en lo personal, en lo laboral, en lo político… En todo.
- ¿Has pensado ya qué vas a hacer con el tiempo libre?
- En ‘Por fin me voy’ hablo sobre este asunto. Desgrano todo aquello que me dicen que, supuestamente, tengo que empezar a hacer cuando deje de trabajar y, por una cosa u otra, me lo voy cargando todo. Así que tendré que pensar otras cosas porque no me veo con la jardinería. No me preocupa, algo habrá y tengo ganas. Encuentro fantásticos a esos compañeros de profesión que siguen trabajando hasta que no pueden más, pero yo ahora estoy fuerte y estupendo. Me voy muy bien, todavía puedo saltar y dar volteretas. Lo dejo porque no quiero ser uno de tantos artistas a los que se mira más con cariño que con admiración. Hay que saber irse.
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