<p>Ocupado como debía de andar en espantar el polvo de su colección de espadas roperas, <strong>Pérez-Reverte</strong> se habrá visto en el lacerante sacrificio de renunciar a las emocionantísimas noches de lunes frente a <strong>Mayeli, Gilbert, Claudia y Juampi</strong>. Liadillo con la capa y el tahalí, no habrá alcanzado a observar la gloria lingüística que también martes y jueves, o cuando narices se le antojara al programador de la parrilla, se abría ante <strong>Sandra Barneda</strong>. Las palabras arañaban la garganta de los concursantes de <i>La isla de las tentaciones</i> y rompían el diccionario. Sus gritos activaban un volcán de neologismos.</p>
«En su defensa torquemadesca, se ha contagiado del conservadurismo del veterano, leal guardaespaldas del mundo que conoció: el youtuber al que los adolescentes observan jugar a Call of Duty es el culpable de las cesiones de la RAE a los vicios del pueblo».
Ocupado como debía de andar en espantar el polvo de su colección de espadas roperas, Pérez-Reverte se habrá visto en el lacerante sacrificio de renunciar a las emocionantísimas noches de lunes frente a Mayeli, Gilbert, Claudia y Juampi. Liadillo con la capa y el tahalí, no habrá alcanzado a observar la gloria lingüística que también martes y jueves, o cuando narices se le antojara al programador de la parrilla, se abría ante Sandra Barneda. Las palabras arañaban la garganta de los concursantes de La isla de las tentaciones y rompían el diccionario. Sus gritos activaban un volcán de neologismos.
Mientras se atusaban las extensiones reverdecidas por el cloro de la piscina, brotaba imparable una corriente de nuevos significados que como granos de maíz al calor, pop, pop, pop, se transformaban en palomitas, reacomodados al fin en sus significantes. ¡Eres un personaje!, chillaba una novia a su futuro ex. ¡Me has robado durante 11 años la cariñosidad!, exclamaba con el corazón estrujado otra veinteañera antes de regresar a la soltería. El español engordaba en una playa dominicana.
La lengua, le recuerda Salvador Gutiérrez Ordoñez al escritor de cuyo caletre nació Falcó, «es de todos los hablantes, no solo de los escritores». Su visión de los quehaceres de la RAE, explica, se ha enmohecido. En su defensa torquemadesca, se ha contagiado del conservadurismo del veterano, leal guardaespaldas del mundo que conoció: el youtuber semialfabetizado al que los adolescentes observan jugar a Call of Duty, analiza, es el culpable primero de las cesiones de la Academia a los vicios del pueblo.
Pero el demonio solo duerme en las celdas de Excel. Se esconde tras columnas sombreadas que revelan KPIs y condensan performance reviews. Las palabrejas que gangrenan despegan desde las lenguas de quienes apoquinan 40.000 euros por un máster en gestión empresarial, liderazgo y comunicación. Infectan a los periodistas, que cada noche replican las perífrasis que los gurús del debate injertan en los discursos de los políticos, y contagian a quienes mantienen el informativo de fondo en el salón.
El español se dilata y la Academia, apunta Gutiérrez Ordoñez a Pablo R. Roces, refrenda. El disgusto será inconsolable cuando asemeje aplicar y solicitar, pero el idioma es de quien tiene manos, hisopo de la puntuación, y lengua. Cuestionable sobre todo puede ser lo que se fabrica con las palabras. Por ejemplo: «Después se dio la vuelta, poniéndose a cuatro patas. Los senos germánicos colgaban grandes y pesados. Sólo faltaba música de Wagner». Menudo personaje.
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