<p>Hace 30 años se estrenó <i><strong>Mallrats</strong></i>, un fracaso estrepitoso en taquilla, un fenómeno aún vivo entre los jóvenes y otro canario en la mina para demostrar que la crítica cultural es fallida por naturaleza. En 1994, <strong>Kevin Smith</strong> había ganado premios en Sundance y Cannes con <i><strong>Clerks</strong></i>, que, excepto algún momento legendario («¡37!») no ha envejecido bien. A Smith, que no dejaba de ser un veinteañero friki, fumeta y gracioso, le dieron dinero para su siguiente proyecto e hizo lo que cabía esperar: una peli veinteañera, friki, fumeta y graciosa… pero cara. Lo machacaron. La taquilla fue un desastre, hundida por unas críticas terribles. Esas críticas, por supuesto, las escribieron un montón de tipos de mediana edad que no tenían ni puta idea de qué estaban viendo, pero creían que sí. La verdad eran ellos, pese a que no habían pillado la mayoría de los chistes.</p>
El periodismo cultural debería estar plagado de veinteañeros y ser ellos quienes nos contaran lo que está pasando, pero funciona al revés y pasa lo que pasa
Hace 30 años se estrenó Mallrats, un fracaso estrepitoso en taquilla, un fenómeno aún vivo entre los jóvenes y otro canario en la mina para demostrar que la crítica cultural es fallida por naturaleza. En 1994, Kevin Smith había ganado premios en Sundance y Cannes con Clerks, que, excepto algún momento legendario («¡37!») no ha envejecido bien. A Smith, que no dejaba de ser un veinteañero friki, fumeta y gracioso, le dieron dinero para su siguiente proyecto e hizo lo que cabía esperar: una peli veinteañera, friki, fumeta y graciosa… pero cara. Lo machacaron. La taquilla fue un desastre, hundida por unas críticas terribles. Esas críticas, por supuesto, las escribieron un montón de tipos de mediana edad que no tenían ni puta idea de qué estaban viendo, pero creían que sí. La verdad eran ellos, pese a que no habían pillado la mayoría de los chistes.
Pienso en esto con las críticas sobre Rosalía en grandes medios. No puedo evitar la sensación de que tras cada superlativo se esconde un cuarentón disfrazado de joven, un señor que no entiende bien de qué va Lux (sucedió aún más con Motomami) y cuando llegue a casa pondrá Radiohead, pero ve que está enloqueciendo a los chavales y finge que sigue al día para mantener su tribuna. Cuando llegas a opinar en un sitio grande, ya eres viejo. Yo también soy ese señor, no se crean.
Hace siete años, cuando Malamente abrió los ojos al mundo, Rosalía nos dio una entrevista y se decidió que la hiciera yo porque era el joven, pese a que los 40 ya no los cumplía. Por más que detectemos la grandeza, ¿cómo diablos vamos a valorar algo que no es para nosotros? La crítica cultural debería estar plagada de veinteañeros y ser ellos quienes nos contaran lo que está pasando, pero funciona al revés y pasa lo que pasa.
Mallrats es estupenda porque es exactamente la peli que quiere ser y funcionó como un reloj con el público al que se dirigía, que la ha mantenido vigente en VHS, DVD y plataformas. En el verano del 96, cuando llegó a España, yo era ese público. En una edad en que se quedaba a diario y un Madrid donde aún había sesiones de madrugada e ir al cine no era un lujo, cinco o seis veces, ya con varias cervezas, alguien preguntó: «¿Qué hacemos ahora?». Y un coro respondió al unísono: «Mallrats«. Cogimos los coches hasta la Plaza de los Cubos y fuimos felices.
Si pones Mallrats a un cuarentón que no la haya visto, aguantará 20 minutos. Pero si la vio en su día, llorará de risa y correrá a buscar Persiguiendo a Amy, el cierre perfecto de la trilogía. El cine y la música para chavales no es peor, al contrario: es superior porque el amor dura más. Y si no lo entiendes, es mejor callarte y parecer viejo que menospreciarlo y confirmar que eres idiota.
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