<p>Para despegar cosas durante demasiado tiempo unidas lo fundamental es tener tiempo. Tiempo, paciencia y recursos, claro. Como primera aproximación, la experiencia nos dice que lo más sensato es aplicar calor sobre las superficies adheridas. <strong>El calor, como el cariño, ablanda, enternece, hace cobrar perspectiva y, lo más relevante, obliga a trabajar la memoria. </strong>Todo, desde lo más liviano o lo más grave, tiene memoria. Es posible incluso que, si el daño no es muy grande, se transija y se acabe por perdonar. Queda mancha, eso sí, pero siempre se puede disimular con un recuerdo de ésos imborrables que definieron una vida entera. Tan imborrables al menos como la misma mancha. El problema es que no todas las sustancias admiten una terapia tan amable, tan cálida y poco lesiva. A veces, es preferible raspar, remojar o, dado el caso, aplicar frío y provocar que la materia unida se endurezca y, entre sus bordes de repente rígidos, aparezca el olvido, un olvido siempre quebradizo. Pero, de nuevo, no hay método ni terapia que dejen indemne. Por muy bien que resulte este último remedio, como en el primero hay muchas posibilidades de que permanezca un cerco indeleble como testigo del error, de la falta o de, en efecto, la culpa. Un cerco con forma de herida.</p>
Quizá, cuando se descubre que algo no deseable se ha pegado tanto a aquello que considerábamos sagrado hasta arruinarlo, lo más sensato sea reconocer que estábamos equivocados y que lo noble, compartido y perfecto no lo era tanto.
Para despegar cosas durante demasiado tiempo unidas lo fundamental es tener tiempo. Tiempo, paciencia y recursos, claro. Como primera aproximación, la experiencia nos dice que lo más sensato es aplicar calor sobre las superficies adheridas. El calor, como el cariño, ablanda, enternece, hace cobrar perspectiva y, lo más relevante, obliga a trabajar la memoria. Todo, desde lo más liviano o lo más grave, tiene memoria. Es posible incluso que, si el daño no es muy grande, se transija y se acabe por perdonar. Queda mancha, eso sí, pero siempre se puede disimular con un recuerdo de ésos imborrables que definieron una vida entera. Tan imborrables al menos como la misma mancha. El problema es que no todas las sustancias admiten una terapia tan amable, tan cálida y poco lesiva. A veces, es preferible raspar, remojar o, dado el caso, aplicar frío y provocar que la materia unida se endurezca y, entre sus bordes de repente rígidos, aparezca el olvido, un olvido siempre quebradizo. Pero, de nuevo, no hay método ni terapia que dejen indemne. Por muy bien que resulte este último remedio, como en el primero hay muchas posibilidades de que permanezca un cerco indeleble como testigo del error, de la falta o de, en efecto, la culpa. Un cerco con forma de herida.
También se puede echar mano de soluciones más contundentes. Se puede utilizar vinagre, o alcohol o, dado el caso, acetona. La acetona, que solo por el nombre impone respeto, es un disolvente de olor fuerte que obliga a cerrar los ojos. La acetona huele a esmalte de uñas. La acetona huele a madre. Está en su naturaleza eliminar lo que entorpece que dos cosas siempre e indefectiblemente pegadas se separen. Y su contundencia, arrojo y efectividad están más que probados. El problema, y no pequeño, es que uno de los dos elementos pegados (y no siempre se puede elegir) acabe por desaparecer. Si no se administra con cuidado es posible que sus vapores nublen (o aclaren, cuidado) el entendimiento y lo que antes nos parecía digno del más noble y alto respeto, y hasta admiración, por culpa de una dosificación excesiva o equivocada quede reducido a una ruina, a un desecho informe de excusas mal digeridas y peor expuestas. Téngase en cuenta que muchas de nuestras posesiones son mucho más que simples objetos, son parte de nosotros.
Quizá, última opción, sea imposible separar dos cosas que han estado unidas durante tanto tiempo y con tanta fuerza que, directamente, una no se entiende sin la otra. Y al revés. Quizá ese empeño por colocar algo de un lado y lo otro del otro por medio del calor, del frío o de agresivas sustancias que huelen a madre no sea más que una forma algo artificial y muy egoísta de mantenerse a salvo de lo inevitable. Quizá, cuando se descubre que algo no deseable se ha pegado tanto a aquello que considerábamos sagrado hasta arruinarlo, lo más sensato sea reconocer que estábamos equivocados y que lo noble, compartido y perfecto no lo era tanto. Pese a nuestra proclividad natural a separar, quizá lo justo es dejarlo estar, renovar los viejos discos, las listas de Spotify y volver a cambiar el nombre de los aeropuertos.
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