<p>En los últimos años se ha puesto de moda una respuesta fácil a la ansiedad europea por la competitividad global: «Hacen falta campeones europeos». Gobiernos, comisarios y expertos repiten la fórmula como si bastara con dejar crecer, o incluso fabricar desde Bruselas, unos cuantos gigantes capaces de rivalizar con Estados Unidos y China. Pero plantear el debate en esos términos es engañosamente simple: detrás de la etiqueta caben realidades y soluciones muy distintas según el sector. No es lo mismo hablar de industrias intensivas en capital, como el sector de telecomunicaciones o el farmacéutico, que del sector financiero.</p>
Lo que Europa necesita no es un eslogan, sino reglas de competencia y supervisión a la altura de la ambición que promulga.
En los últimos años se ha puesto de moda una respuesta fácil a la ansiedad europea por la competitividad global: «Hacen falta campeones europeos». Gobiernos, comisarios y expertos repiten la fórmula como si bastara con dejar crecer, o incluso fabricar desde Bruselas, unos cuantos gigantes capaces de rivalizar con Estados Unidos y China. Pero plantear el debate en esos términos es engañosamente simple: detrás de la etiqueta caben realidades y soluciones muy distintas según el sector. No es lo mismo hablar de industrias intensivas en capital, como el sector de telecomunicaciones o el farmacéutico, que del sector financiero.
Empecemos con industrias intensivas en capital, empleando como ejemplo el sector de las telecomunicaciones. Mientras en Estados Unidos tres operadores nacionales superan los 100 millones de clientes cada uno, en la UE el mercado se fragmenta en casi 100 operadores móviles, con una media de cinco millones de abonados y una inversión anual por habitante de unos 100 euros frente a 230 al otro lado del Atlántico. En este caso, la menor escala de los operadores europeos se traduce en una capacidad de inversión mucho menor, haciendo imposible, por tanto, alcanzar los ambiciosos objetivos fijados por la UE en la Década Digital.
Para hacer frente a este problema de escala en las industrias intensivas en capital, la Comisión Europea está trabajando en una reforma de las Guías de Control de Concentraciones. El ámbito de la reforma se ha restringido desde el inicio: no se plantea tocar el Reglamento de Concentraciones, la norma de base que luego se operacionaliza a través de las Guías. Esto tiene dos consecuencias importantes. La primera, institucional: la decisión sobre hasta dónde llegar descansa exclusivamente en la Comisión, que redacta e interpreta las Guías sin necesidad de abrir un melón legislativo entre los Veintisiete. La segunda, sustantiva: el debate no va de inventarse campeones desde Bruselas, sino de algo más prosaico pero crucial. Las Guías de Concentraciones están pensadas para evaluar si una operación puede obstaculizar de forma significativa la competencia y, sobre el papel, definen el poder de mercado de manera amplia: capacidad para subir precios, pero también para reducir producción, gama de elección, calidad, innovación o inversión. En la práctica, sin embargo, el análisis de la Dirección General de Competencia se ha inclinado casi siempre hacia los efectos a corto plazo sobre los precios, porque son lo más fácil de medir. Eso introduce una forma de aversión institucional al riesgo: efectos inciertos sobre precios bastan a menudo para construir un caso contra una fusión, mientras que ganancias igualmente inciertas pero plausibles en inversión, calidad o innovación se descartan por demasiado especulativas. El resultado es un sistema que se ha diseñado para minimizar el riesgo de equivocarse aprobando una mala operación, pero que presta mucha menos atención al coste de bloquear fusiones que podrían reforzar la inversión y la capacidad de las empresas europeas para competir en mercados globales.
Esto se ha traducido también en remedios que priorizan mantener muchos operadores frente a tener actores con suficiente escala: se han alentado entradas de nuevos competidores débiles que fragmentan aún más el mercado y hacen más difícil financiar las redes que la UE dice querer desplegar. En puridad, las propias Guías ya contienen los elementos necesarios para ponderar mejor estos efectos, pero años de práctica han consolidado una lectura muy estática. De ahí que tenga sentido introducir un cambio formal que oriente esa práctica en otra dirección. El impulso político existe; ahora falta que los equipos técnicos de la Comisión lo traduzcan en decisiones concretas.
Hay, además, otra cautela cuando hablamos de campeones europeos. En sectores de infraestructuras como las telecomunicaciones, muchas de las fusiones que tienen sentido desde el punto de vista de la inversión no son transnacionales, sino nacionales: es dentro de cada país donde se duplican redes, se hunden los costes y donde la consolidación puede mejorar la rentabilidad y el despliegue de nuevas infraestructuras. Quizá más adelante haya espacio para verdaderos grupos paneuropeos, pero el primer ajuste lógico pasa por permitir concentraciones en los mercados nacionales. Por eso conviene usar con cuidado la etiqueta de campeones europeos: lo que está en juego no es fabricar gigantes continentales, sino dejar de bloquear fusiones razonables allí donde se realiza la inversión real.
En el sector financiero, el eslogan de los campeones europeos choca con una realidad mucho más prosaica: cuando una operación amenaza con diluir el control nacional sobre una entidad grande, afloran las reticencias políticas. El caso de UniCredit y Commerzbank es paradigmático: la sola perspectiva de una toma de control por la filial alemana de un banco italiano sobre un banco alemán desató un rechazo explícito en Berlín, en nombre de la soberanía sobre el crédito a pymes y el tejido exportador. Por eso vemos más bien operaciones parciales o de nicho -como la venta de la filial polaca de Santander a Erste, que cambia de bandera pero no crea un verdadero grupo transnacional integrado- que verdaderas fusiones paneuropeas que racionalicen capacidades y riesgo a escala europea.
Esta lógica política se traslada al día a día reglamentario a través de las restricciones a las transferencias de capital y liquidez entre entidades del mismo grupo dentro de la UE. Cálculos del BCE muestran que la combinación de requisitos de liquidez a nivel de filial y normas nacionales sobre grandes exposiciones impide que alrededor de 250.000 millones de euros de liquidez se muevan libremente dentro de la unión bancaria, reduciendo la capacidad de los grandes grupos para gestionar recursos de manera integrada y prestar más donde hay demanda.
El mismo patrón de fragmentación se ve en los mercados de fondos. Según datos de EFAMA, un fondo medio en Estados Unidos gestiona del orden de 2.700 millones de euros, frente a unos 400 millones en la UE, lo que refleja un mercado europeo fragmentado. Esa menor escala se traduce en costes más altos para el ahorrador, con mayores comisiones medias que las de los mutual funds estadounidenses, al no existir economías de escala.
Todo esto devuelve la pregunta del principio: ¿necesita la UE campeones europeos? En las industrias intensivas en capital, el problema no es tanto fabricar gigantes a dedo como dejar de aplicar una política de competencia que penaliza sistemáticamente la inversión. En el sector financiero, en cambio, el cuello de botella ya no está en Bruselas, sino en el nacionalismo económico de los Estados miembros, que mantiene compartimentados capital, liquidez y mercados para preservar el control político sobre sus bancos y sus ahorradores. Hablar de campeones europeos como si se tratara de una receta única oculta estas diferencias y ofrece una falsa sensación de solución sencilla. Lo que Europa necesita no es un eslogan, sino reglas de competencia, de supervisión y de mercado único que estén a la altura de la ambición que decimos tener.
*Judith Arnal es investigadora en Real Instituto Elcano, Fedea y CEPS.
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