<p>El problema de la vivienda es transversal y, como sucede con las familias infelices en<i> Anna Karenina,</i> cada país lo padece a su manera. <strong>Donald Trump</strong> anunció la semana pasada que prohíbe que los fondos de inversión compren chalés unifamiliares, emblema habitacional de la clase media. La retórica intervencionista que empleó era propia de nuestra izquierda populista. Al mismo tiempo, en España un presidente del Gobierno que se ha caracterizado, en el fondo y en la forma, por su agresividad contra los arrendadores decidía recompensarles con una bonificación fiscal si renovaban sus contratos este año sin subirlos.</p>
El problema de la vivienda es transversal y, como sucede con las familias infelices en Anna Karenina, cada país lo padece a su manera. Donald Trump anunc
El problema de la vivienda es transversal y, como sucede con las familias infelices en Anna Karenina, cada país lo padece a su manera. Donald Trump anunció la semana pasada que prohíbe que los fondos de inversión compren chalés unifamiliares, emblema habitacional de la clase media. La retórica intervencionista que empleó era propia de nuestra izquierda populista. Al mismo tiempo, en España un presidente del Gobierno que se ha caracterizado, en el fondo y en la forma, por su agresividad contra los arrendadores decidía recompensarles con una bonificación fiscal si renovaban sus contratos este año sin subirlos.
¿Qué sucede para que un Ejecutivo que habitualmente se refiere a los propietarios como codiciosos rentistas pase, de repente, a premiarlos con menos impuestos? El mercado inmobiliario español afronta en 2026 unas 630.000 revisiones de arrendamientos firmados en plena pandemia. Un encarecimiento abrupto de las cuotas que pagan más de un millón y medio de españoles afectaría a su capacidad de consumo, a su humor y, posiblemente, a su voto. No está la cosa para más experimentos.
Aun así, se trata de una solución pasajera. El mercado español del alquiler está atrofiado por las heridas de la Gran Recesión y el incremento de la demanda muy por encima de la oferta. Uno de los aspectos que mejor lo ilustra es el derrumbe de la construcción destinada al alquiler, a la que la inestabilidad geopolítica ha dado la puntilla. Antes de la invasión rusa de Ucrania, la rentabilidad exigida por un inversor para construir un edificio dedicado al arrendamiento (build to rent) rondaba el 4,5%. Ha subido más de doscientos puntos básicos. En la promoción de vivienda a la venta (build to sell ), el encarecimiento de las condiciones ha sido parecido, pero el precio final del activo ha sido capaz de absorberlo. En el alquiler y la vivienda social no.
No parece que la situación vaya a cambiar en breve. La rentabilidad del activo libre de riesgo -el bono alemán- está muy elevada. Además, aunque crezca la oferta, la formación de hogares aumenta a un ritmo muy superior. La población ha crecido en 2,5 millones de personas en los últimos años. Los migrantes que han impulsado el crecimiento del país necesitan servicios públicos y un techo donde no lo hay.
La manera de mejorar la promoción de vivienda en alquiler es aumentar la oferta de suelo a través de fuertes descuentos en solares de titularidad pública y en reutilizar edificios infrautilizados para otros usos. En Madrid se está ensayando la fórmula. Aunque la única solución de largo plazo exige un gran pacto político. Ese animal mitológico.
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