Hogar viene de fuego. Antes de ser un activo o un esfuerzo financiero para una familia, una casa era el sitio donde alguien encendía algo para que los demás volvieran. Ese recogimiento se deshace mientras discutimos topes, índices y decretos que nacen y caducan en cuestión de días, con una urgencia e ineficiencia abrumadoras.
Hogar viene de fuego. Antes de ser un activo o un esfuerzo financiero para una familia, una casa era el sitio donde alguien encendía algo para que los demás volvieran. Ese recog
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Hogar viene de fuego. Antes de ser un activo o un esfuerzo financiero para una familia, una casa era el sitio donde alguien encendía algo para que los demás volvieran. Ese recogimiento se deshace mientras discutimos topes, índices y decretos que nacen y caducan en cuestión de días, con una urgencia e ineficiencia abrumadoras.
Se hace lo que la vivienda no necesita. No necesita préstamos a tipo cero de 50.000 euros para la primera compra, porque con la oferta rígida toda subvención a la demanda acaba incorporada al precio y el joven —cuyo principal problema es que está mal pagado— descubre que le han regalado el crédito y le han cobrado el piso. No necesita recargos del IBI sobre viviendas vacías que están donde ya nadie quiere vivir, 450.000 heredadas de la crisis, mal situadas o deterioradas.
No necesita prórrogas forzosas que eternizan contratos, porque el propietario se retrae o exigen más avales. Y no necesita seguir repitiendo que el control de alquileres funcionó en Barcelona. No es cierto. Los datos son públicos. La renta media de los nuevos contratos en la ciudad cayó un 8,9% interanual en el primer trimestre de 2025, hasta 1.087 euros. Ese mismo trimestre el metro cuadrado subió a 16,19 euros y la superficie mediana bajó a 71 metros, mínimo desde 2017.
El alquiler medio baja porque el piso medio encoge. El verano siguiente el metro cuadrado marcó récord, por encima de 16,8 euros. Y cada vez menos contratos. 167.842 en Cataluña en 2021, 132.988 en 2023, 108.057 en 2025, el registro más bajo desde 2009. La estadística se nutre de las fianzas depositadas en el Incasòl, de modo que quien no firma no deposita, y quien no deposita no existe.
Después hubo que regular también el alquiler de temporada y el de habitaciones, hacia donde había huido la oferta, poniendo las cosas aún peor. En resumen, el tope contuvo (por definición) la renta de alquiler, encogiendo el piso medio y expulsando al inquilino medio. Los desplazados, que no pueden acceder al alquiler, no aparecen en los índices que sólo saben contar a los que se quedan. Para muchos se apagó la luz y se quedaron sin llaves.
¿Qué necesita entonces el mercado de vivienda? Algo tan simple como construir. En 2025 se formaron en España unos 240.000 hogares y se terminaron 92.000 viviendas, un 9% menos que el año anterior. El déficit acumulado desde 2021 ronda las 750.000 unidades, el 3,7% de los hogares, y desde varias instancias se avisa de que seguirá creciendo. Con esa aritmética, discutir de topes es torpe. Es como repartir entradas para un concierto que no se celebrará.
Se precisa suelo tramitado y licencias a tiempo. La media española para conceder una licencia de obra está en doce meses frente a los tres que fija la ley. El Colegio de Arquitectos estima que cada año de espera añade unos 13.000 euros al coste. Además, faltan 700.000 trabajadores según la patronal del sector, y apenas uno de cada diez empleados de la construcción tiene menos de treinta años. Y necesita, además, seguridad jurídica, porque nadie compromete capital a veinte años allí donde la ley dura una semana.
Estas cosas no caben en un titular ni en una legislatura, pero sí dan lugar a trampas. El precio de la vivienda subió un 12,2% interanual en el segundo trimestre de 2026, y van cuarenta y cinco consecutivos al alza. Los precios son el único votante que nunca se abstiene y siempre se manifiesta.
Nos queda el recuerdo del fuego. Una casa es la primera geografía que rodea el alma, el punto desde el que se mide la mirada al mundo y al que se vuelve para contar los años. No podemos negar esa posibilidad a una generación entera con supuesta épica normativa. Más casas y más aritmética y ternura a quien aún espera encender algo propio. Lo que la vivienda necesita, en el fondo, es que dejemos de usarla para ganar la semana
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