Puestos a estrellarse, que sea contra el cielo. Todo autor más o menos reconocido (incluso consagrado), más que menos jaleado por la crítica y hasta capaz de convencer a casi todos de poseer una gramática y visión propia tiene derecho a, llegado un momento y como mínimo, un día libre. Lo dice el convenio marco de los directores independientes y hasta lo ratifica el estatuto de los trabajadores con iniciativa (buena o mala, da igual). Mother Mary, en consecuencia y ateniéndose a la legalidad vigente, podría considerarse o el trabajo más arriesgado y radical de David Lowery –director de joyas como En un lugar sin ley, A Ghost Story, The Old Man & the Gun y El caballero verde— o simplemente un accidente laboral. Lo que no deja dudas es que se trata de la consecuencia directa de unas vacaciones bien merecidas. Libre de obligaciones contractuales y sin limitación de tipo alguno, el responsable de esta obra magna del desconcierto deja que sus obsesiones fluyan, se lanza al vacío y, en efecto, colapsa, pero contra el fimamento.
David Lowery convierte un intenso drama sobre la herida de una relación rota entre una cantante y su modista en un cuento de fantasmas y exorcismos tan visualmente despampanante como errático
Puestos a estrellarse, que sea contra el cielo. Todo autor más o menos reconocido (incluso consagrado), más que menos jaleado por la crítica y hasta capaz de convencer a casi todos de poseer una gramática y visión propia tiene derecho a, llegado un momento y como mínimo, un día libre. Lo dice el convenio marco de los directores independientes y hasta lo ratifica el estatuto de los trabajadores con iniciativa (buena o mala, da igual). Mother Mary, en consecuencia y ateniéndose a la legalidad vigente, podría considerarse o el trabajo más arriesgado y radical de David Lowery –director de joyas como En un lugar sin ley, A Ghost Story, The Old Man & the Gun y El caballero verde— o simplemente un accidente laboral. Lo que no deja dudas es que se trata de la consecuencia directa de unas vacaciones bien merecidas. Libre de obligaciones contractuales y sin limitación de tipo alguno, el responsable de esta obra magna del desconcierto deja que sus obsesiones fluyan, se lanza al vacío y, en efecto, colapsa, pero contra el fimamento.
Para situarnos, Mother Mary cuenta la historia de una estrella del pop o semidiosa popular, como se quiera, que un buen día se siente desfallecer. Nuestra heroína, a medio camino entre Lady Gaga, Beyoncé, Madonna, Rosalía y la mismísima santa Teresa de Jesús, no se halla. De repente, siente que le falta algo. Su misma alma quizá. Entonces, hace lo que cualquiera haría en su situación: acudir a la modista. Pero no a una cualquiera, sino a la mejor de todas, que no es otra que la que tiempo atrás la convirtió en la divinidad pagana que ahora mismo es y que ella, ingrata, abandonó en pleno éxtasis triunfal. Se trata pues de un reencuentro y un ajuste de cuentas, como se quiera.
Pese a lo estrafalario, aparatoso o hasta demencial del asunto tratado, hasta aquí Mother Mary funciona con brillantez y brío merced a un guion tan acerado y obsesivo como agrio y ágil. Dos personajes heridos hurgan y se lamen a la vez sus respectivas heridas. Anne Hathaway, desde la más reposada, estilizada y perfecta de las bellezas apolíneas, y Michaela Coel, desde la más ríspida, angulosa y también perfecta de las bellezas dionisiacas, se retan, se escupen, se gritan y, en silencio, parecería que se aman. En el taller de la diseñadora, la cantante y la costurera aciertan a despellejarse en la misma medida que, sencillamente, declaman su pasión. Lo que viene a ser hacerse un traje. Lowery compone de entrada una película claustrofóbica encerrada en la esgrima de una conversación donde se dirimen afrentas, viejas pasiones, resentimientos y una devoción compartida por el arte. Y así…
…Y así hasta que, sin previo aviso, entra en escena una suerte de fantasma ensangrentado con aspecto de velo místico que es a la vez diablo y ángel exterminador, exorcismo y liberación, Mefistófeles y Fausto, todo y absolutamente nada. Es entonces cuando la película se pierde en su apuesta visual despampanante y, entre referencias místicas, imaginería católica de saldo y una banda sonora con canciones exageradamente enfáticas (firmadas por Charli XCX y Jack Antonoff), se arroja al mismo vacío al que nuestra diva una vez se dejó caer. Digamos que la cinta sintoniza sin el menor asomo de crítica con ese empeño solemne y desmedido en el que vive el pop actual donde cada concierto, álbum, aparición o post de Instagram se cuenta y se sufre con un histerismo extático ciertamente ridículo.
Afirma la protagonista que necesita un vestido para cantar la que será la mejor canción de la historia de la música. Modesta no es. El tema en cuestión se llama Spooky Action, en referencia a la frase que usó Albert Einstein para describir el entrelazamiento cuántico («fantasmal») entre dos partículas independientemente de la distancia entre ellas. La metáfora, por evidente, deja pocas opciones y Mother Mary, aún menos. En su empeño de contarlo todo –desde el secreto del proceso creativo al misterio compartido de la música y lo sagrado, pasando por la naturaleza vaporosa de los espectros–, la película acaba por ser poco más que un afectado, pomposo y desnortado accidente un día cualquiera de unas vacaciones bien merecidas. Puestos a estrellarse, que sea contra el cielo.
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Director: David Lowery. Intérpretes: Anne Hathaway, Michaela Coel, Hunter Schafer. Duración: 112 minutos. Nacionalidad: Reino Unido.
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