La gazatí Shuruq no alberga estos días uno de esos miedos abstractos tras comprobar durante años en su propia carne que todo puede ir siempre a peor. Su temor es concreto, porque —tras siete meses de alto el fuego y con las negociaciones sobre su aplicación en peligroso punto muerto— el runrún sobre la cercanía de una nueva ofensiva terrestre de Israel resulta cada vez más sonoro.
Los palestinos viven con inquietud los crecientes tambores de guerra, con Netanyahu y el alto representante de la Junta de Paz de Trump condicionando el alto el fuego al desarme de Hamás
La gazatí Shuruq no alberga estos días uno de esos miedos abstractos trascomprobar durante años en su propia carne que todo puede ir siempre a peor. Su temor es concreto, porque —tras siete meses de alto el fuego y con las negociaciones sobre su aplicación en peligroso punto muerto— el runrún sobre la cercanía de una nueva ofensiva terrestre de Israel resulta cada vez más sonoro.
“Hay un miedo real en las últimas semanas a que vuelva potencialmente una hambruna [como la que provocó Israel en torno a la capital el verano pasado] y aquellos bombardeos”, precisamente cuando las familias tratan de “reconstruir algo lo más parecido posible a una vida normal” y arrastran aún “profundas heridas psicológicas” de los últimos dos años y medio de invasión israelí, señala por teléfono Shuruq, que oculta su apellido por privacidad. Es la responsable de multimedia en Gaza de la ONG Save the Children.
Shuruq explica que las familias con más medios y cuatro paredes vienen haciendo un esfuerzo por guardar algo de comida, ante el “trauma” que les dejó aquella hambruna, pero la gran mayoría sigue careciendo de medios para comprarla o almacenarla, al vivir en tiendas de campaña, donde pueden estropearlas las lluvias primaverales o comérselas las ahora omnipresentes ratas. “Algunas familias, de hecho, venden los paquetes de comida [que reciben como ayuda humanitaria] porque sienten que necesitan más el dinero para comprar mantas o medicinas”, añade.
Es la realidad de Gaza siete meses después de que Israel y Hamás acordasen un alto el fuego que pronto olvidó su muñidor, Donald Trump. La idea era avanzar en paralelo y por fases, pero su aplicación está prácticamente estancada, incluso después de que Hamás entregase en enero el último de los alrededor de 250 rehenes que había tomado en su ataque masivo de octubre de 2023.
Desde entonces, Israel ha seguido bombardeando a diario (y un 20% más en las cinco semanas de alto el fuego entre Irán y EE UU, causando 120 muertos, 21 de ellos mujeres y niños), impide la reconstrucción y mordisquea más terreno. Según muestran las imágenes satelitales, ha movido unilateralmente otra vez la línea acordada de retirada —aprovechando que la guerra con Irán ha desplazado el foco— y controla ahora el 58% de la Franja.
Mientras, Hamás ha venido reasentando su control sobre el 42% restante (donde viven casi todos los gazatíes) y rechaza entregar las armas sin que Israel cumpla sus compromisos previos y ofrezca un horizonte de creación de un Estado palestino, que el Gobierno de Benjamín Netanyahu rechaza tajantemente. Ni la denominada Fuerza Militar de Estabilización, ni la policía, ni siquiera el Gobierno tecnocrático palestino presentado con pompa en enero en la Cumbre de Davos han llegado siquiera a entrar en Gaza.

Israel exige al movimiento islamista el desarme total como precondición a cualquier otro paso. Todo seguirá igual, o peor, hasta entonces, ha advertido Netanyahu. Y el máximo supervisor del cumplimiento de la tregua —el director general de la Junta de Paz creada y presidida por Trump, Nikolay Mladenov— ha hecho suyo el enfoque en la práctica. Este miércoles, tras reunirse con Netanyahu en Jerusalén, definió el desarme como “no negociable”.
El alto el fuego ha entrado así en un callejón de difícil salida, con Netanyahu y los suyos golpeando los tambores de guerra con creciente fuerza. A cinco meses de unas reñidas elecciones, la pregunta en los platós de televisión no es ya tanto si habrá nueva campaña militar en Gaza, sino cuándo.
Inquietud
La sucesión de rumores llega a los móviles de los más de dos millones de gazatíes y llena de inquietud una vida ya marcada por la incertidumbre. La tregua no ha mejorado sustancialmente su día a día, que sigue siendo un ejercicio de supervivencia, sin electricidad y largas colas para obtener agua. Pero les estremece volver a los días de continuos desplazamientos forzosos.
A Rami Abu Anza, responsable de enfermería de la ONG Médicos Sin Fronteras en Al Mawasi, en el oeste de Gaza, nada de lo que ve en el terreno le hace ser optimista, con la potencial ofensiva como “preocupación” casi generalizada. “Está en nuestras mentes. […] Es algo de lo que tiene miedo la mayoría de gazatíes, especialmente teniendo en cuenta la situación regional”, señala por videoconferencia desde la Franja. El sentir general lo resume en cuatro palabras: “Perplejidad, tristeza, incertidumbre, frustración”.
Consciente del delicado momento que atraviesa la tregua y el cuestionamiento de su labor, Mladenov ha comparecido este miércoles ante la prensa extranjera en un hotel de Jerusalén para dejar claro que el desarme de Hamás “no es negociable” y presentarlo como la puerta a “la reconstrucción, la retirada israelí y el horizonte político”. “No hay una tercera opción. Hay un statu quo miserable. Y luego está la opción de avanzar que provee el plan”, añadió. Mladenov presentó la “impaciencia” ante la postura de Hamás como suya —al ver “a más de dos millones de gazatíes viviendo entre escombros”— y de los palestinos que desean una vida mejor. “No es una impaciencia israelí, ni estadounidense”, recalcó.

La propuesta que presentó a las facciones armadas de Gaza pasa por la entrega de todas las armas “pesadas” (incluidos los rifles de asalto) en 90 días, según la filtración a los medios de su versión resumida. Luego sería el turno de todas las armas “personales”, durante otro casi medio año. Solo tras la —técnicamente compleja— verificación de que no queda un solo arma en Gaza, Israel comenzaría a retirar gradualmente sus tropas, pasando de controlar el 58% al 38%. En abril concluyó el plazo para que Hamás aceptase la propuesta, pero las conversaciones continúan en El Cairo.
Ante la desconfianza entre las partes, Mladenov plantea un “mecanismo de monitoreo independiente” basado en la “reciprocidad”. Pero como no ha hecho aplicar hasta ahora ese principio ante los numerosos incumplimientos israelíes, Hamás lo tilda de “sospechosamente parcial” y la confianza está bajo mínimos. Preguntado cómo espera que Hamás acceda al desarme tras las vulneraciones israelíes en la primera fase, Mladenov quitó importancia a los compromisos de cada fase para insistir en que forman parte de “un solo plan” en el que el desarme es un “requerimiento”.
Reconstrucción
El desarme abrirá la puerta a una reconstrucción de Gaza que, dijo exhibiendo la zanahoria tras el palo, generará decenas de miles de puestos de trabajo solo en el primer año. El informe más detallado al respecto, publicado en abril por el Banco Mundial, Naciones Unidas y la Unión Europea, cifra su coste en más de 71.000 millones de dólares (60.200 millones de euros) en cinco años. Es más de lo que se estimaba, con 35.200 millones de dólares solo en daños materiales. Israel ha devastado la mayor parte de Gaza, pagando a contratistas privados en función de los edificios demolidos, como hace ahora en el sur de Líbano.
A la espera de la publicitada reconstrucción, cientos de miles de personas sigue malviviendo en tiendas de campaña. El cóctel de restricciones israelíes, hacinamiento, deplorable entorno higiénico y aumento de las temperaturas han convertido últimamente las ratas, pulgas, garrapatas y piojos en preocupación cotidiana. Las ratas han mordido a bebés (los padres pasan las noches inquietos) y contribuyen a propagar enfermedades. En lo que va de año, roedores y ectoparásitos han provocado 17.000 infecciones, según la Organización Mundial de la Salud de la ONU.
Según el acuerdo de alto el fuego, Israel debía haber permitido ya la entrada de 200.000 tiendas de campaña y 60.000 casas temporales que nunca han llegado. Entre los argumentos: Hamás podría convertir en armas el aluminio que contienen, pese a encontrarse en productos que permite en el circuito comercial.

Era uno de los compromisos israelíes en la primera fase del plan, junto con “la suspensión de todas las operaciones militares, incluidos los bombardeos aéreos y de artillerías”. Siguieron a diario incluso durante la guerra paralela en Irán y han dejado más de 850 muertos. Israel encuadra los ataques en el derecho que le confiere el acuerdo a responder a las amenazas que perciba. En la práctica depende de la aquiescencia, o no, de los garantes del pacto, principalmente Estados Unidos.
También sigue impidiendo a los periodistas acceder libremente a Gaza, en un veto con justificaciones cambiantes (entre ellas, la seguridad de los rehenes que ya no hay en Gaza) que impuso en octubre de 2023 y que mantiene también durante el alto el fuego. Mladenov rehusó responder este miércoles si ha abordado el tema con los representantes israelíes y señaló que apoya el acceso libre, pero que ahora la “prioridad” es otra, como el desarme de las milicias o el asentamiento del Gobierno tecnocrático.
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