<p>Durante casi cuatro décadas, China probó un experimento: domesticar la demografía a golpe de limitar el número de hijos por familia. No más de uno. El poder político intervino de forma directa en la esfera más íntima, vigilando la reproducción por vía administrativa. La política del hijo único, vigente entre 1980 y 2015, fue presentada como una cirugía necesaria para evitar la asfixia del país; que un crecimiento excesivo de la población no frenara el desarrollo económico. Cuando Pekín levantó el bisturí y permitió dos hijos, primero, y tres, después, descubrió que <strong>la natalidad no responde a decretos de un Gobierno</strong> empeñado en meterse en la cama de los ciudadanos.</p>
El país introduce nuevas medidas para revertir las consecuencias de la política del hijo único
Durante casi cuatro décadas, China probó un experimento: domesticar la demografía a golpe de limitar el número de hijos por familia. No más de uno. El poder político intervino de forma directa en la esfera más íntima, vigilando la reproducción por vía administrativa. La política del hijo único, vigente entre 1980 y 2015, fue presentada como una cirugía necesaria para evitar la asfixia del país; que un crecimiento excesivo de la población no frenara el desarrollo económico. Cuando Pekín levantó el bisturí y permitió dos hijos, primero, y tres, después, descubrió que la natalidad no responde a decretos de un Gobierno empeñado en meterse en la cama de los ciudadanos.
En el país que alberga a una sexta parte de la población mundial, el silencio de las cunas se ha convertido en un gran problema para un Estado que se ha pasado tanto tiempo restringiendo los nacimientos que ahora no da con la tecla para revertir las desastrosas tasas de natalidad que amenazan con erosionar el crecimiento económico.
El Gobierno de Xi Jinping está continuamente reformando sus políticas familiares con todo tipo de incentivos. Uno de los últimos anuncios fue que todos los gastos médicos relacionados con el parto serán gratuitos a partir de este 2026 y se reembolsarán todos los gastos prenatales. A lo que se añade un programa nacional de subsidios para el cuidado infantil: 3.600 yuanes (alrededor de 450 euros) anuales por cada niño menor de tres años.
Pero la medida viral de las últimas semanas va por otro lado: por primera vez desde 1993, los condones y anticonceptivos estarán sujetos a un IVA del 13%. La decisión, enterrada discretamente en una reforma fiscal destinada a modernizar este año el sistema tributario, tiene un evidente aroma demográfico. Tras décadas regalando preservativos, ahora hay que pagar más por ellos porque así lo ha decidido el mismo poder que se dedicó a multar a las familias que no daban uso de ellos en el pasado.
La población china disminuyó por primera vez en 2022 y ha seguido menguando desde entonces. La tasa de natalidad, situada en 6,77 nacimientos por cada 1.000 habitantes, repuntó mínimamente en el último recuento, pero sigue muy lejos de los niveles históricos. Al mismo tiempo, la población activa -entre 16 y 59 años- se redujo en casi siete millones de personas, mientras los mayores de 60 ya representan el 22% del total. Las proyecciones no son optimistas: en 2035, alrededor del 30% de los chinos tendrá más de 60 años, y antes de 2080 los mayores de 65 superarán numéricamente a la población en edad laboral.
La subida del precio de los anticonceptivos se incluye ahora en una nueva ley que alcanza desde reducciones fiscales para el cuidado infantil hasta para los «servicios de introducción al matrimonio», lo que viene a ser potenciar con subvenciones a las tradicionales casamenteras que hoy trabajan en agencias matrimoniales más formales.
Junto a las políticas nacionales, proliferan los experimentos locales. En la ciudad de Shenzhen, las parejas con un tercer hijo pueden recibir hasta 19.000 yuanes (2.300 euros) en ayudas; en Jinan, las madres de un segundo o tercer hijo obtienen subsidios mensuales y licencias de maternidad ampliadas hasta 158 días. Otras ciudades ofrecen horarios laborales flexibles, teletrabajo, descuentos en tratamientos de fertilidad o bonificaciones en vivienda.
Para impulsar los matrimonios, paso previo tradicional a la paternidad, en provincias como Hebei, las autoridades declararon hace tiempo la guerra a las «costumbres matrimoniales poco saludables», en particular al caili, como se conoce a la dote que el novio entrega a la familia de la novia. Convertida en una pesada carga financiera, esta tradición es un freno para que muchas parejas decidan casarse.
Algunas administraciones locales han dado algunos pasos bastante más inquietantes. Los medios chinos informaron a finales del año pasado que en algunos condados de la provincia sureña de Yunnan los funcionarios estaban llamando a mujeres jóvenes preguntándose por sus ciclos menstruales y planes reproductivos, bajo el pretexto de realizar informes sobre el número de mujeres en edad fértil.
Por muchas presiones e incentivos económicos, China enfrenta el mismo problema que otras muchas grandes economías del mundo, especialmente dos vecinos asiáticos, Japón y Corea del Sur. Estas últimas líneas podrían servir para cualquiera de los tres países citados: los costes educativos se han disparado, la vivienda es inaccesible para muchos jóvenes, la inseguridad laboral ha aumentado desde la pandemia y se mantiene el cerrojo a la inmigración. Las nuevas generaciones priorizan la carrera profesional y las mujeres -más independientes que nunca- posponen o descartan la maternidad.
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