<p>Aristóteles mantenía que el estado melancólico consiste básicamente en un precario equilibrio entre lo morboso y lo genial. Elegir la vida es, a su modo, aristotélica, por nostálgica, por el modo de rimar lo uno con lo otro, lo de antes con lo de ahora, lo enfermo con lo eufórico, las cosas de casa con la casa de las cosas: que si la música popular, que si la comida de papá y mamá, que si los amigos de siempre, que si la desgracia de hacerse mayor… De este modo, Amélie Bonnin convierte en largometraje, y con exactamente el mismo título, lo que antes fue corto. Y muy premiado, por cierto<strong>. El problema es que lo que en poco más de 20 minutos se celebraba como una ocurrencia bien resulta y con gracia, con una hora más de duración abruma. </strong>Por volver a Aristóteles, que siempre está bien, lo genial se convierte en morboso.</p>
La debutante Amélie Bonnin convierte la nostalgia en el argumento de un musical tan original y arriesgado como finalmente abrumador
Aristóteles mantenía que el estado melancólico consiste básicamente en un precario equilibrio entre lo morboso y lo genial. Elegir la vida es, a su modo, aristotélica, por nostálgica, por el modo de rimar lo uno con lo otro, lo de antes con lo de ahora, lo enfermo con lo eufórico, las cosas de casa con la casa de las cosas: que si la música popular, que si la comida de papá y mamá, que si los amigos de siempre, que si la desgracia de hacerse mayor… De este modo, Amélie Bonnin convierte en largometraje, y con exactamente el mismo título, lo que antes fue corto. Y muy premiado, por cierto. El problema es que lo que en poco más de 20 minutos se celebraba como una ocurrencia bien resulta y con gracia, con una hora más de duración abruma. Por volver a Aristóteles, que siempre está bien, lo genial se convierte en morboso.
La película recupera ese gusto por la revitalización, la relectura y la redefinición (todo en un virtuoso giro sobre sí mismo o regiro) que demostró la Nouvelle Vague por los géneros clásicos de Hollywood en general y por el musical muy en particular. Hablamos de Jacques Demy y de su Los paraguas de Cherburgo. Quién nos iba a decir que pasadas las décadas no habría película sobre la cartelera más o menos de autor o más o menos independiente que, en un momento dado, no se suelte la melena y se atreva a cantar y bailar como si de la mayor de las revoluciones se tratara. Y no nos referimos solo a la ya olvidada Emilia Pérez.
Ahora se cuenta la historia de una mujer que, tras ganar el equivalente francés a uno de esos programas de cocina en los que los concursantes corren mucho para freír un huevo, vuelve a su pueblo convertida en la más reputada de las cocineras (o chefs, en masculino patriarcal) y la más famosa de las francesas. Está embarazada y no sabe si lo de ser o no ser madre entra o no en el menú. Allí se encuentra con lo que fue y con lo que soñó ser antes de acabar por ser lo que es. Cosas de los tiempos verbales y, en efecto, de la nostalgia. Su padre, propietario de un restaurante de carretera, se encuentra muy enfermo y muy resentido con su hija; su madre aguanta el resentimiento del anterior como puede, y su antiguo novio, ahí está. En realidad, pasar lo que se dice pasar no pasa nada. La gracia está en que lo poco que sucede lo hace como en las zarzuelas, un rato cantando y otro no.
Elegir la vida juega a combinar el más adusto (y hasta rancio) costumbrismo con el más irreal de los escenarios. El problema es que la película es tan consciente de sí misma y de su propuesta que parece navegar en tierra de nadie. Ni tan lírica y provocadoramente cursi como el cine de Demy ni tan resueltamente alocada como, por ejemplo y por cercana, Los pecadores. Digamos que esa apelación constante a la melancolía acaba por resultar excesiva. Además, y tampoco está claro que esto sea bueno o malo, cada una de las referencias tanto musicales como de cultura popular son tan exageradamente locales que, admitámoslo, es muy fácil perderse salvo que se tenga un nivel C2 en francés como mínimo. Eso sí, se disfruta la brillantez interpretativa y, sin duda, genial, que no morbosa, de su protagonista Juliette Armanet.
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Directora: Amélie Bonnin. Intérpretes: Juliette Armanet, Bastien Bouillon, François Rollin. Duración: 94. Nacionalidad: Francia.
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