La guerra de Trump contra Irán lleva camino de pasar a la historia militar como un caso espectacular de éxito inútil de las armas. Destacados comentaristas militares ya la dan por perdida para Estados Unidos, aunque la Casa Blanca esté preparando una última oleada de bombardeos sobre territorio iraní para maquillar la derrota política antes de sentarse a negociar.

Robert Kagan. Trump’s End Game is Surrender. The Atlantic. 21 de mayo.

Robert Kagan. Checkmate in Iran. The Atlantic. 10 de mayo.

Karl Rove. Gerrymandering Isn’t Enough for the GOP. The Wall Street Journal, 20 de mayo.
Solo una incierta y arriesgada invasión militar a gran escala de Irán permitiría a Trump salvar momentáneamente la cara, pero entonces perdería la economía, a continuación las elecciones y al final quizás la guerra
La guerra de Trump contra Irán lleva camino de pasar a la historia militar como un caso espectacular de éxito inútil de las armas. Destacados comentaristas militares ya la dan por perdida para Estados Unidos, aunque la Casa Blanca esté preparando una última oleada de bombardeos sobre territorio iraní para maquillar la derrota política antes de sentarse a negociar.
El presidente no soporta el estigma del perdedor y todavía menos en una guerra opcional a la que se ha visto empujado por Netanyahu. Su fracaso empañaría los fastos del 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos del próximo 4 de julio, además de lastrar a los republicanos de cara a las elecciones de mitad de mandato de noviembre, en las que se jugará la retención del control republicano del Congreso y el Senado.
Su popularidad viene cayendo de forma sostenida en los sondeos en lo que lleva de segundo mandato, mientras crece la oposición a la guerra y la expectativa de voto republicano va entre 6 y 10 puntos a remolque de los demócratas de cara a unas elecciones tradicionalmente desfavorables para el partido presidencial. El trumpismo está haciendo cuanto está en su mano para darle la vuelta y evitar que la Casa Blanca se encuentre en los dos últimos años de mandato trumpista con una fuerte oposición en la Cámara y, según como sea la derrota, incluso en el Senado.
Con las tres ramas del Gobierno y numerosos Estados bajo su control, proliferan iniciativas para obstaculizar o restringir el voto a los grupos sociales favorables al Partido Demócrata. Cuentan especialmente los rediseños arbitrarios de los distritos y el desprecio a las buenas costumbres democráticas, además de los efectos intimidatorios de las redadas de la policía antiinmigración sobre el voto hispano y afroamericano, todo acompañado de la complaciente actitud y las sentencias favorables de la supermayoría conservadora del Tribunal Supremo.
Karl Rove, el mago neocon de George W. Bush, le ha pedido que se aparte de la campaña electoral para no movilizar a los demócratas con sus provocaciones ni exhibir sus fracasos internacionales. “La manipulación de los distritos ha beneficiado a los republicanos, pero las acciones del presidente están beneficiando a los demócratas y podrían darles el control de la Cámara”, ha señalado.
Mientras en el bloqueo de Ormuz se fragua la derrota, Trump no pierde el tiempo. Su ofensiva contra la Cuba castrista no es ajena al fracaso ante Irán y a las escasas posibilidades de revertirlo. Si el régimen islámico retiene algún tipo de control sobre el estrecho, obtiene una forma u otra de reparaciones de guerra, ve aligeradas o anuladas las sanciones y conserva su programa nuclear civil, que permite un rápido acceso al arma nuclear, será dificil para la Casa Blanca esconder la derrota ante un régimen impopular y execrable, pero capaz de sobrevivir ante la mayor potencia militar de la historia en una guerra asimétrica y desigual.
De todas las exigencias de Trump ninguna pesa tanto como el cierre del entero programa nuclear iraní, el clavo ardiendo al que se amarra para salvar el sentido de su guerra. No le basta un acuerdo razonable y práctico, con fecha de caducidad, como el alcanzado por Barack Obama en 2015 y que él mismo descalificó y rompió en 2018. La píldora más amarga sería un acuerdo en el que se viera obligado a aceptar lo mismo que destruyó hace una década, consiguiendo entonces el efecto contrario de estimular el rearme iraní.
Solo una incierta y arriesgada invasión militar a gran escala le permitiría salvar momentáneamente la cara, pero entonces perdería la economía, a continuación las elecciones y al final quizás la guerra, como ya le ha sucedido a Estados Unidos en Vietnam, Irak y Afganistán. La guerra ha reforzado el ala más dura del régimen islámico y le ha regalado un sistema de disuasión doble, el que le da el control del estrecho de Ormuz y el arma nuclear que seguirá a su alcance en breve tiempo, dos convincentes instrumentos de influencia sobre la entera región.
Otro gurú neocon como Robert Kagan ha señalado que “Trump espera que podrá lavarse las manos sin que los estadounidenses tengan noticia de la magnitud del desastre”. Kagan también presagia la derrota política de Israel, más aislada que nunca en su historia, con una derecha estadounidense cada vez más reticente con Netanyahu, unos Acuerdos de Abraham con los países árabes que se tambalean y la resurrección de Hamás y Hezbolá en el horizonte.
No sería entonces una victoria pírrica la obtenida por Trump, sino un revés indiscutible y una vergonzante rendición. Tratándose de alguien incapaz de hablar sin exagerar, confundir y mentir, estamos en vísperas de una genuina victoria trumpista, que merece pasar a la historia con el nombre de quien la ha obtenido y es peor que una victoria pírrica.
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