<p>No tengo reparo en reconocer que me encanta que un programa tan políticamente incorrecto -incluso, me atrevería a decir un tanto ordinario- triunfe por todo lo alto en la televisión. Me estoy refiriendo a <i><strong>La isla de las tentaciones</strong></i>. Lo aplaudo, aunque su <i>leitmotiv</i> y todo lo que transmite y muestra nada tenga que ver conmigo. <strong>No lo comparto, pero tampoco lo condeno.</strong> Ahí está la extraña magia de un formato que pretende hacer un alegato a favor de la fidelidad dentro de una pareja para conseguir justo lo contrario. </p>
No me gusta ver el drama sentimental en los demás, pero aun así no puedo dejar de verlo. ¿Por qué el ser humano es así de contradictorio? Es como cuando alguien te cae muy mal y no puedes dejar de observarlo. ¿Estaremos locos?
No tengo reparo en reconocer que me encanta que un programa tan políticamente incorrecto -incluso, me atrevería a decir un tanto ordinario- triunfe por todo lo alto en la televisión. Me estoy refiriendo a La isla de las tentaciones. Lo aplaudo, aunque su leitmotiv y todo lo que transmite y muestra nada tenga que ver conmigo. No lo comparto, pero tampoco lo condeno. Ahí está la extraña magia de un formato que pretende hacer un alegato a favor de la fidelidad dentro de una pareja para conseguir justo lo contrario.
Si no, observen las escenas subidas de tono, que ya quisiera la pornografía más light de serie B, protagonizadas por las parejas de tortolitos enamorados que acaban (todos y todas) sucumbiendo a la tentación de la carne, el magreo y el folleteo. Todo muy fino. Con sus respectivos enfados, maldiciones y gritos desesperados por las playas del Caribe, que se convierten en memes y fenómenos sociales.
No me gusta ver el drama sentimental en los demás, pero aun así no puedo dejar de verlo. ¿Por qué el ser humano es así de contradictorio? Es como cuando alguien te cae muy mal y no puedes dejar de observarlo. ¿Estaremos locos?
Sigo erre que erre. Estoy a favor de la existencia de este tipo de programas tan reconocidos por la audiencia (que es la que manda) y tan denostados por quienes no quieren admitir que los consumen. Reconozcamos que nos gusta ver a una choni gritarle, en pleno paroxismo, a su novio que es un hijo de la gran puta por engañarla para, seguidamente, hacer ella lo mismo y quedarse tan ancha. Olé tu coño. Lo mismo pasa con ellos.
¿No les parece fascinante? Quizá esa fascinación esté en la forma y en los ojos con los que veas el rifirrafe. Para mí -no sé si soy ingenuo o inocente- no se trata de realidad. Es pura ciencia ficción. Una película de enredos clasificada S con un elenco de geniales actores (sin ellos mismos saberlo… ¿o sí?) que bordan a la perfección sus interpretaciones. Y ahí radica su éxito. Visto así, consiguen mi enganche total. Además, para un adicto a la filosofía warholiana como yo, todos los infieles consiguen sus 15 minutos de fama. Pop absoluto.
Desde aquí, mi enhorabuena a todos los responsables y, por ende, a su presentadora, la gran Sandra Barneda, que está más suelta y divina que nunca poniendo caras y gestos ante las reacciones inauditas de estas parejas aparentemente perfectas. Lo más.
Aquí no hay lugar para la ironía, de verdad. Es un formato que reúne a la perfección lo que todo el mundo persigue al sentarse delante de un televisor: entretenimiento. No condenemos a La isla de las tentaciones y a sus habitantes. El programa más libre y sincero de la televisión. Aunque esa sinceridad no me interese.
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