Donald, el hijo de Fred, un próspero promotor que a mediados del siglo pasado se dedicaba a construir bloques de apartamentos para la clase media en Brooklyn y Queens, quiso ser más rico que su padre y terminó convertido en rey del ladrillo de Nueva York y presidente de Estados Unidos. Donald Trump construyó un imperio sobre los cimientos del negocio familiar. Aprendió a hacer negocios de forma extrema y agresiva. “Me gusta pensar a lo grande. Siempre lo hago. Para mí es muy fácil: puesto que hay que pensar de todas maneras, mejor que sea a lo grande”, contaba el actual inquilino del Despacho Oval en The Art of Deal, un libro autobiográfico escrito en 1987 junto al periodista Tony Schwartz, cuando Donald Trump ya era una figura en la Gran Manzana. Para entonces la Trump Tower ya se erguía dorada hacia los cielos, redibujando el skyline neoyorkino.
El presidente de Estados Unidos y sus hijos mantienen una próspera relación comercial con entidades y autoridades de Oriente Próximo, donde han extendido sus negocios desde la vuelta del republicano a la Casa Blanca
Donald, el hijo de Fred, un próspero promotor que a mediados del siglo pasado se dedicaba a construir bloques de apartamentos para la clase media en Brooklyn y Queens, quiso ser más rico que su padre y terminó convertido en rey del ladrillo de Nueva York y presidente de Estados Unidos. Donald Trump construyó un imperio sobre los cimientos del negocio familiar. Aprendió a hacer negocios de forma extrema y agresiva. “Me gusta pensar a lo grande. Siempre lo hago. Para mí es muy fácil: puesto que hay que pensar de todas maneras, mejor que sea a lo grande”, contaba el actual inquilino del Despacho Oval en The Art of Deal, un libro autobiográfico escrito en 1987 junto al periodista Tony Schwartz, cuando Donald Trump ya era una figura en la Gran Manzana. Para entonces la Trump Tower ya se erguía dorada hacia los cielos, redibujando el skyline neoyorkino.
Casi cuarenta años después, la fortuna de Trump se ha multiplicado. Se estima entre 6.500 y 7.500 millones de dólares, según cálculos de Forbes y The New York Times. Al no ser una empresa cotizada no es fácil contabilizar su patrimonio, distribuido en numerosas propiedades inmobiliarias.
Sus negocios ya no proceden solo de rascacielos de lujo, casinos y campos de golf. Su imperio se ha visto reforzado por los vínculos con las monarquías del golfo Pérsico, donde su fortuna ha escalado varios peldaños de la mano de jeques y la industria de las criptomonedas. La misma región en la que ahora Washington ha desatado una guerra, aliado con Israel, y donde proyecta una reconstrucción en forma de resort de lujo de la destruida —por Israel— Franja de Gaza. “En mis malabarismos mantengo muchas bolas en el aire al mismo tiempo, porque muchos negocios fracasan por muy prometedores que hayan parecido”, escribió el republicano en aquel manual de los ochenta.
Para el presidente Trump, todo es un negocio. Y, aunque durante su primer mandato (2017-2021) aseguró que sus empresas no firmarían nuevos acuerdos comerciales en el extranjero para evitar mezclar sus actividades mercantiles con su cargo como presidente, parece haber cambiado de idea en este segundo mandato. “Entendí que a nadie le importaba”, admitió a The New York Times en una entrevista.
Los vínculos comerciales de la familia Trump con los países del golfo Pérsico se han multiplicado desde su primer mandato en la Casa Blanca. La actividad privada de la figura presidencial no está regulada por ley. Sus críticos advierten sobre posibles conflictos de intereses, ya que, a diferencia de lo que hicieron otros presidentes estadounidenses, sus empresas sí están aprovechando el tirón que supone tener al patrón sentado en el escritorio Resolute, en el despacho más importante de la primera potencia mundial.
“Se prevé que Trump obtenga unos ingresos enormes y sin precedentes de sus proyectos inmobiliarios en el extranjero durante su segundo mandato; se estima que esta cifra superará los 400 millones de dólares”, según un análisis realizado por la organización Citizens for Responsibility and Ethics in Washington (CREW). “Estos ingresos proyectados representarían un enorme incremento anual con respecto a los ingresos pasados, incluidos los más de 140 millones de dólares que Trump obtuvo de sus proyectos en el extranjero durante su primer mandato”, añade.
Trump ha convertido su nombre en una franquicia para hoteles de lujo, complejos de golf y otros activos digitales. Empresarios y gobiernos de Arabia Saudí, Qatar y Emiratos Árabes Unidos (EAU), entre otros, le pagan jugosas sumas de dinero por poner su nombre a las instalaciones como sinónimo de lujo y distinción, aunque esa palabra no tenga para todo el mundo el mismo significado.
Las relaciones entre el imperio Trump y las petromonarquías son tan estrechas que la familia real catarí le regaló un avión Boeing 747 equipado con todo tipo de lujos para que pudiera sustituir el Air Force One. El aparato está valorado en unos 400 millones de dólares. “Es francamente ridículo que alguien en esta sala sugiera que el presidente Trump está haciendo algo para su propio beneficio”, señaló hace unos meses Karoline Leavitt, portavoz de la Casa Blanca, cuando le preguntaron sobre el posible conflicto de intereses.
Los hijos toman las riendas
Desde que Trump se instaló en el Despacho Oval la primera vez, en enero de 2017, sus hijos Donald Jr. y Eric se hicieron con las riendas de la Organización Trump, la clave de bóveda del universo empresarial familiar, que ha extendido sus tentáculos a Dubái, Abu Dabi, Doha, Riad y Jeddah, entre otras capitales. En el último año, sus empresas han firmado una decena de acuerdos con entidades gubernamentales de Emiratos Árabes Unidos (EAU) por más de 500 millones de dólares, según información recopilada por Forbes.
A la familia le va bien con el patriarca en la Casa Blanca. The New York Times calcula que su patrimonio ha aumentado en 1.400 millones de dólares en este último año, y The New Yorker eleva esa cifra a 4.000 millones, la mayor parte por los negocios digitales y de criptomonedas.
En la página web de The Trump Organization anuncian próximos proyectos para construir complejos residenciales y campos de golf en Riad; otro proyecto residencial y hotelero en Dubái (EAU); nuevas inversiones de viviendas de lujo y golf en Doha (Qatar) y el último de residencial, golf y hotel en Wadi Safar (Arabia Saudí).

“La Organización Trump no realiza negocios con ninguna entidad gubernamental”, declaró la portavoz del grupo familiar, Kimberly Benza, a la cadena CNN. Pero lo cierto es que es difícil desentrañar quién está detrás de las empresas en una maraña de sociedades que en última instancia tienen intereses con las monarquías del Golfo.
La región no es nueva para Trump. Hizo sus primeros pinitos en Oriente Próximo a principio de siglo. Dubái, capital de Emiratos Árabes Unidos, estaba en medio de una alocada carrera por construir complejos turísticos en islas artificiales junto a la costa con forma de palmera y el Burj Khalifa, el rascacielos más alto del mundo. Nakheel Properties, una promotora inmobiliaria vinculada con el Gobierno emiratí, no tardó en contactar con Trump para desarrollar un gigantesco rascacielos en el nuevo complejo urbanístico. Aunque el proyecto no cuajó, el estadounidense hizo otros contactos con empresarios de Dubái, que resultarían el germen de sus inversiones en Oriente Próximo.
Uno de ellos era Hussain Sajwani, propietario de Damac Properties, uno de los mayores promotores inmobiliarios de Dubái. En 2013, ambos magnates firmaron un acuerdo para construir el primer campo de golf con la marca Trump en Oriente Próximo. Los negocios entre ambos se han extendido durante los últimos años. Una semana antes de tomar posesión para su segundo mandato, en enero de 2025, Trump recibió a Sajwani en Mar-a-Lago, su mansión de Florida. Allí anunció que el empresario árabe invertiría 20.000 millones de dólares en Estados Unidos en proyectos de centros de datos para inteligencia artificial. Unas semanas después, Trump lanzó el proyecto Stargate, con el que prevé movilizar 500.000 millones para acelerar la carrera de la IA.

En 2022, la Organización Trump licenció un campo de golf en Mascate (Omán) gracias a Ziad El Chaar, otro de los contactos que el magnate hizo en Dubái años antes. El Chaar se había trasladado a Arabia Saudí, donde hacía de intermediario para la empresa Dar Al Arkan, con estrechos lazos con el Gobierno saudí. En el verano de 2024, cuando las encuestas daban por ganador a Trump en su regreso a la Casa Blanca, Dar Al Arkan anunció varios acuerdos con la Organización Trump en proyectos en Arabia Saudí y Dubái. Poco después también acordaron inversiones en Qatar. Los ingresos por licencias de Trump ―la cesión de su nombre para bautizar hoteles, instalaciones de lujo o campos de golf a cambio de una comisión― se multiplicaron por siete entre 2023 y 2024, según The New York Times.
La primera salida de Trump de la Casa Blanca fue tormentosa. El 6 de enero de 2021 jaleó a la turba que intentó asaltar el Capitolio. Muchas empresas le vetaron. Otras le abrieron las puertas. “Me encantaría tener la oportunidad de ampliar nuestra relación”, dijo Sajwani, su viejo amigo de DAMAC Properties, una semana después de la insurrección del 6 de enero.
El torneo de la PGA en el campo de golf en Nueva Jersey, propiedad de Trump, fue cancelado por sus organizadores, y a continución el neoyorquino se asoció con LIV, el nuevo circuito profesional patrocinado por Arabia Saudí. Desde entonces, esta liga de golf organiza varios torneos en propiedades de Trump.
Los vástagos de Trump han visto en el mundo floreciente de las criptomonedas, la tokenización de activos (la transformación de bienes reales en unidades digitales) y los centros de datos una vía rápida, segura y cómoda para multiplicar el negocio familiar, y han encontrado en los empresarios y autoridades del Golfo unos generosos aliados. Justo después del regreso a la Casa Blanca, Donald Jr. y Eric invirtieron en American Bitcoin, una empresa de minería de bitcoins, junto a otros inversores. La compañía está expandiéndose por Arabia Saudí y ha tenido conversaciones con entidades vinculadas al gobierno de Abu Dabi después de la gira del presidente de Estados Unidos por Oriente Próximo durante el pasado verano, durante la que arrancó inversiones de los tres países del Golfo por más de 2.000 millones de dólares en proyectos en Estados Unidos.
“Cuando el pueblo estadounidense elige a un presidente, espera que esa persona trabaje para él, no para obtener ganancias”, protestó Robert Weissman, copresidente de la ONG Public Citizen, a la cadena CNN.
Eric y Donald Jr. también crearon World Liberty Financial, una plataforma financiera que tiene el USD1, una criptodivisa ligada al dólar. MGX, la empresa relacionada por altas esferas de Abu Dabi, utilizó la criptomoneda de los Trump para realizar una inversión de 2.000 millones de dólares en Binance, la plataforma de comercio de criptodivisas.

Indulto al blanqueador
El fundador de Binance, Changpeng Zhao, fue indultado por Trump en octubre. Estaba en la cárcel, tras declararse culpable, por favorecer delitos de blanqueo de dinero que permitieron a terroristas, narcotraficantes y otros delincuentes hacer transferencias de dinero a través de la plataforma.
Los Trump están aliados en el negocio de las criptomonedas con los hijos de Steve Witkoff, un viejo amigo de Trump, con el que comparte negocios. El presidente le nombró Enviado Especial de Estados Unidos a Oriente Próximo. Es, junto con Jared Kushner, yerno de Trump, quien dirigió las negociaciones para lograr un acuerdo de paz en Gaza, y ambos están al frente de las conversaciones para tratar de poner fin a la guerra de Ucrania.
Kushner tiene una firma de inversión, Affinity Partners, cuyos accionistas son principalmente figuras relevantes de los países del Golfo entre los que ha reunido más de 5.000 millones de dólares. El primer inversor del fondo de Kushner es PIF, el fondo de inversión público de Arabia Saudí.
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