<p>Un vídeo del Partido Verde de Gran Bretaña, elaborado en 2025, se ha hecho inesperadamente viral estos días en Europa, acumulando visualizaciones y comentarios en las redes sociales. Con una estética de realismo sucio que recuerda a <i>Trainspotting</i> y a<strong> Ken Loach</strong>, en la grabación aparece el líder de la formación política corriendo por el que podría ser el suburbio de cualquier gran ciudad europea, mientras enumera una serie de problemas que asfixian a lo que queda de la clase media y trabajadora: el precio de la vivienda, la comida, la energía, la precariedad laboral, la degradación de la sanidad pública, los altos impuestos… En resumen, la condena a una vida de bajo coste, apenas de subsistencia y miedo, frente a una minoría privilegiada de superricos, cada vez menos numerosos y más acaudalados. </p>
Un vídeo del Partido Verde de Gran Bretaña, elaborado en 2025, se ha hecho inesperadamente viral estos días en Europa, acumulando visualizaciones y comentarios en las redes soci
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Un vídeo del Partido Verde de Gran Bretaña, elaborado en 2025, se ha hecho inesperadamente viral estos días en Europa, acumulando visualizaciones y comentarios en las redes sociales. Con una estética de realismo sucio que recuerda a Trainspotting y a Ken Loach, en la grabación aparece el líder de la formación política corriendo por el que podría ser el suburbio de cualquier gran ciudad europea, mientras enumera una serie de problemas que asfixian a lo que queda de la clase media y trabajadora: el precio de la vivienda, la comida, la energía, la precariedad laboral, la degradación de la sanidad pública, los altos impuestos… En resumen, la condena a una vida de bajo coste, apenas de subsistencia y miedo, frente a una minoría privilegiada de superricos, cada vez menos numerosos y más acaudalados.
Seguramente, el motivo del éxito de este spot es que los problemas e inquietudes que presenta son compartidos por casi todos los votantes occidentales, tanto de izquierda como de derecha, a la vez que conecta con la extendida sensación de que el viejo Estado del bienestar ha colapsado y nada funciona como antes y es debido.
Este sentimiento de desamparo, abandono estatal, nostalgia y fatalidad de fin de época se basa en hechos incuestionables -como el aumento del coste de la vida por la factura de la crisis financiera de 2008 y la pandemia-, pero también está condicionado por la manipulación de actores antisistema situados a la diestra y a la siniestra que agitan un nuevo nihilismo.
Un clima emocional que en España se expresa estos días con el comprensible desánimo de muchos ciudadanos tras la tragedia de Adamuz, la tramposa verborrea del ministro Óscar Puente y el injustificable caos del servicio de Rodalies en Cataluña durante una semana y lo que queda. Los últimos casos que se añaden a una larga lista de mala gestión pública, corrupción, mentiras e impunidad ante la justicia que definen el mandato de Pedro Sánchez.
La peor consecuencia del sanchismo, su herencia más tóxica, es haber arruinado la confianza de los españoles respecto al funcionamiento y servicio del Estado. «Todo va mal, todos son unos corruptos». Una alargada sombra de sospecha sobre nuestro sistema de convivencia que los partidos que trabajan para derrumbar el «régimen del 78» están aprovechando. No es casual que Vox, Podemos y el independentismo catalán utilicen el accidente de Adamuz para atacar al Rey, como lo intentaron con la DANA, presentando una fotografía en el lugar del siniestro en la que está don Felipe junto a Puente y otras autoridades como símbolo de la decadencia constitucional.
Desde hace tiempo Vox tiene muy claro, como lo tiene la nueva derecha identitaria, que la actual pugna política en Occidente ya no se presenta bajo el viejo marco izquierda-derecha. No es una división ideológica y de antiguas clases, sino de una supuesta élite y una contraélite; de una minoría de ultra-ricos -vinculados sobre todo al sector tecnológico- y de una gran masa que vive en precario y que cada vez se decanta más por un voto de ruptura.
La estrategia de Santiago Abascal es trasladar ese eje de lucha entre élite y contraélite a España, presentando al PSOE y al PP como parte de ese sistema dominante y decadente que hay que derrocar, y postulándose -como hace Trump en EEUU- como líder del pueblo oprimido.
En este contexto, la mala gestión del Gobierno en la crisis de Adamuz favorece a Vox y coloca al PP en la difícil tesitura de distinguir muy bien, en su crítica a Sánchez, entre la incompetencia socialista y lo que es el sistema institucional. De subrayar que el problema no es España ni sus instituciones, sino el sanchismo.
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