<p>La diferencia entre leer una novela, adaptarla o hacerse un sombrero con ella, no siempre está clara. William Wyler, por ejemplo, leyó <i>Cumbres borrascosas</i> en un lejano 1939 y la llevó a la pantalla con gusto, sentido dramático, muchos truenos y un Laurence Olivier y una Merle Oberon desatados. <strong>Buñuel tomó en sus manos la novela de Emily Brontë y vio en ella la más evidente y loca ilustración de todo lo oscuro</strong>, de todo lo soñado, de las fuerzas por necesidad surrealistas de lo siniestro. Un paso más allá, lo que se atrevió a hacer Andrea Arnold hace apenas unos años, en 2011, fue algo así como arrancar el alma al propio libro y arrojarlo con violencia contra la pantalla. Las tres son lecturas, son adaptaciones y, apurando, son majestuosos sombreros, por lo que, cada una a su modo, tienen de irreverencia con un texto cuya naturaleza es la irreverencia.</p>
La nueva versión de la novela de Emily Brontë, firmada por Emerald Fennell y con Margot Robbie y Jacob Elordi, resulta tan entusiasta como autoindulgente, atolondrada y con una ausencia de química entre sus estrellas alarmante
La diferencia entre leer una novela, adaptarla o hacerse un sombrero con ella, no siempre está clara. William Wyler, por ejemplo, leyó Cumbres borrascosas en un lejano 1939 y la llevó a la pantalla con gusto, sentido dramático, muchos truenos y un Laurence Olivier y una Merle Oberon desatados. Buñuel tomó en sus manos la novela de Emily Brontë y vio en ella la más evidente y loca ilustración de todo lo oscuro, de todo lo soñado, de las fuerzas por necesidad surrealistas de lo siniestro. Un paso más allá, lo que se atrevió a hacer Andrea Arnold hace apenas unos años, en 2011, fue algo así como arrancar el alma al propio libro y arrojarlo con violencia contra la pantalla. Las tres son lecturas, son adaptaciones y, apurando, son majestuosos sombreros, por lo que, cada una a su modo, tienen de irreverencia con un texto cuya naturaleza es la irreverencia.
Y luego está lo que propone Emerald Fennell que básicamente es lo mismo que las tres predecesoras citadas (hay infinidad más), pero al revés. Aquí lo que importa es el sombrero, uno con muchas plumas. La idea es someter la versión más torturada, sangrante, turbia y visceral del muy denostado amor romántico a algo así como un electrosock o, mejor –dado que la banda sonora la firma Charli XCX–, electropop. La directora de los terremotos irrefutables Una joven prometedora y Saltburn propone no tanto una lectura o una adaptación como una especie de enmienda a la totalidad, de revisión exagerada de los principios fundacionales de la pasión, de la pasión de colores. Se diría que, fiel a los tiempos que corren y nos corren, la idea no es otra que convertir cada fragmento de la novela en una especie de deslumbrante post de Instagram de consumo tan rápido como obsesivo. Y con muchos emoticonos. Todo sorprende, todo embelesa, todo exige ser compartido de inmediato y, lo peor, todo queda condenado al olvido en el scroll infinito de estampas que propone la película.
De esta guisa, y ajena a la estructura de cuento narrado del texto original, la película fabula de forma lineal el encuentro, en el caserón de Cumbres Borrascosas y en la más tierna de las infancias, del pobre desheredado Heathcliff (Owen Cooper) y de Catherine (Charlotte Mellington). El arranque de la película, entre lo morboso, lo crudo y lo extravagante, durante la celebración de un ahorcamiento seguido de un amago de orgía da la pauta. Lo relevante es no dejar nunca indiferente. Los críos crecen, se convierten en Jacob Elordi y Margot Robbie y se aman. Pero, y esto es lo que cuenta, se aman mal en una exhibición de falta de química preocupante. Lo hacen, eso sí, sin medida, sin control y sin esperanza. Se aman tanto que no les queda otra que hacerse la vida imposible. Se aman hasta el más extenuante de los agotamientos. Se aman en un palacio con el aspecto del trastero donde Jean Paul Gaultier amontona todas sus pesadillas o, peor, los sobrantes de las últimas campañas navideñas. No es barroquismo, es peor, es descontrol. Toda la parte de los herederos, por cierto, queda fuera.
Digamos que todas las soluciones visuales, desde la pared del color de la misma piel de la protagonista hasta la casa de muñecas que reproduce exactamente la Granja de los Tordos de los Linton pasando por la chimenea confeccionada con manos humanas, abruman. Y lo hacen con una fascinación por los guiños anacrónicos y los desmanes pop tan divertida como autoindulgente, tan hipnótica como gratuita. Como arbitraria se antoja la relectura del clásico que, para sorpresa de todos, plantea Fennell (no olvidemos que hablamos de la directora de la bomba Una joven prometedora) ajena al aspecto más turbio y se diría que moderno de la novela sobre el poder destructivo de los buenos sentimientos, sobre la arrogancia reaccionaria y violenta de, otra vez, el muy cansino amor romántico.
Todo se lo permite Fennell y bien está que así sea. El problema, y no menor, es la intrascendencia de todo, la falta de pulso de emocional, el vacío gramatical, el atolondramiento digamos. Cuando el protagonista recite ante el cadáver de su amada aquello de «¡No puedo vivir sin mi vida! ¡No puedo vivir sin mi alma!», el cansancio, tanto visual como argumental, es tal que las palabras, unas de las más graves y soberbias jamás escritas, quedan ya sin fuerza, desasistidas, sin filo, sin abismo. Un sombrero.
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Dirección: Emerald Fennell. Intérpretes: Margot Robbie, Jacob Elordi, Hong Chau. Duración: 136 minutos. Nacionalidad: Estados Unidos.
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