<p>El <i>western </i>es, por definición, un género que habla de límites, de la frontera, de la posibilidad de lo distinto. Y dentro de él, como metáfora dentro de la metáfora, el subgrupo (o solo subgénero) del enfrentamiento casi milenario entre ganaderos y colonos. Los primeros aspiran a un espacio sin demarcaciones, un territorio libre de barreras por el que los vaqueros deambulen libres de la carga del destino y en busca de fortuna. Los segundos, en cambio, ansían un lugar en el que establecerse, en el que plantar sus cosechas y en el que clavar los postes que la ley y el orden. <i>El hombre que mató a Liberty Valance</i> como paradigma de todo lo que es capaz una narración que quiere ser mito.<i><strong>La misteriosa mirada del flamenco</strong></i><strong>, pese a su título de documental de La 2 o de Canal Sur, es </strong><i><strong>western</strong></i><strong>; es western que vive toda ella en el límite, en el límite de los cuerpos, en el límite del desierto, en la posibilidad misma de un cine que no distingue entre géneros y que igual es fantástico que tragedia que, ya se ha dicho, película del Oeste.</strong> Y ahí, en su voluntad de no aceptar ni definiciones ni más frontera que el mismo horizonte, crece y se hace grande, pese a su muy desafortunado y muy confuso título. </p>
El chileno Diego Céspedes sorprende con una fábula en el fin del mundo de libertad, fronteras que se rompen y cuerpos plenos
El western es, por definición, un género que habla de límites, de la frontera, de la posibilidad de lo distinto. Y dentro de él, como metáfora dentro de la metáfora, el subgrupo (o solo subgénero) del enfrentamiento casi milenario entre ganaderos y colonos. Los primeros aspiran a un espacio sin demarcaciones, un territorio libre de barreras por el que los vaqueros deambulen libres de la carga del destino y en busca de fortuna. Los segundos, en cambio, ansían un lugar en el que establecerse, en el que plantar sus cosechas y en el que clavar los postes que la ley y el orden. El hombre que mató a Liberty Valance como paradigma de todo lo que es capaz una narración que quiere ser mito.La misteriosa mirada del flamenco, pese a su título de documental de La 2 o de Canal Sur, es western; es western que vive toda ella en el límite, en el límite de los cuerpos, en el límite del desierto, en la posibilidad misma de un cine que no distingue entre géneros y que igual es fantástico que tragedia que, ya se ha dicho, película del Oeste. Y ahí, en su voluntad de no aceptar ni definiciones ni más frontera que el mismo horizonte, crece y se hace grande, pese a su muy desafortunado y muy confuso título.
El director chileno debutante Diego Céspedes cuenta la historia de un pueblo en mitad de cualquier parte. O de ninguna parte, mejor. Allí, ganaderos y colonos, viven en una Arcadia no necesariamente feliz un grupo de personas trans en equilibrio inestable con una comunidad de mineros. Los segundos acusan a los primeros de la transmisión de una extraña enfermedad contagiada por la mirada. Como el mismo cine. Pronto, surge el conflicto, y de su mano, la desgracia, y de su mano, la obligación de la venganza. Toda la cinta está narrada desde los ojos entre sorprendidos y completamente nuevos de una niña de 11 años donde el odio, el miedo y hasta la mucho menos dramática gratitud conviven en un espacio virgen de etiquetas, nombres y cartografías.
La misteriosa mirada del flamenco avanza por la pantalla como una cantata a veces triste, por momentos desesperada, tan inquietante como llena de luz. La fotografía saturada del desierto se mezcla con el tenebrismo opaco de unos interiores por fuerza desolados. Todo, tanto por la gramática como por la imitación consciente de modelos clásicos muy cerca del espagueti-western, se antoja perfectamente conocido y reconocible y, sin embargo, un halo de enigma, que también lo es del misterio que anuncia el título, empapa cada imagen hasta lograr un ambiente medio mágico, medio cruel, medio cálido pese a todo. Lo que queda es una sorprendente fábula en el fin del mundo, que también es western queer, sobre la libertad, las fronteras que se quiebran y los cuerpos plenos habitados por el deseo, el amor y, claro está, el rencor. Sin duda, y pese a lo premioso, cuando no irritante, de una narración quizá demasiado contenta de sus hallazgos, una de las obras más intrigantes y bellas con las que empezar el año.
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Dirección: Diego Céspedes. Intérpretes: Tamara Cortés, Matías Catalán, Paula Dinamarca. Duración: 110 minutos. Nacionalidad: Chile.
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