<p>Hay frases que deberían estar esculpidas en mármol a la entrada de cualquier mercado financiero. «Esta vez es diferente» es, sin duda, la más peligrosa de todas. Es la melodía que acompaña a cada burbuja, el estribillo que embriaga a los inversores justo antes de que la música pare, alguien apague la luz y desaparezca una silla.</p>
Frente a promesas de crecimiento infinito como la IA, hay que recordar que el capital siempre encuentra su ciclo y que en los mercados la ley de la gravedad es la única constante que nunca pasa de moda.
Hay frases que deberían estar esculpidas en mármol a la entrada de cualquier mercado financiero. «Esta vez es diferente» es, sin duda, la más peligrosa de todas. Es la melodía que acompaña a cada burbuja, el estribillo que embriaga a los inversores justo antes de que la música pare, alguien apague la luz y desaparezca una silla.
Edward Chancellor, en su obra maestra Capital Returns, nos recuerda que los ciclos de capital son tan inevitables como el amanecer. Altos márgenes y beneficios extraordinarios son la sirena que llama al capital, y el capital -como los mosquitos a la luz- acude en masa. La historia es siempre la misma: los márgenes golosos atraen a nuevos jugadores, la competencia se multiplica, la oferta se desborda y, de repente, los beneficios se evaporan. El ciclo se cierra con precios y márgenes por debajo de medias históricas, justo cuando la mayoría huye arruinada… y es entonces cuando la oportunidad de inversión, como un tesoro olvidado, aparece en el horizonte.
La industria del bacalao, el oro de principios del siglo pasado, fue un caso de manual. A finales del siglo XIX y principios del XX, la flota bacaladera mundial se multiplicó: solo en Noruega, pasó de menos de 1.000 barcos en 1880 a más de 2.500 en 1910. En 1915, la producción mundial de bacalao salado superó las 500.000 toneladas, el doble que 30 años antes, mientras los precios internacionales caían más de un 60% respecto a los máximos de 1880. Los márgenes, que en los años dorados superaban el 30%, se desplomaron hasta el 5% o incluso pérdidas netas en los años de sobreoferta. En 1920, más del 40% de las compañías bacaladeras noruegas y portuguesas habían quebrado o se fusionaron para sobrevivir. La sobreinversión en barcos y tecnología dejó una capacidad instalada muy superior a la demanda real, exactamente como podría estar ocurriendo hoy con los data centers y chips de IA. Los puertos de Terranova y Nueva Escocia, antes epicentros de riqueza, entraron en décadas de declive económico. Lo que fue una mina de oro se convirtió en un cementerio de barcos y balances.
El ciclo del bacalao es el mismo que hoy vemos en la fiebre de la Inteligencia Artificial. Los ‘Siete Magníficos’ –Apple, Microsoft, Google, Amazon, Meta, Nvidia y Tesla– cabalgan la ola de la IA con la convicción de que la demanda de chips y capacidad será parabólica y eterna. El capital fluye a raudales: data centers, chips, ingenieros, promesas de disrupción. Hoy, la inversión en infraestructura de IA supera los 200.000 millones de dólares anuales, con previsiones de duplicarse en menos de cinco años. Los márgenes actuales de los hyperscalers recuerdan a los de la industria bacaladera antes del desplome: altos, pero insostenibles si la oferta sigue creciendo sin freno. Porque cuando todos invierten en lo mismo, la escasez se convierte en abundancia y la abundancia en desplome. Quizá los siete estén convencidos de que en el mercado de AI, como en la película de 1986 Los Inmortales, there can only be one.
Esta semana, Michael Burry -¿recuerdan La gran apuesta? – agitó el avispero con un análisis demoledor en X: los grandes hyperscalers de IA estarían aumentando sus beneficios contables al extender artificialmente la vida útil de su hardware. ¿El truco? Pasar de depreciar chips y servidores Nvidia en 2-3 años a hacerlo en 5-6 años o más. El resultado, según Burry, supone una infradepreciación acumulada de unos 176.000 millones de dólares entre 2026 y 2028. O dicho de otro modo: los beneficios actuales pueden ser un espejismo, y el capital invertido en IA podría depreciarse mucho más rápido de lo que el mercado quiere creer.
Howard Marks lo resume sin rodeos: cuando el S&P 500 se ha comprado a valoraciones tan altas -alrededor de 23 veces beneficios-, los 10 años siguientes han dado rentabilidades casi nulas. Hoy el mercado está aún más caro, en 25 veces, y el Shiller adjusted PE también está en la estratosfera.
Así que, si esta vez te dicen que es diferente, recuerda: el capital siempre encuentra su ciclo, los márgenes su tumba, y la historia su venganza. El bacalao no aprendió a volar, y la IA tampoco ha inventado la máquina del tiempo. En los mercados, la única constante es que la gravedad nunca pasa de moda.
*Manuel Mendívil es CIO Gestión de Activos de Arcano Partners.
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