<p>Ya es mala suerte que Estados Unidos e Israel decidieran atacar Irán justo cuando el Gobierno español estaba a punto de presentar los presupuestos. Escuchando al presidente, me acordaba de un alumno que una mañana de abril me dijo que no había podido hacer las lecturas por las crecientes tensiones en el estrecho de Taiwán. Hay gente que siempre está a punto de cumplir con su deber cuando la providencia interviene y les ahorra la molestia.</p>
«Visto el poco esmero que pone en buscar buenas excusas, no me sorprendería que mañana aludiera a la muerte de Chuck Norris»
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Ya es mala suerte que Estados Unidos e Israel decidieran atacar Irán justo cuando el Gobierno español estaba a punto de presentar los presupuestos. Escuchando al presidente, me acordaba de un alumno que una mañana de abril me dijo que no había podido hacer las lecturas por las crecientes tensiones en el estrecho de Taiwán. Hay gente que siempre está a punto de cumplir con su deber cuando la providencia interviene y les ahorra la molestia.
Es imposible no simpatizar con Pedro Sánchez. Pobre hombre, qué cosas le ocurren. Tenía el Excel abierto, las tablas fiscales pulidas y la aritmética parlamentaria atada cuando, sin aviso alguno, la historia tiró la puerta abajo. Por suerte para nosotros, Pedro Sánchez siempre sabe colocarse en el lado correcto: no de la Constitución, pero sí de la historia. En ese instante en que se enturbió el paso por el estrecho de Ormuz, nuestro presidente supo que tenía que suspender sine die su obligación constitucional y concentrarse en el precio de la gasolina.
Los iraníes, ingenuos, creen que la guerra es algo que les ha ocurrido a ellos, pero aquí sabemos que este es otro reto que la providencia pone a nuestro presidente. Por eso convendría ahorrarle el impertinente reproche sobre los presupuestos. Vale que presentar unas cuentas públicas no es potestativo, como poner la radio, sino preceptivo, como respetar los semáforos. Pero lo importante, al parecer, es que usted entienda que si el Gobierno falta a la Constitución, lo hace por nosotros.
Es verdad que esto ocurre tras la promesa de que los presupuestos se enviarían al Congreso antes de que acabara el año pasado. Luego, antes de que acabara el mes. ¿Qué mes? Todos. Ahora parece que habrá que esperar a que se pacifique Oriente Medio. Ojalá presentar los presupuestos fuera un acto de cortesía, como parecen creer el presidente y sus ministros. Pero la Constitución no es ambigua en este punto: el Gobierno debe presentar los presupuestos al Congreso al menos tres meses antes de que expiren los anteriores. Y los últimos se aprobaron en diciembre de 2022, o sea, cuando el Papa era Francisco y en el parlamento estaba Ciudadanos.
Un gobierno puede no conseguir aprobar un presupuesto; los sistemas parlamentarios sobreviven a los fracasos. Lo que resulta más difícil de defender es que se niegue a someterlos a votación por temor a la derrota. Pero existe una variante más degradante: retirar unas cuentas ya presentadas por puro cálculo electoral. Esto es lo que, según se ha sabido, Sánchez pidió a Salvador Illa: aplazar la votación para no perjudicar las aspiraciones andaluzas de María Jesús Montero. ¿La razón? Que entre las exigencias de ERC figuran cesiones cuyo efecto sobre el votante andaluz se presume tóxico.
He aquí un ejemplo en miniatura del declive democrático en un país occidental. No intervienen tanques ni doradas charreteras. Es todo más torpe y más banal. El Gobierno trata al Parlamento como un trámite optativo y engorroso, y a los ciudadanos como a niños a los que hay que «transmitir la gravedad del momento», como si no estuvieran atentos cuando llenan el depósito. Como si lo más grave no fuera el desprecio que muestra el Gobierno por sus obligaciones más elementales. Y visto el poco esmero que pone en buscar buenas excusas, no me sorprendería que mañana aludiera a la muerte de Chuck Norris para volver a negarnos los presupuestos que nos debe.
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