<p>Hace un par de días en esta misma columna, leí, estupefacto, el siguiente titular a cuenta del triunfo de <strong>Bad Bunny</strong> en los <strong>Grammy </strong>y su discurso contra el (en este caso sí se puede utilizar con propiedad el adjetivo) fascista ICE de <strong>Donald Trump</strong>: ‘No convirtamos la cultura en un mitin político’. Lo escribe <strong>Mario Vaquerizo</strong>, que, como todos sabemos, jamás ha manifestado su simpatía ni ha colaborado con presidenta autonómica alguna. Bien por él, por supuesto. Sólo faltaba quitarle al cantante la condición de ciudadano.</p>
Leí en esta misma columna a Mario Vaquerizo pedir que «no convirtamos la cultura en un mitin político». No di crédito, claro
Hace un par de días en esta misma columna, leí, estupefacto, el siguiente titular a cuenta del triunfo de Bad Bunny en los Grammy y su discurso contra el (en este caso sí se puede utilizar con propiedad el adjetivo) fascista ICE de Donald Trump: ‘No convirtamos la cultura en un mitin político’. Lo escribe Mario Vaquerizo, que, como todos sabemos, jamás ha manifestado su simpatía ni ha colaborado con presidenta autonómica alguna. Bien por él, por supuesto. Sólo faltaba quitarle al cantante la condición de ciudadano.
Defiende Mario que al artista no se le debe valorar por su ideología ni exigirle posicionamiento. Coincido. Cualquier persona sensata sabe que la obra siempre subordina al autor. Detesto el empeño de cierta izquierda en que abandone a muchos de mis preferidos porque no son de los ‘nuestros’. Vargas Llosa o Calamaro jamás saldrán de mi santoral. Disfruto de Harry Potter junto a mis hijos, digan lo que digan de J.K. Rowling. Mi figura de Woody Allen no va a abandonar el salón. En esta misma línea, asumo que Reverte y sus ‘cancelados’ acólitos seguirán animando a leer a David Uclés teniendo en cuenta que, hasta el vodevil guerracivilista, les encantaba.
Por supuesto que el artista puede hablar de política, es el público quien no puede ser tan gilipollas de decidir si le gusta o no en función de eso.
Además, lo que hizo Bad Bunny no es ideológico, es cívico. La cura de humildad que está dando al tétrico mundo MAGA desde que decidió no llevar a Estados Unidos su gira mundial debe ser celebrada por cualquiera que crea en los derechos humanos. En una semana va a conquistar dos de los escenarios tradicionalmente más trumpistas: los Grammy y la Super Bowl. Me apunta un periodista musical, experto en el tema, que los premios siempre han sido el feudo del mundo WASP (blanco, anglosajón y protestante) y la victoria del puertorriqueño en Disco del Año es «una anomalía mayor a que te toque el Gordo dos veces». Ahí queda.
Lo de la Super Bowl es aún más significativo. La NFL es un club de campo para multimillonarios blancos. Durante su anterior mandato, los dueños corrieron a sancionar a los jugadores por arrodillarse durante el himno en cuanto Trump dijo que debían ser «deportados». El año pasado, fue el primer presidente en ir al partido final y, al saberlo, la organización quitó del campo los carteles de «stop racismo». Cuando se anunció que uno de sus más duros críticos iba a protagonizar el gran evento en 2026 y, encima, cantando en español, Trump se lanzó en tromba para impedirlo. No lo ha logrado.
El domingo, Bad Bunny actuará en la Super Bowl para 200 millones de espectadores y su mera presencia es un triunfo contra la barbarie que representa el ICE. Si eso es política, Benito sea. Perdón, bendito.
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