<p>En un artículo en <i>The Atlantic</i>, la periodista y escritora <strong>Sophie Gilbert</strong> ha utilizado un término extremo para definir <i>Todas las de la ley</i>: <strong>atrocidad</strong>. Gilbert va todavía más lejos y llega a hablar de la «muerte de la cultura» para describir la serie de Ryan Murphy protagonizada por <strong>Naomi Watts, Glenn Close… y Kim Kardashian</strong>. Yo mismo le di a la bochornosa Todas las de la ley un espacio más que generoso en este mismo diario hace un par de semanas. La serie me parece tan ridícula como relevante. Más digna de ser comentada que digna a secas. Nada sorprendentemente, está siendo un éxito de audiencias. En un mercado, el de las series, cada vez más competitivo y fragmentado, esta carísima mamarrachada ha encontrado su sitio. El secreto de su triunfo, según Sophie Gilbert y según yo, está claro: Murphy convierte en serie de televisión la dinámica de consumo de las redes sociales. Las secuencias de <i>Todas las de la ley</i> parecen sucesiones de <i>reels </i>de nuestro <i>feed </i>de Instagram. Y tienen la misma profundidad. El fin de la cultura también es poner dos neopalabros y una marca comercial en la misma frase.</p>
En un artículo en The Atlantic, la periodista y escritora Sophie Gilbert ha utilizado un término extremo para definir Todas las de la ley:
En un artículo en The Atlantic, la periodista y escritora Sophie Gilbert ha utilizado un término extremo para definir Todas las de la ley: atrocidad. Gilbert va todavía más lejos y llega a hablar de la «muerte de la cultura» para describir la serie de Ryan Murphy protagonizada por Naomi Watts, Glenn Close… y Kim Kardashian. Yo mismo le di a la bochornosa Todas las de la ley un espacio más que generoso en este mismo diario hace un par de semanas. La serie me parece tan ridícula como relevante. Más digna de ser comentada que digna a secas. Nada sorprendentemente, está siendo un éxito de audiencias. En un mercado, el de las series, cada vez más competitivo y fragmentado, esta carísima mamarrachada ha encontrado su sitio. El secreto de su triunfo, según Sophie Gilbert y según yo, está claro: Murphy convierte en serie de televisión la dinámica de consumo de las redes sociales. Las secuencias de Todas las de la ley parecen sucesiones de reels de nuestro feed de Instagram. Y tienen la misma profundidad. El fin de la cultura también es poner dos neopalabros y una marca comercial en la misma frase.
Miguel Agnes, factótum de EPSA, la madre de todos los pódcasts underground y contraculturales de España, tiene claro que la cultura cambió (¿murió?) con la popularización de los teléfonos móviles con internet. No es una teoría ni revolucionaria ni desquiciada (y mucho menos en EPSA), pero con frecuencia obviamos el tema. Antes uno sólo podía ir a las cosas (al cine, al teatro, a comprar libros o discos); ahora existe la opción de que todo le venga a uno a través del smartphone. Vivimos en un scroll infinito, uno del que no nos bajamos cuando fuimos conscientes de que mucho de ese contenido (contenido) no lo elegíamos nosotros, sino un algoritmo. Cuando nos explicaron cómo funcionaban Instagram, TikTok o YouTube, hicimos como que nos escandalizábamos… y seguimos dentro, hipnotizados por el surtidor infinito de vídeos de gatitos, coreografías de influencers y fragmentos virales de Paquita Salas. Y Kardashians.
La teoría de la muerte de la cultura puede parecer apocalíptica, pero quizá es que ahora las cosas van tan rápido que las tendencias no duran décadas, sino semanas. Y las decadencias se precipitan. Sucede todo a tal velocidad que lo que hoy está in mañana está out y pasado mañana vuelve a nuestras vidas (y nuestros móviles) en modo vintage. Los constantes intentos de poner de moda los teléfonos sin internet son infructuosos, y en las tiendas de ropa de segunda mano las camisetas con el logo de Nokia ya son doblemente retro. Van ya por su cuarto propietario. Hay trends que nacen y mueren en lo que te escuchas un episodio de EPSA. Uno de los últimos dura cinco horas. Yo puedo estar seis viendo estupideces de 30 segundos en internet. Más de 700 estupideces, si hacemos el cálculo.
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