<p>Siendo una veinteañera, <strong>Elvira Sastre</strong> (Segovia, 1992) entró en el mundo literario reventando tópicos: se podía ser popular escribiendo poesía y en las redes sociales se cocía mucho más que versos para adolescentes cursis. Fue una revolución que pisó un montón de callos y vendió aún más libros. Desde entonces, su carrera ha confirmado todo lo que apuntaba y publica ahora <strong>‘En defensa de la memoria’</strong>, un libro que es varias cosas en uno.<br></p>
Sigue siendo una superventas para la poesía, pero ya nadie la discute y ha escapado del cliché de la voz generacional: «Sólo me he sentido representante de mí misma»
Siendo una veinteañera, Elvira Sastre (Segovia, 1992) entró en el mundo literario reventando tópicos: se podía ser popular escribiendo poesía y en las redes sociales se cocía mucho más que versos para adolescentes cursis. Fue una revolución que pisó un montón de callos y vendió aún más libros. Desde entonces, su carrera ha confirmado todo lo que apuntaba y publica ahora ‘En defensa de la memoria’, un libro que es varias cosas en uno.
- Es un poco ridículo preguntar a una poeta por la exposición de su intimidad, es prácticamente un requisito del oficio, pero aquí vas un paso más allá al mezclar poemas, reflexiones y fotos privadas. ¿No te asusta?
- El acto de la escritura, y de la fotografía también en este caso, es algo que he protegido mucho siempre. No he permitido que entrara nada externo en el acto íntimo de sentarte, de procesar, de escribir. Tampoco el pudor. En principio, yo elijo lo que cuento y lo que muestro de mi intimidad, pero estoy tan aislada de todo cuando escribo que no me he dado cuenta de que es un libro tan íntimo hasta que la gente lo leyó y me lo empezó a decir. Es cierto que es muy íntimo, pero creo que mi escritura siempre ha sido así, estoy acostumbrada y confío mucho en la capacidad del lector y la lectora de hacer suyas las cosas que ve y que los libros sean como un espejo. Un poema no deja de ser algo muy íntimo que alguien escribe sobre algo muy específico que le ha pasado, pero los lectores lo hacemos nuestro y nos lleva algo nuestro. Eso quita mucho peso a esa pérdida de intimidad.
- Hablas, tanto ahora como en el libro, de ese espejo, de lo que nos cuesta mirarnos a nosotros mismos. ¿Nos engañamos sobre quiénes somos?
- Sostenerse la mirada en el espejo es muy complicado, requiere de mucha valentía, muchas ganas y mucha energía en una sociedad en la que, en general, estamos todos permanentemente cansados. Físicamente, psicológicamente y de este constante estado de pelea. Entonces, lo último que te apetece cuando llegas a casa es ponerte ante ese espejo. Lo que pasa es que, cuando lo haces, descubres cosas sobre ti. Algunas mejores y otras peores, pero todas interesantes. Ahondar ahí está guay.
- ¿Con el estado de pelea te refieres a la polarización?
- Sí, porque creo que la sociedad de este país, y lo pienso y lo veo cuando viajo fuera, es muy dura consigo misma. Es importante vernos desde fuera porque la visión que hay de los españoles y de España en el mundo es muy diferente a la que tenemos dentro, por motivos políticos obvios. Es muy importante salir un poco, abstraerse y mirarnos con los ojos de quienes no viven cada día en este ambiente tan cargado. Somos una sociedad, por lo general, muy amable en la que el primer instinto cuando alguien se cae en la calle es que corran diez personas a socorrerlo. Ese tipo de cosas son constantes y se pierden entre el ruido. Hay que rescatarlas y vernos a nosotros mismos con un poco más de piedad.
- Es difícil ante la avalancha de negatividad en redes, en los medios…
- Sí, hay un agotamiento porque hay una sobresaturación de malas noticias enfocadas en función de los intereses políticos de cada uno. Hay una intención evidente ahí de hacer creer a la gente que el país está mucho peor de lo que está. Al final, funciona porque cuando llegas a un estado de cansancio tan grande, te anestesias y las cosas te dejan de importar tanto porque ya estás derrotado. La lucha te deja de importar porque sientes que no va a ningún sitio. Bajas los brazos, te acomodas y te conformas. Entonces, ese es el peligro al que se enfrenta este país ahora.
- ¿Aún queda sitio en esta sociedad para la belleza y la cultura?
- En un mundo como este en el que vivimos, con tantos avances o desavances tecnológicos, tanto estímulo y tantas redes sociales, que un objeto como el libro físico siga existiendo y sobreviviendo bien, porque en España se leen y se venden muchos libros, me hace ver que un reducto humanista queda en el mundo. Los libros se escriben y se publican porque hay gente que los lee y hay todo un sector que vive de este objeto que a alguno pudiera parecerle casi obsoleto. No lo es. Si el libro resiste, el arte y la cultura también lo hacen y este país tiene esperanza.
- ¿Se vende lo suficiente como para que una escritora de éxito como tú viva bien o sigues haciendo malabares?
- Es un tema a desarrollar porque una vez di una respuesta corta, el titular fue que soy poeta y vivo de ello y me cayeron por todos lados.
- Desarrolla, pues.
- Soy una persona bastante privilegiada en ese sentido. Me ha ido muy bien, pero nadie me ha regalado nada. He trabajado mucho, no me fue bien desde el inicio, he ido creando un camino para poder sobrevivir y he sabido a qué decir sí y a qué decir no. Eso me ha llevado a poder sostenerme económicamente con mi trabajo, pero he tenido que diversificar. Hago muchas cosas: escribo y publico libros, pero también colaboro en la radio, imparto talleres de literatura, he montado una editorial con unas amigas, hago giras… A mí me va muy bien, soy una minoría en esto, pero necesito complementar lo que es ser puramente escritora para sostenerme. Dan ganas de tirar la toalla en muchas ocasiones, lo que pasa es que el acto de la escritura al final me va dirigiendo.
- ¿Disfrutas escribiendo?
- Disfruto escribiendo, pero sufro mucho el previo. Procesar y ponerme me atormenta, es mi obsesión. Tengo muchas pesadillas cuando tardo en dar forma a una idea que quiero contar. Me pasa mucho más con la prosa que con la poesía, que es muchísimo más libre. Cuando me quiero meter en algo de narrativa o de autoficción, puedo estar un año dándole vueltas a la idea hasta que, de repente, un día digo: «Venga, hasta aquí, empieza». Una vez que empiezo, todo va rodado, pero el previo es horrible. Tengo que quitarme muchos fantasmas y es una tortura claramente autoimpuesta. Me machaco sola.
- Ha pasado más de una década desde tu exitosa aparición en escena y de que te cayera ese terrible cliché de «la voz de una generación». ¿Llegaste a sentir ese peso?
- Fue raro. Cuando empecé, tenía 20 años y pensaba: «¿Cómo puede ser que ya se establezca un movimiento generacional con algo que está pasando ahora mismo?». No tenía sentido, pero me di cuenta de las ganas que tiene mucha gente de categorizar las cosas para entenderlas. Yo no funciono así, no tengo esa mente matemática y siempre he ido bastante por libre. No me he sentido representante de nadie más que de mí misma. Sí que ha habido algo que he abrazado y me ha parecido una responsabilidad importante que es sentirte referente de alguien. Cuando viene una persona y te dice que empezó a escribir o a leer a otros autores a raíz de leerme a mí. Y no te hablo necesariamente de gente joven, me pasó hace poco con una mujer de 68 años que llevaba décadas sin escribir y había vuelto a hacerlo tras descubrirme. Al principio, eso me daba mucho vértigo, pero es precioso, muy tierno y muy importante. Ahí sí me detengo, pero en lo generacional, nada.
- ¿Cómo recibió el mundo literario a una mujer veinteañera que, de golpe, aparece desde las redes y vende mucho en un género que no suele hacerlo como es la poesía? ¿Hubo mucho paternalismo? ¿Cómo ha evolucionado?
- Yo nunca he sentido que haya inventado nada. Eso lo he dicho siempre, sobre todo cuando querían convertirme en ese referente de una nueva ola que hablábamos antes. Escribo como escriben mis referentes, descubrí una manera de escribir que ya se hacía. Pienso, por ejemplo, en Luis García Montero, que rompió un poco con lo que se venía haciendo y le cayó una buena cuando escribió ‘Tú me llamas, amor, yo cojo un taxi’. En su día fue un escándalo que utilizara la palabra ‘taxi’ en un poema y ahora es lo más normal. Sin esas palabras de uso cotidiano, la poesía actual no funciona. Entonces, yo no he inventado nada, pero aparecí en un momento en que mis herramientas fueron diferentes porque existían las redes sociales para compartir mi trabajo y eso para mucha gente del mundillo era una vulgaridad. Se nos hizo de menos a los poetas que veníamos de las redes sociales en vez de entender que todos escribimos donde podemos, como muchos de ellos escribían en periódicos. Pasó mucho y yo lo vi desde mi guarida sin meterme en discusiones, pero a los dos años esa gente que nos había rechazado se estaba haciendo redes sociales para compartir sus poemas. En el fondo lo entiendo, este oficio es complicado.
- ¿En qué sentido?
- Porque pones mucho de ti cuando publicas un libro y cuando no se vende bien, te enfadas. Además, sí, hay mucho paternalismo. Existe en el mundo en general y aún más en el literario. De todos modos, ha habido escritores hombres mayores que yo que me han ayudado muchísimo y lo siguen haciendo. Benjamín Prado o García Montero, por ejemplo. Y lo han hecho de un modo genuino, no porque vean que vas a triunfar y entonces les interese. Yo no estaría aquí si no fuera por Benjamín, que escribió mi primer prólogo y me colocó en la escena, pero luego te ves en otras situaciones horrorosas también de un paternalismo machirulo tremendo.
- ¿De qué tipo?
- En el trato, en la valoración… ¿Sabes una cosa en la que me he fijado mucho? En la distinta actitud de las escritoras y los escritores consagrados cuando te ves con ellos en un escenario. Cuando a una mujer le dan un micrófono, hace una entrevista o defiende su libro, tenemos esta cosa de intentar decir siempre cosas brillantes, que no te pillen nunca en un renuncio porque cualquier mal momento puede ser absolutamente el fin de tu carrera. Da igual lo consagrada que estés y los libros que vendas, el margen de error es mínimo. Esa relajación con la que he visto a hombres decir, desde su libertad, lo primero que se les pasa por la cabeza porque saben que no les va a pasar nada no la tenemos las mujeres. No sé si es envidiable, pero sí me gustaría poder elegir si quiero actuar así. Yo siempre he tenido que demostrar, todo el rato y en cada aparición, que merezco estar donde estoy.
- ¿Te agobia?
- Claro, es inevitable. Sobre todo porque piensas: «Vale, yo estoy empezando, pero esta escritora 30 años mayor que yo y con una carrera impecable sigue con la misma tensión». Es muy fuerte. Dentro del mundo editorial hay más mujeres trabajando y es un espacio muchas veces más cómodo, pero la poesía en general siempre ha sido un mundo muy masculino y eso lo he notado en cada paso. Para muchos, no eres una de ellos. De todos modos, eso está cambiando, hay cada vez más poetas jóvenes, eso me reconcilia un poco con el gremio y espero que no les pase lo que me pasó a mí en su día.
- ¿Vender mucho también te hizo sospechosa?
- En ciertos ambientes y para ciertas personas, claro, porque todavía hoy el mundo cultural rezuma este elitismo que no tiene mucho sentido. Yo siempre he defendido que la misma libertad que pido en mi vida y en mi trabajo, la tenga el lector y cada uno lea lo que le dé la gana sin juicios.
- Siempre has tenido ese punto rockero y poco purista.
- Es que hay mucha poesía en el rock, claro que Bob Dylan es un poeta. O Robe. De pequeña escuchaba mucho rock en español. Extremoduro, Marea, La fuga… He crecido escuchando esa música y me pasaba las letras al cuaderno, me las aprendía y las ponía como mi estado del Messenger o del Tuenti cuando aún existían. Esas también han sido mis lecturas. Robe me hace pensar y es de los pocos autores que nunca me cansan. Su canción ‘Nana Cruel’ me parece un escándalo a nivel de escritura. Yo quiero escribir también así. Ese impulso que te da la gente, ¿qué más me da que sea un catedrático o un tipo de la calle? Yo he estudiado Filología, pero lo callejero siempre ha conectado mucho más conmigo.
- ¿Esta profesión permite hacer planes vitales a la treintañera que eres?
- Si eres autónoma, tienes que tener muchos planes A, B, C y hasta la Z. Yo los hago y más o menos puedo porque he tenido suerte, pero mi generación está jodida. En mi círculo, tengo muchas amigas en situaciones muy precarias y eso me hace ser muy consciente de la realidad. Los de mi generación crecimos en una burbuja, nos decían todo el rato lo especiales éramos y lo bien preparados que estábamos con todas nuestras carreras y no sé qué. Luego llegó la crisis, muchos compañeros no pudieron ni acabar la universidad por no pagarla y cuando salimos al mundo real nada era lo que nos vendieron. Olvídate de buenos trabajos y de vivienda. Yo soy una excepción.
- Tú sí has podido montarte una vida digna en Madrid.
- Sí, porque cuando llegué no era la ciudad que es ahora. Aún era vivible y muchas veces pienso que menos mal, qué suerte tuve, porque hoy no podría haber venido a Madrid a vivir, me habría perdido toda la explosión cultural, no habría ido a los bares de micros abiertos y no sería quien soy. Sería otra persona. Pienso mucho en todas las vidas que no van a poder llegar a su destino o perseguir su intención en la vida porque la sociedad actual ha fallado a los jóvenes. Es horrible.
Cultura

