La pregunta siempre es la misma: ¿cómo representar lo irrepresentable? ¿cómo narrar lo que no admite relato posible? Hay varios modos de acercarse a Naza. El más evidente tiene que ver con su naturaleza de testimonio, de documental, de su compromiso inalienable con eso tan duro llamado realidad. Dos decenas de testigos narran, antes que confiesan, lo que han hecho y en la puntual descripción de cada uno de sus crímenes denuncian un genocidio y se denuncian a sí mimos. De paso, nos denuncian a todos. Su fracaso (pues eso es, pese a la apariencia de victoria) es también el nuestro. Sin embargo, Naza es, en verdad, el puntual relato de su propia y más íntima imposibilidad. Todo lo que se escucha en el escenario fantasmal de una ciudad (Tel Aviv) de noche no son más que palabras salpicadas de silencios. Las primeras hablan de exterminio, de sufrimiento y de dolor; los segundos solo sangran. Y en esa extraña sinfonía amortiguada por el ruido de las sirenas y del tráfico en hora punta, lo que queda es la perfecta descripción de un hueco: el vacío que deja el ser humano cuando desaparece. Todo lo que se escucha se antoja indescriptible, brutal, ciego e inhumano, y Naza se hace fuerte en cada una de estas negaciones como lo que es: la detallada narración de lo inenarrable.
Los directores de No Other Land componen la película de nuestro tiempo; un soberbio, electrizante y demoledor documental sobre el modelo sistemático de aniquilación del pueblo palestino contado por miembros del propio ejército israelí
La pregunta siempre es la misma: ¿cómo representar lo irrepresentable? ¿cómo narrar lo que no admite relato posible? Hay varios modos de acercarse a Naza. El más evidente tiene que ver con su naturaleza de testimonio, de documental, de su compromiso inalienable con eso tan duro llamado realidad. Dos decenas de testigos narran, antes que confiesan, lo que han hecho y en la puntual descripción de cada uno de sus crímenes denuncian un genocidio y se denuncian a sí mimos. De paso, nos denuncian a todos. Su fracaso (pues eso es, pese a la apariencia de victoria) es también el nuestro. Sin embargo, Naza es, en verdad, el puntual relato de su propia y más íntima imposibilidad. Todo lo que se escucha en el escenario fantasmal de una ciudad (Tel Aviv) de noche no son más que palabras salpicadas de silencios. Las primeras hablan de exterminio, de sufrimiento y de dolor; los segundos solo sangran. Y en esa extraña sinfonía amortiguada por el ruido de las sirenas y del tráfico en hora punta, lo que queda es la perfecta descripción de un hueco: el vacío que deja el ser humano cuando desaparece. Todo lo que se escucha se antoja indescriptible, brutal, ciego e inhumano, y Naza se hace fuerte en cada una de estas negaciones como lo que es: la detallada narración de lo inenarrable.
En 2024, el documental No Other Land, firmado a ocho manos por dos directores palestinos (Basel Adra y Hamdan Ballal) y dos israelíes (Yuval Abraham y Rachel Szor), conmocionó al mundo. La película narraba con una precisión muy cerca del vértigo, o del espanto, el acoso al que el ejército israelí sometía y aún somete al pueblo palestino en Cisjordania. Naza viene firmada únicamente por la pareja de cineastas israelíes. El argumento es el motivo. Durante 80 minutos demoledores, precisos y angustiosos, un total de 24 militares, expertos en inteligencia y empleados del Estado israelí cuentan a cámara con el rostro velado lo que han hecho. Lo cuentan, ya se ha dicho, de noche. Lo cuentan y, acto seguido, callan. Si No Other Land, más allá de los sufrimientos individuales, lo que hacía era definir la manera precisa cómo actúa un sistema para destruir viviendas y desplazar a la población; aquí, otro tanto. Pero desde el otro lado, desde el otro sistema.
Los que hablan no se confiesan ni mucho menos piden perdón. Simplemente recuerdan que, en una ocasión, para acabar con la vida de un supuesto terrorista, no tuvieron problema en asesinar en la misma acción hasta a 500 personas que nada tenían que ver con el objetivo. Es solo un ejemplo. Naza, por cierto, es la palabra utilizada por el Estado israelí para denominar a «los daños colaterales». Unos muestran algo parecido al arrepentimiento, otros exhiben algo parecido a la contrición y los últimos simplemente se dejan llevar por algo parecido a la culpabilidad, casi indistinguible de la simple desidia. Hablan de una forma de operar que ha acabado ya con la vida de 73.000 personas. Hablan y un extraño hueco indistinguible del vacío les consume. Al fondo, las vidas anónimas, tranquilas y acristaladas del pueblo de Israel.
En la segunda mitad de Naza, tras la catarata de revelaciones a cual más demoledora (tanto en sentido real como figurado), los entrevistados se enfrentan, cada uno a su modo, a sus demonios morales. Llamémoslo así. Uno admite lo divertido que puede llegar a ser su trabajo y lo compara con jugar a un videojuego en una habitación con aire acondicionado. Otro no reconoce más culpa que la de cualquier otro funcionario público en su puesto de trabajo. Y el último lo desmonta todo. «Viajé a Polonia para ver un campo de exterminio e intentar entender algo. Ahora lo comprendo», dice. La sola comparación desnuda universos de culpa. En un momento dado, al fondo, se ve que la Cineteca israelí proyecta Shoah, la monumental obra maestra de Claude Lanzmann sobre el Holocausto.
No es casualidad. Lanzmann mantuvo que ninguna imagen del Holocausto hace justicia con el significado profundo de su atrocidad, con aquello que lo hizo posible. En primer lugar, porque no hay tal cosa: no hay imágenes de aquello, solo de los cuerpos arrasados. Pero, por otro lado, no hay imágenes porque no puede haberlas. Es una imposibilidad metafísica. No hay representación del horror, de lo irrepresentable, como tampoco hay palabras para lo indecible. Esta misma evidencia la hizo suya hasta la más banal radical Jonathan Glazer (por cierto, productor de Naza) en La zona de interés, una película en la nada se ve y todo se muestra. De la masacre de Gaza, hay millones y millones de documentos gráficos. Y, sin embargo, todos ellos son irrelevantes, huecos, profundamente banales en su atrocidad ante el vacío descrito por una noche y un silencio inabarcables.
Naza es una película en la no se para de hablar y que, sin embargo, atesora toda su fuerza en cada uno de los diminutos silencios que esparce como cristales rotos sobre la conciencia del espectador. Naza es una obra capital y una obra maestra. La película de nuestro tiempo. Son apenas 80 minutos de revelaciones monumentales y tremendamente crueles y lo que cuenta, en verdad, es algo tan básico como lo inaceptable de una realidad cotidiana que nos incumbe y nos señala. De noche, en silencio.
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Documental. Directores: Yuval Abraham, Rachel Szor. Guion. Yuval Abraham, Rachel Szor. Reparto: Yuval Abraham. Fotografía: Rachel Szor.
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