<p>La vida es dura en enero. Fuera, el frío. Dentro, el tedio. El informe <strong>Cigna Healthcare International Health Study</strong> revela que este mes «se relaciona con un aumento del estrés y la baja motivación debido a factores como el clima, los gastos navideños y la vuelta a la rutina». Contexto que «se vuelve más preocupante si se tiene en cuenta que el 42% de los españoles declara no estar motivado con su trabajo». Y lo que queda. Hace poco doblamos el cabo del Blue Monday, el día oficialmente más triste del año. Pero los martes pueden ser peores, como una confirmación del horror. Y febrero es el martes de los meses. <br>Además, los españoles sufrimos más. <strong>Cigna </strong>subraya que el porcentaje de desmotivados patrios supera la media global, del 38%. Mientras nos preguntamos por qué, estos días acapara la atención cinéfila una película como <i>Los Domingos,</i> propiciadora de un interesante debate. <strong>Manuel M. Molina, </strong>codirector Cátedra <strong>Moeve </strong>y vicedecano de CCEE y Empresariales del <strong>CEU San Pablo,</strong> recuerda que la trama de Los domingos «gira en torno a una joven que elige una vía de vida vocacional (vida religiosa) frente a la expectativa social de carrera estándar», y vaticina que «seguramente se abra conversación pública sobre qué entendemos por éxito, propósito y libertad». Además, concluye, «está muy presente en la agenda cultural por su peso en los <strong>Goya</strong> de este año», que se fallan el mes que viene.<br><strong>Álvaro Lleo, </strong>director del Máster de Dirección de Personas de la<strong> Universidad de Navarra,</strong> define la vocación profesional como «la inclinación profunda y sostenida de una persona hacia una actividad o profesión que percibe como significativa y coherente con sus valores más profundos». Para él, «suele estar estrechamente relacionada con la motivación, ya que cuando alguien siente que su trabajo responde a un propósito personal, tiende a comprometerse con mayor constancia y satisfacción. Sin embargo, no son conceptos idénticos: la motivación puede verse influenciada por factores externos como el salario, el reconocimiento o las condiciones laborales, mientras que la vocación tiene un carácter más interno y estable. Aunque puede fortalecer la motivación en el trabajo, también es posible estar motivado sin una vocación clara, o tener vocación y experimentar momentos de desmotivación».<br>La protagonista de Los domingos es una chica de 17 años dispuesta a dar un salto al vacío ingresando en un convento, decisión a la que se opone radicalmente su tía, profesional de éxito. <strong>Valeria Aragón, </strong>especialista en IA Pedagógica y autora de <strong>Educar rompiendo el molde, </strong>señala que «en las generaciones anteriores –los baby boomers y parte de la generación X– la vocación no ocupaba un lugar central». El objetivo era «encontrar un trabajo estable, hacerlo con responsabilidad, progresar dentro de lo posible y, sobre todo, asegurar el sustento». La vocación, mientras, «quedaba casi reservada a unos pocos afortunados. A medida que avanzamos hacia las generaciones millennial y posteriores, el concepto empieza a cobrar más peso». <br>Sin embargo, dice Aragón, «el sistema educativo y formativo actual no dedica recursos a los alumnos para identificar su potencial, a conocerse y a explorar posibles vocaciones. No se enseña a mirar hacia dentro ni a traducir lo que uno es en un proyecto profesional.<br>Como consecuencia, muchas personas llegan al mundo laboral con un gran desconocimiento de sí mismas. Esa falta de conciencia personal acaba reforzando la sensación de desmotivación y de desconexión con el trabajo».<br>Molina propone a los empleados algunas alternativas, como «diseñar microexperimentos: identificar tareas que dan energía contra los que lo drenan, y negociar pequeños cambios; crear un «portafolio de sentido: no cargar todo el sentido vital en el empleo; combinar contribución, aprendizaje y relaciones; o revisar la narrativa personal: qué problema me importa, qué sé hacer, en qué contexto florezco». A la empresa le aconseja incidir en la «calidad directiva: la relación con el mando es decisiva para que el trabajo tenga sentido; el diseño del puesto: autonomía real, objetivos comprensibles, feedback útil, carga sostenible; la conexión propósito–tarea: traducir el propósito corporativo a decisiones concretas». Pero también advierte del «abuso de vocación: si alguien tiene una fuerte vocación, la organización debe protegerlo de la sobreexigencia (doble filo)». <br>Sin exageraciones… pero sin pausa. «La idea de que la vocación solo se encuentra al comienzo de la vida es una ficción absurda», afirma Aragón. «Las personas cambian, evolucionan, atraviesan crisis, aprendizajes y transformaciones, y todo eso modifica también la relación con lo que les mueve. En muchos casos, identificar la vocación implica hacer un trabajo posterior de introspección: flexibilizar creencias heredadas, ideas sobre el éxito, el talento o incluso la percepción del propio valor». Y una herramienta clave: la curiosidad. «En el contexto actual, existe la ilusión de que una respuesta generada en un chat es aprendizaje, cuando en realidad saber algo implica explorarlo, investigarlo, observar por uno mismo y dejar que la experiencia nos atraviese». </p>
El contexto estacional recrudece la sensación entre los empleados de una falta de sentido de su trabajo: un 42% dice no sentirse motivado.
La vida es dura en enero. Fuera, el frío. Dentro, el tedio. El informe Cigna Healthcare International Health Study revela que este mes «se relaciona con un aumento del estrés y la baja motivación debido a factores como el clima, los gastos navideños y la vuelta a la rutina». Contexto que «se vuelve más preocupante si se tiene en cuenta que el 42% de los españoles declara no estar motivado con su trabajo». Y lo que queda. Hace poco doblamos el cabo del Blue Monday, el día oficialmente más triste del año. Pero los martes pueden ser peores, como una confirmación del horror. Y febrero es el martes de los meses.
Además, los españoles sufrimos más. Cigna subraya que el porcentaje de desmotivados patrios supera la media global, del 38%. Mientras nos preguntamos por qué, estos días acapara la atención cinéfila una película como Los Domingos, propiciadora de un interesante debate. Manuel M. Molina, codirector Cátedra Moeve y vicedecano de CCEE y Empresariales del CEU San Pablo, recuerda que la trama de Los domingos «gira en torno a una joven que elige una vía de vida vocacional (vida religiosa) frente a la expectativa social de carrera estándar», y vaticina que «seguramente se abra conversación pública sobre qué entendemos por éxito, propósito y libertad». Además, concluye, «está muy presente en la agenda cultural por su peso en los Goya de este año», que se fallan el mes que viene.
Álvaro Lleo, director del Máster de Dirección de Personas de la Universidad de Navarra, define la vocación profesional como «la inclinación profunda y sostenida de una persona hacia una actividad o profesión que percibe como significativa y coherente con sus valores más profundos». Para él, «suele estar estrechamente relacionada con la motivación, ya que cuando alguien siente que su trabajo responde a un propósito personal, tiende a comprometerse con mayor constancia y satisfacción. Sin embargo, no son conceptos idénticos: la motivación puede verse influenciada por factores externos como el salario, el reconocimiento o las condiciones laborales, mientras que la vocación tiene un carácter más interno y estable. Aunque puede fortalecer la motivación en el trabajo, también es posible estar motivado sin una vocación clara, o tener vocación y experimentar momentos de desmotivación».
La protagonista de Los domingos es una chica de 17 años dispuesta a dar un salto al vacío ingresando en un convento, decisión a la que se opone radicalmente su tía, profesional de éxito. Valeria Aragón, especialista en IA Pedagógica y autora de Educar rompiendo el molde, señala que «en las generaciones anteriores –los baby boomers y parte de la generación X– la vocación no ocupaba un lugar central». El objetivo era «encontrar un trabajo estable, hacerlo con responsabilidad, progresar dentro de lo posible y, sobre todo, asegurar el sustento». La vocación, mientras, «quedaba casi reservada a unos pocos afortunados. A medida que avanzamos hacia las generaciones millennial y posteriores, el concepto empieza a cobrar más peso».
Sin embargo, dice Aragón, «el sistema educativo y formativo actual no dedica recursos a los alumnos para identificar su potencial, a conocerse y a explorar posibles vocaciones. No se enseña a mirar hacia dentro ni a traducir lo que uno es en un proyecto profesional.
Como consecuencia, muchas personas llegan al mundo laboral con un gran desconocimiento de sí mismas. Esa falta de conciencia personal acaba reforzando la sensación de desmotivación y de desconexión con el trabajo».
Molina propone a los empleados algunas alternativas, como «diseñar microexperimentos: identificar tareas que dan energía contra los que lo drenan, y negociar pequeños cambios; crear un «portafolio de sentido: no cargar todo el sentido vital en el empleo; combinar contribución, aprendizaje y relaciones; o revisar la narrativa personal: qué problema me importa, qué sé hacer, en qué contexto florezco». A la empresa le aconseja incidir en la «calidad directiva: la relación con el mando es decisiva para que el trabajo tenga sentido; el diseño del puesto: autonomía real, objetivos comprensibles, feedback útil, carga sostenible; la conexión propósito–tarea: traducir el propósito corporativo a decisiones concretas». Pero también advierte del «abuso de vocación: si alguien tiene una fuerte vocación, la organización debe protegerlo de la sobreexigencia (doble filo)».
Sin exageraciones… pero sin pausa. «La idea de que la vocación solo se encuentra al comienzo de la vida es una ficción absurda», afirma Aragón. «Las personas cambian, evolucionan, atraviesan crisis, aprendizajes y transformaciones, y todo eso modifica también la relación con lo que les mueve. En muchos casos, identificar la vocación implica hacer un trabajo posterior de introspección: flexibilizar creencias heredadas, ideas sobre el éxito, el talento o incluso la percepción del propio valor». Y una herramienta clave: la curiosidad. «En el contexto actual, existe la ilusión de que una respuesta generada en un chat es aprendizaje, cuando en realidad saber algo implica explorarlo, investigarlo, observar por uno mismo y dejar que la experiencia nos atraviese».
Aragón, especialista en IA Pedagógica, ve un cambio de paradigma: «La IA nos empuja a hacernos preguntas que antes podíamos esquivar: qué aporto yo que no pueda automatizarse, dónde está mi criterio, mi mirada, mi capacidad de decisión, de creatividad, de relación humana. Y no se responden desde el puesto que ocupas, sino desde quién eres».
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