<p>Con los años, a <strong>Black Sabbath nos han colgado la etiqueta de inventores del heavy metal</strong>. Incluso me llaman el «Padrino del heavy metal», sea lo que sea que eso signifique. Pero no estoy del todo seguro de que sea verdad. Para mí, la primera canción realmente heavy fue<i> You Really Got Me</i>, de The Kinks (1964), que salió el verano en que dejé la escuela. Cuando escuché por primera vez ese riff –¡duh-n-n n-nuh! ¡duh-n-n-n-nuh!– me pasó algo por dentro. Fue como una droga. Oírlo era como tener un maldito orgasmo. Me compré el single cinco veces porque no paraba de desgastarlo. Puede que fuera mi primera adicción. A mi viejo casi lo vuelvo loco. El tío me berreaba: «¡Si vuelvo a oír eso una vez más, te juro que…!».</p>
Adelantamos en exclusiva un extracto de las memorias póstumas del legendario cantante de heavy metal Ozzy Osbourne, que falleció en julio pasado
Con los años, a Black Sabbath nos han colgado la etiqueta de inventores del heavy metal. Incluso me llaman el «Padrino del heavy metal», sea lo que sea que eso signifique. Pero no estoy del todo seguro de que sea verdad. Para mí, la primera canción realmente heavy fue You Really Got Me, de The Kinks (1964), que salió el verano en que dejé la escuela. Cuando escuché por primera vez ese riff –¡duh-n-n n-nuh! ¡duh-n-n-n-nuh!– me pasó algo por dentro. Fue como una droga. Oírlo era como tener un maldito orgasmo. Me compré el single cinco veces porque no paraba de desgastarlo. Puede que fuera mi primera adicción. A mi viejo casi lo vuelvo loco. El tío me berreaba: «¡Si vuelvo a oír eso una vez más, te juro que…!».
Sea lo que sea lo que digan los libros de historia sobre el heavy metal, lo cierto es que queríamos que el primer disco de Sabbath (Black Sabbath, 1970) fuera más heavy que cualquier cosa que hubiéramos hecho antes. No solo con la música, también con las letras. En aquella época, nadie cantaba sobre Satanás, demonios o cadáveres. Vale, Fleetwood Mac había sacado Black Magic Woman, que luego versionó Santana. Pero no veías chicas salir corriendo, aterradas, de los conciertos de Fleetwood Mac. Eso lo veías en los nuestros. Tienes que entender que en esa época había mucha más gente que iba a misa y creía de verdad en el diablo. Así que cuando escuchaban ese riff siniestro de tres notas y me oían a mí, aullando acerca de una figura negra de ojos de fuego que venía a llevárseme, todos creían que después vendría a por ellos.
El problema es que la imagen que creó aquel primer álbum fue tan potente que durante mucho tiempo la gente creyó que solo hacíamos música satánica. De ahí que empezaran a llamarme el Príncipe de las Tinieblas, supuestamente a causa de un verso sacado del Paraíso perdido de John Milton. Aunque la verdad es que yo no tenía ni puta idea de quién era John Milton.
El libro Últimos ritos de Ozzy Osbourne sale a la venta el 8 de enero (Cúpula).
Es un milagro que me quedara cualquier tipo de futuro profesional después de Sabbath. Cuando me echaron [en 1979] –según ellos, por estar jodidamente acabado–, acabé viviendo en un apartamentito, con su propia cocina y salón, en un bloque de alojamiento temporal llamado Le Parc, en West Hollywood. No tenía ni idea de qué iba a hacer después. El estrés me estaba matando. Me limitaba a pedir alcohol a domicilio de la licorería Gil Turner’s, en Sunset Strip, y a pasar todo el día con las persianas bajadas, el aire acondicionado a tope y la chimenea de gas encendida al mismo tiempo, porque me recordaba a casa. Bebía y fumaba hasta perder el conocimiento. Mientras tanto, mi mujer de entonces estaba en Inglaterra con los niños, esperando a que encontrase un nuevo trabajo para no quedarnos sin un duro.
El problema era que yo acababa de cumplir 31 tacos y me encontraba peligrosamente cerca de ser demasiado mayor para un rockero. En mi cabeza, había muchas probabilidades de que acabara fundiéndome lo que quedaba de nuestros ahorros y no tuviera más alternativa que ir a buscar trabajo en el ramo de la construcción.
Fue Sharon quien me salvó.
Lo loco es que apenas la conocía por entonces. Trabajaba para su padre, Don Arden, que por aquel entonces era el mánager de Sabbath. Se hacía llamar Mr. Big y tenía pinta y maneras de gánster del East End. Se decía que una vez colgó por la ventana a Robert Stigwood, el mánager de los Bee Gees, por intentar robarle a los Small Faces, la banda más importante que Arden tenía entonces. También había historias de que apagaba sus puros en la frente de la gente o sobornaba a DJ para que pusieran sus discos en la radio. No sé cuánto había de cierto en todo eso. Yo prefería mantenerme bien lejos de él.
Cuando me echaron de Sabbath, pensé que Don seguiría llevando los asuntos del grupo y que yo me quedaría tirado. Al fin y al cabo, Sabbath tenía un nombre. ¿Quién coño había oído hablar de Ozzy?
Y entonces llegó la llamada a la puerta. Era el momento que temía. Pero no era el encargado del edificio ni tampoco uno de los matones de Don que llegaba para ponerme de patitas en la calle. Era Sharon, vestida para matar, mirándome, y yo en calzoncillos, sin afeitar, borracho perdido, con latas de cerveza por todo el suelo. A Sharon le cuesta mucho escandalizarse –cuando creces siendo la hija de Don Arden, ya lo has visto todo–, pero el olor la hizo dar un paso atrás.
–Si pones un poco de orden en toda este mierda –dijo al fin–, nos gustaría representarte.
Me quedé tan sorprendido que lo único que fui capaz de articular fue:
–¿A… A mí?
–No, al otro Ozzy Osbourne que tienes detrás –me contestó–. ¡Por supuesto que a ti.
Sin Sharon, estaría muerto. De eso estoy cien por cien seguro.
Si mi carrera después de Sabbath se puede resumir en un momento, ese momento fue el lanzamiento del álbum Blizzard of Ozz en Estados Unidos.
Cuando piensas en la cantidad de cantantes de grandes bandas británicas cuyos discos en solitario se fueron a pique en Estados Unidos igual que un zurullo, parece increíble. Y yo era un don nadie comparado con la mayoría. No había motivos para pensar que me iría mejor.
La fecha de lanzamiento fue en marzo de 1981. El disco ya había salido unos meses antes en el Reino Unido. Cuando llegamos a Los Ángeles para el lanzamiento en Estados Unidos, la presión era brutal. Y la única forma que yo conocía de afrontarla era beber toda la noche y seguir bebiendo por la mañana. Así que eso hice el día de nuestra gran reunión con el Departamento de Marketing de nuestra discográfica americana, Epic, que pertenecía a CBS Records.
El plan era que yo causara impresión sacando dos palomas blancas del bolsillo –alguien las había comprado en una tienda de animales la noche anterior–. Solo tenía que abrir una ventana, decir «paz» o «rock and roll» o algo así, y dejarlas volar. Sinceramente, no me hacía ninguna gracia la idea, sobre todo porque las jodidas palomas no paraban de cagarse en los bolsillos de mi chaqueta.
Pero Sharon insistía:
–Es tu única oportunidad de causar impresión. Tienes que montarles un buen espectáculo.
La cuestión era que yo ya llevaba en el mundillo de la música el tiempo suficiente como para saber de qué iba el rollo. Si la discográfica estaba montando una reunión de marketing, no iba a ser solo para mí. Habría un rapero delante, un cantautor detrás y, entre medio, un cabrón tocando un jodido didgeridoo, mientras los de marketing, con sus trajes y sus Rolex, pasaban de todos nosotros. Allí no había fans. Para ellos no era más que otro día en la oficina.
Fue solo al ver las cámaras que había por toda la sala cuando decidí qué hacer. ¿Quieren espectáculo?, pensé. Pues lo van a tener. Sabía perfectamente la imagen que quería conseguir: horror, horror absoluto en las caras de todo el mundo. En cuanto a Sharon, ella no tenía ni idea de lo que iba a pasar; si hubiese sospechado que las palomas corrían algún peligro, me las habría quitado de las manos en un segundo.
Entramos en la sala de juntas. Debía de haber por lo menos 25 ejecutivos, y acababan de escuchar Crazy Train y otras canciones de Blizzard of Ozz. Así pues, sin pensarlo, me senté en las rodillas de una chavala que estaba en primera fila, y tras un par de minutos de escuchar toda su palabrería de mierda, saqué una de las palomas, tal y como habíamos quedado, y dije «paz» o «rock and roll» o lo que fuera.
–¡Oooh!–, hizo la sala entera.
Entonces respiré hondo, sonreí para la cámara y le arranqué la cabeza de un mordisco a la paloma.
Aquello se convirtió en una puta locura. Gritos. Llantos. Arcadas. Llamadas a seguridad. Llamadas a la Policía. Para entonces, yo ya había tirado el cuerpo de la paloma sobre la mesa de reuniones, pero aún tenía la cabeza en la boca, así que la escupí y volví a sonreír para la cámara. Tenía sangre, mierda de pájaro y plumas por todas partes. Fue absolutamente horrendo. A día de hoy sigo sin saber qué coño estaba pensando. Bueno, no estaba pensando nada. Llevaba 36 horas metido en una juerga de 72.
De repente, unos tipos enormes con pinganillos y pistolas entraron corriendo, nos agarraron a Sharon y a mí, y nos echaron a la calle. Sharon, literalmente, se meaba de la risa, supongo que más por el shock que por otra cosa.
Mientras tanto, yo había soltado la otra paloma, así que sabíamos que seguía revoloteando por ahí arriba, mientras media docena de seguratas gigantes intentaban atraparla.
Lo primero que tengo que decir es que la pobre paloma no se lo merecía. Ahora que soy mayor y vivo permanentemente sobrio en un mundo sobrio, no soporto ningún tipo de crueldad hacia los animales. Lo que le pasó a ese pájaro me lo llevaré a la tumba. Pero no puedo cambiar lo que hice. Y la verdad es que, por muy mal que me portara, aquello lo cambió todo para Blizzard of Ozz.
Cuando empezó la gira norteamericana, unas semanas después, la gente pensaba que yo era un jodido lunático. Así que decidimos jugar con eso y tirábamos cubos llenos de tripas de cerdo y cosas así al público. Lo que nadie esperaba era que los fans jugaran a lo mismo y me tiraran cosas al escenario. Mientras tanto, las autoridades se volvían locas con las atrocidades que creían que estábamos cometiendo, cuando, en realidad, no era más que restos y casquería que habíamos sacado de la carnicería más próxima.
Cada noche aquello se iba de madre un poco más, hasta que, a principios de enero –ya en 1982–, la gira llegó al Veterans Memorial Auditorium, de Des Moines (Iowa). Esa noche alguien lanzó al escenario lo que yo pensé que era un murciélago de broma. Lo cogí… y no hace falta que cuente lo que ocurrió a continuación. Solo diré que, en cuanto le mordí el cuello, me di cuenta de que no era de goma. A partir de ese día, mi reputación me precedía allá donde iba. Y, claro, la naturaleza humana es la que es: la historia del murciélago se fue haciendo cada vez más truculenta a medida que corría de boca en boca. Era como el juego del teléfono roto: empieza con «Johnny se ha cortado el dedo» y acaba con «Johnny se ha cortado la cabeza».
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